13.7.09

Buenos días, amor

Nunca nos gustó hablar de la muerte. Para empezar, no nos gustaban los cementerios, ni los ritos funerarios, ni mucho menos las coronas de flores, ritual obligado donde los haya, con sus habituales frases y procedencia (de tus compañeros de trabajo, de tus queridos hijos), y en general de una despedida guiada por expertos ajenos al dolor. Evitábamos incluso mencionar esa palabra, muerte, y por eso cuando era del todo imprescindible cedíamos a la tentación del eufemismo. Así, la gente fallecía o faltaba o ya no estaba, estaba ausente o se había ido no se sabía dónde, pero jamás se moría.

Amé a Antonia todo lo que me fue dado amar. El amor es como el dolor, no hay vara de medir. Cada uno ama lo que sabe y puede, y sufre lo que sufre. Por eso, cuando ocurrió su inevitable y, por otra parte, anunciado final, no dudé ni un momento en respetar su decisión de ser incinerada, muy a pesar de las protestas de Julia, de tía Julia, su hermana, y, sobre todo, de mis dos hijos, de Ana fundamentalmente, que en seguida montó un numerito de los suyos y se puso poco menos que histérica, algo que me sorprendió, primero por el hecho de dar tanta importancia a que Antonia regresara a las cenizas, a la nada de donde todos procedemos, antes o después y, luego, porque tanta monserga con el tema procediera de una ex hippy, y eso si es que alguna vez lo fue, y a quien no le inquietó demasiado mi opinión, y mi dolor, cuando decidió irse a vivir a una especie de comuna de descerebrados con ansias de cambiar el mundo, ella que ahora lleva a su hija a una escuela con pedigrí, con clases de piano incluidas, se subiera a la parra vociferando no sé cuantas barbaridades sin ton ni son, todavía Antonia en cuerpo presente. Les comuniqué mi decisión irrevocable, o mejor dicho, nuestra voluntad profundamente meditada de no ir a engrosar ese hotelucho de triste confinamiento.

No te reconozco. Te estás volviendo un amargado, juraba y perjuraba mi hijo Andrés. No me preocupé en responderle, ni mucho menos en argumentarle. Se amarga el que quiere, el que confunde los primeros estigmas de la vejez con una cierta predisposición hacia la muerte. La vejez son otras muchas cosas, por supuesto. ¡Pero cuéntaselo a Andrés! Hecho todo un Peter Pan, sólo ve lo que quiere oír. Lo malo del paso del tiempo, no es lo que ha de venir, es entretenerse en mirarlo desde la distancia, porque el pasado visto desde tan lejos acaba por hacer daño, sobre todo cuando, además, se ve pervertido por la ambigüedad del lenguaje.

No en vano, el gran Cary Grant afirmaba que decirle a alguien ¡Qué joven estás! Es también una manera de decirle ¡Qué viejo eres! Lenguaje torticero donde los haya. ¿Será por eso que, cuando te haces mayor de verdad, para decirlo más claramente, cuando empiezas a perder las facultades no sólo físicas sino mentales, se te terminan las palabras, te vuelves silencioso, o repites siempre lo mismo, como una especie de bucle perverso que va reduciendo tu mundo hasta el tamaño de una canica, de las que utilizabas para jugar cuando eras niño? Y, para ahondar en la herida, si se me permite: ¿cómo puede existir un destino tan cruel y selectivo que va borrando tu memoria reciente y, avanzando como una tuneladora lo devora todo arrojándote, arrinconándote a los días de tu niñez y adolescencia, dejándote apenas un mísero y fragmentado polvillo de ceniza entre los dedos. Eso debe ser el cansino regreso al origen, a la primera residencia, a la mentira del Edén. Gran parte de nuestra vida está, si no forjada, sí al menos, anclada en la niñez, aunque esto no nos sirva tampoco de mucho consuelo.

Ahora mismo, no podía hacer otra cosa que volver la mirada hacia atrás y recordar nuestro primer encuentro, cuando conocí a Antonia quiero decir, como si fuera ayer mismo.

Nuestro primer encuentro tuvo un carácter casual y nada romántico, aunque a mí no me lo pareciera entonces, atrapado como estaba por el “principio poético” de que algunos hombres y mujeres nacen para estar encontrándose, y no como otros, para permanecer diariamente en la línea azul del metro sin encontrar no molestarse en buscar. Lo cierto es que todavía recuerdo las palabras de Antonia cuando, después de prestarle mi billete al verla encallada en el acceso automático a la línea quinta me dijo, con un desenfado que me dejó más indefenso que un portero ante un penalti:

- ¡Todavía quedan caballeros!

Y mira por dónde, el primer pensamiento que me asaltó, habiendo tantos de sugerentes y tan a mano, y mientras enrojecía vergonzosamente, fue el de que odiaba llevar cualquier prenda que no fueran tejanos limpios y planchados y justo ese día llevaba unos pantalones de lino que parecían más arrugados que los rostros más viejos de los pasajeros que nos rodeaban por doquier.

Nunca me he creído “la versión” de que la primera impresión es la que vale. Siempre la he considerado una hipótesis sencillamente gratuita. Por eso mismo he de confesar que, contrariamente a esta convicción, todavía conservo el estremecimiento que me produjo Antonia, cuando añadió a la mencionada frase de reconocimiento una sonrisa que a mí me pareció más que una sonrisa, no sé si me explico, porque si ahora les digo que, visto en perspectiva, me dolió en el alma no haber traído un ramo de flores conmigo para poder ofrecérselas, pensarán sencillamente que estoy loco. Eso y envolverla con mi mirada, como si mis ojos fueran mi piel, y pudiera tocarla con sólo mirarla. Dirán que se trataba del clásico “flechazo”, pero yo digo que las cosas siempre acaban esperándote. Hay personas que se buscan con los ojos. Hay cosas que se tocan con los lados. Hay personas que se enamoran y resulta inevitable su fascinación. A veces, las palabras son las que te conducen por el camino recto… Yo tampoco lo entiendo, pero es así, y así debemos aceptarlo de buen grado.

Estuvimos horas, días y semanas besándonos. En una de esas me dijo, no te asustes si lloro. Cuando me emociono mucho me pongo a llorar. Debe ser como una descarga de adrenalina. O, quizás también, que creía que este momento no llegaría nunca. Esta confesión me trastornó aún más. Y me conmueve recordar esa tarde, una tarde emborronada de nubes esponjosas y blanquecinas tras los cristales de la ventana de mi dormitorio, como salidas de una fotografía en blanco y negro.

