12.6.08

La universidad de la vida


Llegué a Peñíscola, de vacaciones con mis padres. Mis padres eran… Buenas personas, ya saben: Ja, Ja, Ji, Ji, y todo eso. Al observar el castillo del Papa Luna, pensé:
- Te has equivocado chaval, la has jodido hasta el fondo, querido. La has cagado.
Pero ya era demasiado tarde. Allí estaba, como esperándonos, el sol perezoso de Peñíscola, envolviendo con su halo de luz blanca y espesa el promontorio que lo encumbra y enaltece. Más o menos como en las postales pero sin brillo, ni color, ni nada de nada. El casco antiguo de la ciudad repleto de guiris, y más abajo, en la interminable playa, un enjambre de sombrillas. Familias enteras en formación de ataque, armadas con su exagerada intendencia, sus niños, sus sombrillas, sus gafas de inmersión, sus neveras portátiles, su bolsa de bocadillos y tortilla de patatas, sus chanclas, SUS BARRIGONCIOS y sus bikinis a punto de explotar. Luchando sin pudor por un palmo de arena. Sí, señores míos, allí estaba Peñíscola, una mal sueño, una pesadilla, un pozo de recuerdos fastidiosos, año tras año, con su playa de arena fina, escrupulosamente aparcelada por los turistas en general y los madrileños en particular.
Todavía no repuesto de mi gran error, me despertaba por la mañana, me asomaba al balcón del apartamento… A cualquier cosa le llaman apartamento. En realidad, dos habitaciones y una mini cocina absolutamente cutres. En la terraza, lo único decente de la pieza, un sol plúmbeo se desplomaba sobre mi cara achicharrándome los párpados. Acto seguido, chocaba con mi padre en el baño, que exclamaba, con una alegría del todo inexplicable, incomprensible, injustificable, absolutamente fuera de lugar, sobre todo a esas horas de maitines y desgana por todo…
- ¡Hola chaval!
Mientras descargaba un vigoroso manotazo en mi espalda, caricia ésta más propia de un transportista o un vendedor de aspiradoras a domicilio que de un oficinista padre de familia castigado por el salario bruto, al tiempo que yo enumeraba todos sus muertos. Pero… ¿De dónde demonios había sacado mi santo progenitor tan retorcido concepto de las relaciones paterno filiales? De la escuela no, por supuesto. ¿Qué pretendía con ese grotesco ejercicio de optimismo? ¿Ganar un concurso de popularidad?
O, dicho de otro modo: ¿Es que nunca pensaba leerse un libro, aunque fuera el que regalaban con el periódico?
- La mejor Universidad es la vida – me dijo un buen día, en el único arranque poético que le recuerdo. Y, no sé, lo dijo con tal convicción, tal como un profesor del bachillerato nocturno rozando el suicidio por estrés traumático, que me tocó al alma, y por un instante que no duró más que un relámpago, me compadecí de él y casi estuve a punto de abrazarle y mezclar nuestras lágrimas y mocos en una escena a todas luces imposible.
Fue el único instante de gloria en nuestra tortuosa y larga relación.

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