16.6.08

El trastero de mi casa


Desea, con una vehemencia que a muchos les parecería exagerada, que sus palabras no tuvieran ningún sonido, que, auténticas o falsas, no sonasen. Le gustaría sentirlas, desde la primera a la última letra, pero que nunca fueran pronunciadas. Como las que se oyen durante los sueños.
Soñar no le está prohibido, como le están prohibidas tantas cosas, y eso no deja de suponerle un consuelo. Dejarse llevar por esa tempestad de imágenes que nunca piden permiso pero que no por ello son mal recibidas (miente cuando dice a sus amigos que no cree en los sueños), sin necesidad de pasaporte, ni DNI, ni tarjeta magnética, con sus horas morosas y sus ilusorios minutos. Percibe la falsedad de lo que los demás llaman “realidad”, llenándose la boca de plumas, porque ni siquiera saben lo que es una palabra, porque si fueran palabras de verdad no se las llevaría el viento.
Hace tiempo descubrió que, al contrario de los sueños, en la “realidad” todo parecía un déjà vu, algo que ya ha había sucedido antes, algo así como el cuarto trastero de casa, que siempre parece el mismo aunque se vayan acumulando nuevos objetos, y también la sensación de que algo o alguien que se despide para siempre. Quizás sea por eso que, al salir a la calle, despide a esa “realidad” persistente y pelmaza en un gesto a todas luces inútil: ¡Adiós esquina cochambrosa donde aparcan las motocicletas! ¡Adiós tienda de ultramarinos! ¡Adiós cine Verdi! ¡Adiós Video Club de la Travesera de Dalt! ¡Adiós oficina siniestra! ¡Adiós día del espectador! ¡Adiós, por fin, Carrusel Deportivo!
Porque cuando todavía no existía el sofá, y la tele era un miembro más de la familia, aunque sólo tuviera una voz y media, las tardes del Carrusel Deportivo festejaban la melancolía de hogares con atmósfera de derrota y del simulacro de descanso del día y medio del fin de semana. Cuando los críos sin consola jugaban a contar aventis en los portales de las casas, las mujeres cosían las hombreras de las chaquetas de lo hombres, los hombres eran ese tipo de personas que preferían no comer antes que meterse en la cocina y a Gil de Biedma le dolían los ojos de tanto esperar.
Y es por eso mismo, porque nunca dejó de sorprenderse de que cada vez se sintiera menos acompañado en este viaje hacia la distantica, es decir, hacia ninguna parte, todavía le produce una cierta perplejidad su capacidad para moverse, para subir al coche y repetir la misma escena de cada día, entre el fragor del tráfico y la muchedumbre de peatones mascullando palabras ininteligibles. No acaba de creerse que sea capaz de aparcar cuidadosamente el automóvil en el parking y subir en el ascensor para acabar dando los buenos días, como si todo eso fuera el comienzo de algo y no el final, todo eso que confirma, en definitiva, la teoría de que cualquier teoría física es siempre provisional. Ahora un pie, luego el otro. Parece un milagro.
Texto: Artur Montfort
Ilustración: El trastero de mi casa
Pintura de Javier Larrumbide. Descripción: (100 x 81cm. Óleo sobre tela)

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