Conocí a Antonia en el acceso automático del metro de la estación de Hospital Clínico, un lugar impensable para este tipo de encuentros. Sí, en la vida a veces pasan estas cosas, aunque nunca creí que sería yo uno de los elegidos. Pensaba que un hombre no le saca a la vida más que lo que pone en ella, pero me equivocaba. Ella, después de su airosa repuesta, y ya en el andén, se dejó acompañar transmitiéndome, sin necesidad de palabra alguna, que era ese tipo de mujeres más bien tímidas pero, a la vez, resolutivas, es decir, que saben lo que quieren. Mientras, mi maltratada memoria, sabiendo sin duda que no podía fiarse de mí, se esforzaba ya en conservar para el futuro, siempre incierto, ese rostro gótico y oscuro, engalanado de bucles del mismo color que la paja.

De pronto, la detuve cogiéndole el brazo y la besé. Mentalmente, quiero decir. Fueron mis labios la me enviaron un mensaje equívoco, como si la reconocieran desde siempre y, claro, me quedé transpuesto y sin saber qué decir. No era yo un dandy precisamente, así que ese fenómeno, imprevisiblemente sensual, al primero que sorprendió fue a mí mismo, el beso fue tan real que me quedé perplejo mientras que Antonia fingía no enterarse de lo que ocurría. Ella se paseaba entre el efecto de mi turbación y el desatino de mi atrevimiento, sin saber a ciencia cierta a qué carta quedarse, pero divertida al fin y al cabo. Mi actitud vacilante acabó incitándola a seguir el juego, así que seguimos hablando hasta que el convoy del metro paró en la estación. Protestó ligeramente cuando me vio elegir su mismo itinerario, pero más lo hizo al día siguiente, y al otro, cuando le iba a recoger a la salida del taller, y cuando ella refunfuñaba alegando que no nos conocíamos de nada y que su madre por aquí y su madre por allá, yo le respondía simplemente que sólo quería invitarla a un refresco y la volvía a besar lentamente desde el abismo de mi imaginación, abordándola continuamente con mi contemplación, sin acabar por ello de descubrir su soledad oculta. Yo tampoco sabía lo que ella pensaba, lo que se repetía mentalmente, no te enamores o acabarás llorando inevitablemente, como siempre.

Y nunca me quedaba solo tras su partida porque no había manera de huir de aquel perfume tan extraño.
Claro que, una vez en la cafetería o en el restaurante, ella decía quiero una coca-cola y yo saltaba, pero chica, tómate algo más fuerte aunque sólo sea para acompañarme y ella, finalmente, pedía un vermut. Y después de la comida dábamos no sé cuántas vueltas merodeando por la ciudad hasta encontrar un cine, quiero decir hasta encontrar el valor para entrar en un cine, porque no había manera de convencerla para ir al cine, claro que de todo eso hace ahora mismo tanto tiempo que parece como si realmente no hubiera ocurrido, y tampoco sé muy bien porque me viene siempre a la memoria no siendo ni mucho menos lo más importante. Me pregunto por qué el tiempo borra los malos recuerdos, o simplemente los sustituye por los buenos. Y también, también me pregunto, por qué los recuerdos, aún siendo buenos, llegan como una carga, con un recado de desconsuelo. Porque me entristece tanto aquel “Hola” que me diste la primera mañana que despertaste en el hospital, tan diferente de los demás, más lento, más tierno, envuelto en la cinta de una sonrisa.

Ayer tiramos las cenizas al mar. - Vaya problema -, había dicho Andrés, sobrado de argumentos como casi siempre, es decir, haciendo un problema de todo. ¿Y dónde las tiramos? ¿Cogemos la golondrina? No seas ridículo, le cortó Ana, que propuso que nos montáramos en su Volkswagen y nos acercáramos a Sitges y echáramos las cenizas mar adentro. A Ana le encantaba Sitges, como ella misma repetía una y otra vez, a la menor ocasión. Me encanta Sitges. Pero todavía le encantaba más el “mar adentro”. A mí, la verdad, me daba igual; pasados los primeros días me resultaba indiferente lo que hiciéramos con las cenizas. Qué absurdo, ¿no? Nunca me lo hubiera imaginado. Pero, tampoco me había imaginado este momento. Dicen que siempre hay una primera vez para todo. Lo cierto es que pasados los primeros días, y las semanas, la gente dejó de asediarme, sobre todo Ana y Andrés, mis dos guardaespaldas, tanta empalagosa amabilidad y benevolencia que, en realidad, encubrían mucho compromiso (u obligación, llámenlo como quieran) y bastante ordeno y mando. Tanta atención y tanta compañía llegaron a agotarme. ¡Por no mencionar las llamadas telefónicas! La cortesía puede abrumar al más pintado. Aunque por fin todo acabara por volver a la normalidad, es decir, a la soledad, que, hasta que se demuestre lo contrario, es el estado natural del ser humano. Y aunque algunos columnistas de pro digan que pasear es también civilización, para muchos viejos pasear es, sencillamente, además de un riesgo físico evidente, retardar el momento de volver a casa para reencontrarse con sus fantasmas. ¿Qué otra cosa es, si no, la soledad, aparte de saber que siempre seremos felices donde no estamos? Es decir, en ninguna parte.

Debo reconocerlo, así era. Al final me daba igual qué hacer con las cenizas. Ana me miraba acusadoramente, en tanto repetía su idea de peregrinación marítima, desplazarnos a Sitges, sesenta euros por una barca y un viajecito hasta aguas profundas, otro cementerio a la postre. En lugar de pensar en las cenizas, cada mañana, al despertarme, me invadía ese sabor amargo a manzanas y a aire limpio de nuestro primer encuentro. Lo reseguía mentalmente mientras me resistía a abandonar la visión del techo, la lámpara de campana glaseada y luz halógena vibrando ligeramente al paso del metro, su resplandor amarillento. Y una ensoñación arrasándolo todo. Aquel techo inundado, de pronto, de una muchedumbre de cielo sin estrellas. Sin ninguna maldita estrella.

La normalidad era, para ser precisos, un amanecer cruento, la inhumana estampa del edifico de enfrente, con sus múltiples ventanas naciendo lánguidamente a la luz de sus lámparas. Y entre las tinieblas de mi vista cansada, las siluetas de las personas, esas personas que probablemente se tenían unas a otras, que se hablaban y se reconocían al despertar. Al despertar miraba instintivamente hacia el lado de Antonia y la visión de la almohada, sin una arruga ni una marca, sonaba algo así como un golpe seco en la nuca. El hueco de ese despertar sin alma me empujaba hacia el balcón, la humedad restallaba en el mosaico de la fachada y la luz mortecina del amanecer me hacía daño con su indiferencia, como un temporizador que retardase la hora una y otra vez e hiciera de toda espera un castigo.

Así era mi vida... hasta que tiramos las cenizas al mar. Fue un acto que no consiguió conmoverme. Ana y tía Julia muy previsiblemente acabaron llorando mientras Andrés se mantenía digno en esa edad en la que todo gesto es nuevo y nada cansa. Yo no lloré y quizá por eso me gané una mirada expectante, furtiva y finalmente recriminatoria de mi hija. Es verdad, ni siquiera se me humedecieron los ojos, quizá porque presentía lo que ocurriría después, es decir, a la mañana siguiente de verter las cenizas en el mar, cuando desperté y no pude resistir la tentación de mirar en la cama la almohada impecable de Antonia, de mirarla con un deseo incierto de combatir ese olvido que ya iba creciendo a mi alrededor como una triste enredadera, restaurando a los objetos su inocencia original, un olvido que, sin duda, aunque muy lentamente, no tardaría mucho en invadirme con su playa de arenas movedizas (al fin y al cabo el olvido no era más que el recurso para seguir viviendo). Ensayé una vez más la convicción y la necesidad de seguir viviendo y fue desesperante, realmente fue desesperante contemplarla como siempre plácidamente dormida, con sus bucles de un blanco ceniciento arremolinados sobre la almohada, y ese breve ronroneo que era más antiguo que yo mismo, que algunas veces se parecía a la eternidad. “Buenos días amor”, esa frase que sonaba a benévola rutina en boca de cualquiera menos en la de Antonia y que ahora yo volvía a escuchar, como cada mañana durante más de treinta años.

Fotografía de Marcelo Aurelio: “Sobre el Cementerio”
Nocturama Fotoblog
http://www.arte-redes.com/nocturama/?p=1806

Fotografía de Ferran Jordà: jhia dar
Álbum Woman. flickr: Galería de Ferran

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Estúpido Cadillac



Nada de noche de póquer con los chicos. Nada de chicos, excepto los jovencitos. Nada de grupo parroquial, nada de partido revolucionario, nada de ir al bar al salir del instituto, nada de pandilla de baile (lo cual habría explicado las botas que llevo), nada de amores románticos imposibles, nada de nada, excepto estas fotografías clavadas con tachuelas que cuelgan en la pared de mi cuarto, donde se me ve con aspecto de macarra con esas estúpidas punteras que sobresalen de las botas.

Nada de pegarles el rollo a los alumnos, nada de ser profesor regeneracionista, nada de cambiar las mentalidades de las nuevas generaciones, nada de nada. Estúpido un rato. Sí, me dijo a mí mismo, eres francamente estúpido. Y todo lo demás. Vanidoso, vengativo, mentiroso, fraudulento y adúltero. Y estúpido. No obstante…

No obstante, quién puede esperar algo más de un chico de postguerra. Los chicos de la posguerra y de los putos planes de desarrollo no éramos modernos, no éramos nada, ni siquiera llegábamos a neorrealistas. Danzábamos con esa cara de imbéciles por las calles sin asfaltar, con nuestros pantalones cortos y el estúpido tirachinas. Y casi todo lo hacíamos en blanco y negro. Por eso mismo, acabé convirtiéndome en un vulgar fumeta, un cocainómano de mierda, hasta hice de camello una corta temporada entre esa panda de mamarrachos que se chiflaban tanto por el colorido de los automóviles americanos de los años cincuenta y de la señora Harley Davidson. Cubiertas de negro, y con los guardabarros plateados.

Escondía como podía la droga en la habitación que compartía con mi hermano. Cuando entraba y él dormía, no encendía la tulipa rosada del techo, que daba a la habitación un tinte de hálito pálido que parpadeaba, escondía la coca en la caja de selección de cedés de King Crimson y me quedaba tumbado en mi cama oyendo las olas o ni siquiera oyendo las olas, sin oír nada.

Difícilmente podía colgar el póster de un Cadillac último modelo, o de la Harley, porque el mercado no ofrecía estos productos o porque mis padres se negaban terminantemente a ensuciar esas paredes que tardarían su tiempo en ser pintadas de nuevo. O por lo primero y lo segundo y, además, porque mi hermano me los hubiera arrojado por la ventana del patio interior. No en vano mi vida siempre había sido cuartelaria, con aquella foto del general Franco en la pared del aula. El militar que llegó a general más joven en Europa, afirmaba el burro de mi profesor de Historia.

Pero sí tenía una foto de Ursula Andrews, que cada mañana, al despertarme, me susurraba al oído: “No es una pena, Joe, que no quieras comprarme… cuando eres la única persona a la que podría venderme”.

Para empezar el día, nada mejor que un “revolcón” con Ursula, ya me entienden. Y es que fantasear con otros mundos acababa aburriéndome. A no ser que alguien estuviera dispuesto a regalarme un Cadillac último modelo, modelo años cincuenta, por lo menos, que son los que me vuelven loco. Uno de color rojo pastel o azul turquesa, inmensamente largo y descapotable a poder ser.

Y esa ilusión me aligeraba un poco, no demasiado esa es la verdad, de esa ansiedad que tanto me disminuía ante los adultos. De una responsabilidad agobiante ante mis padres y ante el mundo, que esperaban un día tras otro que creciera, que demostrara algún atisbo de madurez. Y por eso mismo, cuando no podía más, cuando me entraba el “bloqueo”, me calzaba mis viejos zapatos y salía a la calle, como un aventurero en esas selvas de ojos fulgurantes que sólo existían en las novelas que devoraba por las noches. Me montaba en mi Cadillac imaginario y enfilaba una de esas carreteras interminables cuyo confín se perdía más allá de mi mirada. Más allá de las montañas y los ríos.

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9.7.09

Charo: Unas gafas modernas y fashion

Le contaba a Lucas, un compañero de la sexta planta: ¡Algo ha cambiado en este país! No sólo las farmacias ya no son lo que eran. “Ayer mismo –prosiguió sin darle tiempo a Lucas ni a respirar-, y para no ir más lejos, el operario de la lavadora se presentó, al día siguiente de la avería, y de mi aviso. Lo que oyes: se presentó, previa atenta llamada a mi teléfono móvil. Lo tendrías que haber visto. Su maletín era digno de un técnico especialista diplomado en período de prácticas.”
Y, efectivamente, así fue como ocurrió. El operario mecánico se lo quedó mirando y él no dudó en confesarse:
- Son unas gafas Ray Ban. Modernas y fashion. Todo a la vez.
El hombre aguantó perfectamente el envite y se acercó, sin más, a la lavadora.
- ¿No carga el agua? Ummm...
- Pero el motor funciona, dijo él.
- Ummm... respondió el mecánico, mientras manejaba la lavadora, con la misma pericia con la que Juan Manuel solía manipular su mando a distancia.
Comprendió en seguida que el segundo Ummm quería decir, más o menos, déjeme tranquilo, yo a lo mío y usted a lo suyo. Oiga, soy un profesional. Creyó notar también una cierta decepción por no encontrarse con la habitual ama de casa que le acribilla a preguntas y le cuenta lo bien que iba la lavadora hasta que regresó de vacaciones. Por eso le dejó en paz. De profesional a profesional.
- ¡Señor!, - acabó reclamando su atención, al rato, desde la galería, hurgando en sus “caja” de herramientas, mientras él se hallaba regando las plantas, no fuera el caso de que le confundiera con el amante sarnoso de la ama de casa, y también por aquello de las apariencias, es decir, practicando alguna tarea útil en consonancia con las circunstancias.


- ¡Ya esta listo! Remató con satisfacción. Era... Bueno, para qué contarles. Les pasaría lo mismo que a Juan Manuel. ¿A quién no le falla una válvula al regreso de unas vacaciones pasadas por agua?
Fue el mismo Lucas, su compañero de Nóminas, quién aprovechando que la conversación había derivado de la lavadora a algún comentario malicioso sobre Olga, la de Devoluciones (“lo cierto es que la pobre lleva una sortija que le destroza la cara, no hace más que acentuarle todavía más las arrugas de la cara”), y de allí a la observación de Juan Manuel sobre su perentoria necesidad de un cambio de gafas.
Conozco una óptica que está en pleno centro, muy cerca de Pelayo, le sugirió Lucas. “Rompen precios y, además, ofrecen un trato personalizado, marcas de prestigio, en fin, que te sientes bien atendido”. Juan Manuel se lo quedó mirando sobre sus gafas achatadas, mientras manipulaba un documento, es decir, con desconfianza. Baste señalar que le faltó tiempo para especular sobre las posibilidades de que la óptica en cuestión fuera del primo de Lucas, o de su cuñado. Claro que cuando, tras una breve pausa, Lucas añadió: “Ideal para llegar al final de mes", con una sonrisa no exenta de complicidad, es decir –prosiguió-, “ideal para parados, funcionarios de a pie, ascensoristas, profesores de secundaria y gente poco productiva en general”, entonces le pidió dirección y teléfono.
Charo, la dependienta de la Óptica que lo atendió, trabaja hasta las nueve de la noche.
Aquella tarde de primavera-verano, Juan Manuel cogió el metro y sólo entrar en el vagón una ola de frío le congeló los huesos, quedándose como un pollito sacado de una cámara frigorífica. ¡Gran invento, el del aire acondicionado! Pensó, mientras le entraban unas ganas terribles de agredir al conductor, supuestamente responsable de aquella temperatura polar. Aunque su mente, por pura y maldita costumbre, empezó con sus cábalas, los pros y los contras, etcétera, una deformación cuya culpabilidad habría que atribuírsela a tanto cursillo en el trabajo desde la llegada del nuevo director, un apasionado de la formación como instrumento de motivación. ¡Y de autobombo! También sospesó las formas y maneras de ocultar su acción criminal: uno tiene que estar majareta para no prever cómo va a ocultar las pruebas en un caso de homicidio, a menos que espere salir limpio de él. Existe algo que legalmente se llama “pillado con el cuerpo del delito”.
Se dejó caer en la tienda una tarde en la que se hallaba totalmente atiborrada de público, y cuál no fue su sorpresa cuando en el rostro de la dependienta que lo atendió en menos tiempo en lo que se tarda en dar un suspiro, no se reflejaba ni rastro de fatiga. En su solapa podía leerse su nombre en un distintivo de metacrilato: Charo. Más tarde fue cuando averiguaría que Rosario trabaja hasta las nueve de la noche.
Deben hacer turnos, se dijo a sí mismo, mientras esperaba. Y cuando escuchó ¿Señor De Tal, por favor?, percibió en su interior esa agradable sensación del cliente bien atendido. Ni un atisbo de indiferencia, ni mucho menos de sorna en los ojos de Charo cuando a él le dio por contarle que, justo cuatro días antes de iniciar las vacaciones, se le cayeron las gafas de la mesita de noche, quebrándose uno de los dos cristales, por valor de 143 euros. Y tampoco nada de esa temida y burlona sonrisa cuando acabó confesándole que, quince días después, ya en plenas vacaciones, y después de practicar el sexo en un páramo selvático del Baix Ebre, aplastó con su pie, talla 43, el otro cristal, por valor de 90 euros (admiren la diferencia). Y Charo no le llamó por eso Señor Gafe. Nada de eso. Dijo exactamente: Señor De Tal. No digan que no es de agradecer...


Al contrario. Charo no sólo mantuvo su amabilidad inalterable sino que, además, se dejó llevar por la suave pendiente de la conversación, mientras en la posición en que manipulaba con habilidad montura y cristales con sus instrumentos de precisión, dejaba ver mejor la bella sombra –vulgarmente llamada canalillo- en el ecuador de sus dos hermosos pechos. “Tengo para rato”, le dijo, respondiendo a su anterior pregunta. “No salgo hasta a las nueve de la noche”. Pero antes de llegar a eso ya había tenido tiempo para sugerirle un oportuno cambio de monturas. “Tengo unas Ray Ban modernas fashion que están hechas para ti”.
Un calorcillo interior, la verdad. Eso es lo que sintió cuando, en la última frase, finalmente Charo le tuteó, aunque más que el cambio de tratamiento lo que Juan Manuel agradeció fue la caricia en los ojos de sus manos mientras le colocaba las gafas, “¡Ah, perfectas!” Ni autoestima ni sandeces del estilo. Cuando se lo llevó al cuartito donde la silla que parecía una silla eléctrica, adosada con tantos elementos de tecnología avanzada y, a un metro de distancia, cruzó las piernas. Entonces, donde terminaba el uniforme blanco podían vérsele las ligas y un palmo largo de carne morena. Entonces fue cuando se desmayó por dentro y su imaginación voló al paraíso, justo cuando el pelo de Charo se había desparramado sobre la almohada igual que un tintero volcado. Yacía de costado y le contemplaba desde las honduras de las sábanas mientras le sonreía nuevamente y alzaba la mano haciéndole una seña con el dedo para que se acercase.
Y cuando, al escuchar sus palabras que más bien parecían un susurro, el ansia se le diluyó en una nada transparente, dio media vuelta y se alejó hacia la salida lleno de satisfacción hacia Juan Manuel el infame, el individuo con más suerte del planeta.
Esperó hasta las nueve, claro está. Hubiera esperado hasta que el infierno se helase. Hasta que Dios le fulminase con un rayo.
Foto de Marcelo Aurelio: “Irene”
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Foto de Marcelo Aurelio: “El gran Fran”
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21.6.09

Unplugged

Otro en mi lugar, es decir, cualquier persona normal y corriente, con una inaplazable obligación de viajar, fuera cual fuera el motivo (trabajo, estrés, sexo, aventura o simplemente curiosidad) no hubiera hecho lo que yo.
Cualquier persona sensata y cabal, sometida al control horario diario en la oficina, a los deberes domésticos y familiares, a las fiestas de cumpleaños, a los cuñados y cuñadas caídos del cielo, pero, por encima de todo eso, al acoso y derribo por los agentes municipales y su Armada Invencible: grúas rondando por la ciudad a la caza y captura de su dichoso porcentaje (o cupo), cámaras ocultas acechando un momento de “debilidad” en el maltratado conductor, etc. Resultado, cuatrocientos euros por pasarte veinte kilómetros de la velocidad máxima permitida. ¿Quién entra por la Meridiana a cincuenta por hora en esta fantástica ciudad? La más visitada de España. Sobre todo, cuando tienes la “suerte” de encontrar un carril libre. Otro en mi lugar, quiero decir, un individuo del tipo corriente, razonable incluso, haría cualquier otra cosa menos la de entregarse al suplicio de un viaje, aunque fuera para solazarse en Cancún o a bordo de un fantástico crucero por el Adriático.
Así pues, cualquier individuo, no digo en plenas facultades mentales, pero sí medianamente despierto hubiera cedido fácilmente a su innata pereza o, en un último extremo, habría optado por otro tipo de recursos menos gravosos. Más humanitarios. La adquisición de un viaje en forma de recuerdo artificial, pongo por caso. El señor Scharzennegger lo hubiera hecho. Muy probablemente, Mister Scharzennegger, como ya hizo en una de sus películas, y por un módico precio, hubiera elegido un periplo de placer y descanso virtual en alguna de las islas Bahamas, en New Providence, por ejemplo, clima tropical de lo más apacible, veintitrés grados de media y una brisa de 13 kilómetros por hora. ¡Una maravilla! Y todo ello sin los frecuentes inconvenientes de cualquier viaje estival, agotador, estresante y repleto de desagradables sorpresas: en la Costa Brava, Alicante, las Islas Canarias o la ganga de Túnez, país cutre donde los haya que hasta te ofrece espejismos a cuatro euros, amén de una torturante excursión a “la puerta del desierto”. Todo mentira, por supuesto. Eso sí, apartamentos cochambrosos, hoteles ruinosos, playas inmundas invadidas por el nuevo “proletariado” urbano y sus aburridas costumbres, amén de un servicio lamentable
.
¿Más inconvenientes? Ningún problema. Esto es... ¿Cómo endosarle el perro al abuelo gruñón? ¿Cómo soportar estoicamente el farragoso estudio, verdadera pesquisa donde las haya, de mapas, guías y folletos? Y las múltiples llamadas y visitas a las agencias de viajes, ofertas de Internet incluidas, esperando siempre la miserable limosna de una anulación que nos abra la llave de la súper oferta. ¡De la ganga! Y todo con la alegría del que está organizando una fiesta en la que se lo va pasar por todo lo grande. Horas y horas perdidas para acabar con tu esqueleto en la misma playa que tu vecino o “compañero” de oficina. ¡Ya me dirán!
Invariablemente, el sumiso asalariado urbano, adicto al teclado fácil de Internet y a las masoquistas visitas a los grandes almacenes, acude con no menos entusiasmo (aprovechando el tiempo del desayuno) a esas oficinas engalanadas de fotos, donde nada es lo que parece. Fotos falsas en definitiva, lugares paradisíacos y excitantes, repletos de bellezas con cuerpos de fantasía. Nada que ver con las chicas de las pasarelas, es decir, ni nymphetes, ni nínfulas macerando sueños imposibles, aunque puede que útiles, en la cárcel de huesos de cristal. Ellas, las chicas del póster, tienen de todo y en el lugar adecuado, pero su estampa sabe a mentira. Todo tan falso, empezando por la supuesta alegría de las maravillosas y electrizantes noches de ensueño en las islas Caimán. Ahí, pegadas a las paredes tenemos las playas del Caribe, flamantes hoteles con sus piscinas y cuyas habitaciones encontraremos, luego, situadas junto a la salida de los conductos del aire acondicionado, o dando a un horroroso patio interior, con los grifos del cuarto de baño atascados o el mueble bar atiborrado de telarañas, cuando no extensas manchas -verdaderos mapamundis- de humedad estampadas en lo que un día fue una flamante moqueta. Esas oficinas, digo, atestadas de cartelones en las que una guapa y aséptica señorita, rigurosamente maquillada, entre llamada y llamada, y comentario suplementario con la homónima de la mesa contigua, te atiborra de catálogos y trípticos, complicadas tablas con escalas de precios y tarifas adicionales y suplementarias, con estrellitas (llamadas) que siempre te remiten a otras páginas, por supuesto todavía más difíciles de descifrar y que, desde luego, ella displicentemente, y en el mejor de los casos, te va marcando cruz aquí, cruz allá, con su bolígrafo “Bic cristal”. Y todo para que, finalmente, y ya en casa, más relajado y tranquilo, acabes concluyendo que lo del viaje no era precisamente idea demasiado brillante, y regreses a la agencia con rostro compungido, oiga señorita, verá, es que...
Por no mencionar el cambio de moneda si vas de aventurero y piensas traspasar las seguras fronteras de la CEE. Y el cálculo de límite de gastos, tarjeta Visa, vacunas antimalaria y pasaporte comunitario (sí, a pesar de todo, hay que llevarlo), sablear al amigo de turno para que venga a regar las plantas de la terraza. Cerrar el gas y el agua, desenchufar la antena de la tele y decirle al quiosquero que no te guarde el periódico.

Aunque la fase siguiente aún resulta más excitante, si cabe: taxi hasta el aeropuerto cargado con las maletas y alguna bolsa de mano. Retraso del avión “por exceso de tráfico”, enlaces por los pelos, y tras las diversas escalas, con las consiguientes e interminables esperas, explicaciones en idiomas inextricables. Y una sensación de una cierta subnormalidad por pertenecer a una generación que apenas chapurrea el inglés. Y lo peor de todo, la amenaza constante, como una espada de Damocles, del posible extravío del equipaje... Y una vez en el hotel, la habitación más húmeda del edificio, la puerta del minibar atascada, la llave (la tarjeta magnética) que no funciona ni a la de tres, por no hablar, pero hablemos, hablemos de las intoxicaciones, de las diarreas y de los atracos. En definitiva, una amplia gama de contrariedades e imprevistos que hacen de la supuesta aventura un vía crucis y del deseado reposo estival un cúmulo de angustias y ansiedades en las que uno acaba añorando la apacible tranquilidad de su sofá y su televisor panorámico de treinta pulgadas. Esa situación límite en la que, perdido en una esquina de una isla de la Polinesia, bajo alguna de sus correosas lluvias tropicales y una humedad del ochenta por ciento, que te hace sudar por los despojos, estudiando y estrujando el plano al revés, te encariñas con el sólo recuerdo de tu mando a distancia y sucumbes a un ataque de ternura al pensar en tu café con leche y tu inodoro, que uno es muy suyo para estas cosas...
Y si, además, por imperativos laborales o bien debido a tu falta de imaginación, has planificado el viaje en agosto, no estaría de más sacarte el carné SM (sadomasoquista). ¡Qué tiempos aquellos en los que bastaba con sacarte el carné de estudent y llenar la mochila de cuatro trastos inútiles! Acampar donde quisieras sin pedir permiso al Ayuntamiento. Encender un fuego cuando te viniera en gana. Sacar el dedo y mira ese cochazo alemán que se para. Sentarte en el estribo del tren y dejar que el viento arrase con tus pensamientos. Cantar Sweet Jane de los Velvet Underground hasta rompernos la voz y darles la vara al grupito de señoras del departamento contiguo y partirte de risa. Hacer el amor sin preservativos porque ellas tomaban religiosamente su pastilla.
- ¡JO! – Aquí estaba yo. Forzando una sonrisa ante el espejo, empeñado en la difícil tarea de darme ánimos, mientras me afeitaba, apurando una y otra vez la barbilla, sin conseguir auto persuadirme del todo de que otro en mi lugar hubiera hecho lo mismo que yo: ser al menos tan amable con mis propios defectos que con los de los demás. Ceder ante una opción más caritativa que la de aventurarme hacia lo desconocido. ¿Acaso no decían que quién ama el riesgo perece en él? Pues entonces, ¡Qué mejor que un viaje hacia el interior de uno mismo! Y lo verdaderamente extraordinario es que no se me descompusiera la cara de vergüenza sobre el cepillo de dientes.
Así pues, sonreía de pura pena imaginando la escena odiada, imaginándome a mi mismo por un momento anotando diligentemente en una libreta todos los utensilios necesarios: toallas, pijamas, calzoncillos, camisetas, pantalones, bermudas, secador, ordenador portátil, colonia de marca, cámara fotográfica, condones, cepillo y pasta de dientes, tijeras para las uñas, algún jersey por si refresca por la noche y, al menos, chaqueta y camisa elegantes para La noche del Capitán. Porque, ya se sabe, los cruceros son una fiesta interminable.
Y a pesar de todo, me hallaba secretamente satisfecho de haber tomado una decisión tan apropiada y clarividente. Un buen “Injerto” para un excitante viaje a un lugar conocido y tranquilo: mi propia casa. Porque, ¿dónde se está mejor, sino en casa? Mejor que cualquier otro itinerario, ignoto y, con toda seguridad, poco acogedor, por no decir peligroso. Y si en lugar del crucero se me ocurriera la brillante idea de elegir la comodidad de un apartamento o bungalow, entonces sí, la cagaste, Burt Lancaster. Porque en tesituras de tal calibre debería estar dispuesto a poner a prueba mi absoluta nulidad para la tecnología doméstica: un calentador que no funciona, una piscina de drenaje más que sospechoso, una barbacoa con una parrilla grasienta y fosilizada, el agua corriente de color marrón, unas cañerías que retumban por las noches. ¿Acaso un terremoto?
Lo cierto es que, después de varios repasos, la agradable suavidad de mi barbilla hizo que me sintiera mejor conmigo mismo. Tanto es así que me otorgué un respiro y, después de aplicarme un reconfortante masaje con mi after shave, especial para pieles sensibles (que, muy hábilmente me endosó mi peluquero), me serví un whisky Highland Park de 25 años, sin hielo, por supuesto, y me entretuve un rato recordando el encuentro en el Club.
Una oportunidad como ésta la pintan calva, consideré, cuando Pepa soltó medio en serio, medio en broma lo de ir a Cuba, argumentando que se trataba de una asignatura pendiente. ¡Dios mío! Y, además, que los cubanos eran la ostia de zalameros y estaban cañón. ¡Sí, dijo cañón! Razones, todas ellas, que a mí, sinceramente, me parecieron en ese momento un tanto extemporáneas. Y todo por aprovechar una oferta especial de la Agencia Cubana La Historia Me Dará La Razón. En fin. Y así, medio en broma, medio en serio, y un tanto cargados, todo hay que decirlo, más de tres, y de cuatro, se apuntaron entusiasmados,
- ¡Qué playas! – se atrevió a decir Lidia, que apenas había salido de la Costa Brava.
- ¡Qué hoteles! - sugirió Javi.
- ¡Qué jineteras! - aventuró Celes.
- ¡Qué sol! - exclamó, entusiasmada, Pepa.
- ¡Qué mamadas! - machacó Celes.
Pura miseria, añadí yo, para llevar la contraria. Ya ves: el bloqueo y el gran timonel, el de las barbas. Aunque también es cierto que andaba mejor informado que ellos. No en vano me sabía casi de memoria la canción del Sabina. Una de las más divertidas: “Qué hartura de playa, vuelos charter, viajes en Halcón. Valga como experiencia. La Habana y ese malecón tan bonito, todos tan majos que se hacen hasta pesaos, todo diferente. Aunque el dichoso bloqueo los dejó feos y aún así hasta el más negrito tiene educación, eso sí, flaquitos flaquitos. ¡Que no disfruté! ¡Que no vuelvo más! Porque en España, sólo en Antón Martín hay más bares que en toda Noruega. Y en cuanto a la Almudena, de ti para mí que está mal follá, con ese vestido de Almacenes Arias”.
Y uno a uno, como suele ocurrir con no poca frecuencia, acabaron desertando del “maravilloso viaje”. Celes, el primero de todos, cosa previsible después de su salida de tono y la consiguiente torva mirada de Pepa (una reprimida de ahí te las quiero ver) cuando su marido espetó lo de la mamada. Deserciones que en ningún momento, creo yo, deben ser consideradas como actitudes de descortesía, sino más bien como variedades de la pereza, la censura conyugal o, simplemente, fanfarronadas de una cena con mucha bulla y exceso de alcohol. Sea como fuere, a media tarde sólo quedábamos dos aspirantes a trotamundos. Lidia y yo. ¡Vaya pareja! Con cara de circunstancias, porque en realidad tampoco nos habíamos relacionado demasiado, debido sobre todo a su frialdad, a esas demostraciones de suficiencia que a pesar de delatar las mismas inseguridades de siempre, a mí, otro que tal, no dejaban de intimidarme. Nos quedamos, pues, los dos solos, un tanto incómodos, esa es la verdad, con cara de habernos dejado las maletas en casa. Lidia era guapa, nada como para lanzar cohetes ni saltos de alegría, pero que una imaginación calenturienta no podía menos que otorgarle perfectamente el don del morbo. Quizás fuese ese aire masculino que se daba a veces, orgullosa como un papagayo, muy a tono con la mayoría de sus amigas, todas ambicionando un master en finanzas, ser abogadas del Estado y cosas por el estilo. Era una mujer alta y de cuerpo flexible, con grandes y rumbosos pechos, caderas estrechas, y pequeños y maliciosos ojos. Para decirlo claramente, se mostraba tan inaccesible que daban ganas de comerse hasta los folículos de su cuero cabelludo.
- ¿Sabes algo de inglés? – me oí preguntarle, para ver de subir la temperatura de su congelador. - Hasta podríamos hacer una salidita a Miami, ¿no?
Me miró como si yo fuera la última persona con la que quería quedarse a solas. Por mi parte, sonreí. Hasta reí un poco, sin hacer demasiado ruido. Es extraño que uno todavía pueda reír en estas circunstancias, los jugadores de póquer entenderán lo que quiero decir. Ella dejó escapar algunas palabras ininteligibles, debido fundamentalmente a que hablaba sin apenas mover los labios.
Sin saber muy bien qué hacer, tanteamos el terreno, aunque el que lo tanteé fui yo, ¿quién, sino? Aunque sería más exacto decir que empecé un –todo lo amable que pude- interrogatorio: nada de Cubalibre, bienvenidos el gin tonic y el mojito, nada de orígenes en escuela de monjas (¡Lástima!), nada de barrios cutres. Bienvenida una suite en los despampanantes hoteles de Cuba, sólo para turistas, bienvenido el baile (aquí toqué el cielo), nada de nada, exceptuando sus ojos felinos que por un momento delataron una sumisa-agresiva-lujuriosa que, lo reconozco, fuera lo uno o lo otro, o el combinado completo - ¡qué más daba, si todo era mentira!- me dio un subidón de la ostia. ¿Mucha imaginación? Por supuesto que no. ¡Mucha necesidad! Pero el misterio estaba servido. Lo más importante, sin embargo, no dijo que no…. Y en realidad mi imaginación no era del todo una mentira; era un deseo, pero tampoco una mentira, y quizás más que un deseo. ¿Qué mujer se va conmigo toda solita a una isla que huele a sexo, al otro lado del mundo, si no está dispuesta a enroscárseme y saquearme la anatomía?
Reservé la primera llamada para María. Me gané una bronca de padre y muy señor mío. Parece que no tengas hijos, me dijo, “no comprendo como pude enamorarme de ti”, y ese estilo de cosas de las que hablan los separados con hijos. Cierto que, tiempo atrás, cuando me llamaba imbécil, deletreando cada sílaba, se la veía que gozaba. Y no digamos cuando me calificaba de “cerdo machista”, ese era uno de sus recursos preferidos y en el que, confesémoslo, muy probablemente se mostraba más brillante y convincente. La realidad, sin embargo, era que afortunadamente María había pasado paulatinamente de los insultos conyugales a una indiferencia con ciertos indicios de urbanidad. Porque hasta nueva orden el tiempo lo cura todo y, además, cansa. Aunque muchas veces el problema es precisamente el tiempo que tardas en entender que todo se ha quebrado y que sólo compartes los restos de una vida en pareja, unos restos que apenas expresaban nadas cotidianas, que apenas tenían intimidad pese a la convivencia. Y es que el amor se extingue sin que te des cuenta.
Así pues, ante mi sorpresa, tuve que suplicar menos de lo acostumbrado.
- ¿Y puede saberse con quién vas?
No pudo reprimirse de preguntarme, porque la que tiene, retiene. Nada comparado, por supuesto, con el ataque de celos que tuve que tragarme enterito cuando empezó a salir, a los seis meses escasos de nuestra separación, con ese petimetre mecánico dentista que mostraba siempre el espléndido conjunto de su mandíbula y su blanca y simétrica dentadura como si fuera una herramienta más de su trabajo. Yo era el primer sorprendido de que casi siempre acabara convenciéndola de que se quedara con los niños. Sólo por esta vez. La llamada a mi madre siempre la última: Mamá, me voy de viaje. Sí mamá, tendré cuidado en la carretera, claro que sí. Absolutamente inútil insistirle en que iba en avión, pues al rato volvía, erre que erre, a su obsesión, producto de las noticias de la tele: conduce con cuidado, la gente se mata en la carretera. Lo cierto es que la gente se mataba en la tele. De allí es de donde mi querida madre obtenía toda su información sobre la marcha del mundo.
No me pregunten por qué, porque tampoco podría responderles, pero la noche anterior a mi salida para Cuba soñé con Mari Loli, la chica a quien se le caía el pelo. Sí, esa noche soñé una vez más con Mari Loli, la primera chica con la que conseguí una cita. Quién entienda el significado de los sueños que venga y me lo explique, porque tal como yo lo veo, un hombre no le saca a la vida –y a los sueños- más que lo que pone en ella. Me presenté a la primera cita bañado en colonia y con los zapatos relucientes. Y ella con calcetines blancos de nailon y zapatos de charol. Mari Loli era mona, un regalo de la naturaleza. Acudió recién duchada, con el pelo mojado y con un olor a champú de hierbas, una delicia para mis fosas nasales. A mí, para romper el hielo, no se me ocurrió otra cosa que decirle:
- Se te está cayendo el pelo, ¿no?
Sí, el nerviosismo produce desastres como éste. Quizás sea por eso mismo que el sueño siempre se acaba cuando meto la pata. Tampoco es tan extraño que con tanto calor y tanta humedad relativa (¿relativa?), tanto sudor, y con el nerviosismo del inminente viaje, uno tenga sueños extraños. Aunque precisamente con Mari Loli, eso era más difícil de digerir, habiendo cosas más importantes, una eternidad de cosas. Para empezar, aquellos jadeos que oía, ya despierto del todo, que llegaban de no se sabía dónde -pero que, en todo caso, eran “transmitidos” por el patio de luces de la finca-, y que, sin poder remediarlo, me remitían a ese otro sueño del malecón y las jineteras, en La Habana. Ella se ponía de espaldas y yo se la metía primero por abajo y luego un poco más arriba. El acabose. Porque eso era lo que más le gustaba. Se venía en dos minutos. Y no satisfecha todavía, se emparraba con sus grandes muslos temblando y me suplicaba más madera: tú sabes cómo hacérmelo mi amor, no a lo bruto sino con cariño, así, así, méame en la cara, abofetéame sin compasión, escúpeme en la boca. Hazme daño. Tú sabes cómo hacerlo para darme gusto, papi. Es riquísimo. Tú sabes lo que haces. Pégame mi amor, que así me corro más a gusto. Mátame mi amor, como tú sabes hacerlo, con cariño, templadito...
Abrumado por tan cruel despertar, me levanté y me dirigí al lavabo para aliviar mi vejiga, mientras comprobaba que, fueran quienes fueran los gozosos -Dios les dé muchos hijos-, habían dado por finalizada su sesión matinal. ¡Bien empezamos! Me dije, mientras me limpiaba los dientes con la misma parsimonia que un taxidermista diseca una marmota.
En los viajes cortos, generalmente fines de semana, procuro llevarme lo indispensable: un libro, una muda, la maquinilla de afeitar, un cepillo de dientes... Aunque, luego, ¿quién es el guapo que se deja el Torecán, el Ibuprofeno, el Paracetamol y la loción para después del afeitado? Y así hasta una lista interminable. Y ya en el diminuto vestíbulo de mi apartamento, y a mi pesar, cargado como siempre de mis innumerables bártulos, cerradas las llaves del gas y el agua, mi penúltima duda fue para el contador de la luz, teniendo en cuenta que la nevera estaba prácticamente vacía, así que tomé una decisión drástica: desconecté el interruptor general, abrí la puerta y respiré hondo. De aquí no pasó la cosa. ¡Vaya susto! ¡Qué shock! Vaya, vaya... El gordito Hitchcock en acción.
Dicho de otra manera, y ya sé que no me van a creer, que se les escapará ahora mismo una sonrisa del estilo de ”¿ahora venimos con esas?”, sino de condolencia, de piedad, de compasión, en definitiva. Ya sé que moverán la cabeza de un lado para otro y pensarán, “vaya desvarío, vaya cuento”, pero ya me gustaría a mí verles en mi lugar, porque lo que ocurrió a partir de ese momento ni yo me lo creo.
Lo cierto, tan cierto como que están leyendo estas líneas, es que cuando intenté ese acto tan sencillo, salir de casa, sacar las llaves del bolsillo y abrir la puerta, plantarme ante la puerta de mi casa con mi maleta y mi bolsas de viaje, con el manojo de llaves en la mano, sencillamente no pude. Una barrera invisible, sí, han leído bien, invisible, me impedía el paso justo en el umbral de la puerta.
Acto primero: empecé a sudar copiosamente. Es una de las manifestaciones de mi sistema nervioso –cuando dispara sus alarmas- más molestas y desagradables. Y eso sucede, normalmente, cuando las circunstancias la emprenden por el lado adverso y amenazan mi equilibrio interior y, acto seguido, todo lo demás, y hacen su aparición la angustia y la ansiedad, por este orden, anunciando a bombo y platillo el maldito miedo. Entonces me pregunto ¿Quién teme al miedo? Y, claro, la respuesta no puede ser más fácil.
Acto segundo: La falsa seguridad que da la fuerza de la costumbre, esa sólida convicción cimentada en la exacta conjunción espacio – tiempo con nuestros movimientos y que impide, muchas de las veces, percibir la inminencia del peligro. El ascensor que acude obediente y puntual cuando apretamos el botón. La calle que nos espera ahí fuera sin cambios sustanciales respecto al día anterior. El quiosquero, siempre con su rostro impasible tras el parapeto de revistas y periódicos, fascículos y colecciones de películas en DVD, alargando la mano en busca de la moneda por el valor del periódico, con la parsimonia del que dispone de todo el tiempo del mundo y al que sabes que siempre hallarás en su puesto, más seguro que el mejor de los amigos. Esa seguridad era precisamente la que se resistía enérgicamente a la evidencia física del desastre. La que no podía aceptar de ninguna de las maneras lo que estaba ocurriendo.

Y no podía porque no quería pasar por todo eso, aunque tampoco quería no pasar por ello. Suena a locura perro no sé expresarlo de otra manera. Pensé al momento, esto es una mala jugada de los nervios, un normal, por comprensible, ataque de ansiedad. Y no era para menos, ¿cómo reaccionaría usted si, con la puerta ya abierta, no pudiera salir de casa? Y tercer y último capítulo, pues. Si estuviera de humor podría llamarlo “la encerrona”, pero no lo estaba, así que opté por la huida hacia delante. “Estás soñando”, me repetía como un disco rayado
- Estás soñando tío. Esto no puede estar ocurriendo, insistí, con los ojos en blanco. Y no mucho más tarde, un último recurso que ni yo mismo conseguí creerme. ¡Ya está! Has tenido un accidente de automóvil, has muerto y lo que queda de tu espíritu se resiste a abandonar tu cuerpo, y éste su casa y así, sucesivamente. Vale, ya cierro la boca.
- ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
Tranquilo, te despertarás de un momento a otro. Esto no es más que una pesadilla. Tómate un vaso de agua. Piensa en otra cosa. Piensa, por ejemplo, en este week end de puta madre que te espera. ¿Ya tienes lista la maleta? Podrías regar las plantas. Esto relaja un montón. Y estando como estaba al borde de un ataque de nervios no se me ocurrió otra cosa, para mejorar la situación, que pensar en Lidia, ¡OH, Sí! ¡Qué buena idea! Lidia esperándome en la esquina de Gran Vía con Rocafort. Intenté concentrarme en ese escote de barco a la zozobra del que emergían los gozosos senos de Lidia. En sus piernas, su culo, sus delicadas “cartucheras”, su coxis, todo el Pack completo esperándome en la confluencia de las calles Rocafort y Gran Vía de las Corts Catalanas… Y yo aquí, sin poder salir de casa. Para qué andarnos con rodeos. Ya me estaba empezando a poner histérico.
Ya lo sé. De acuerdo, lo sé. En la ficción todo es posible, pero da la casualidad de que yo no estaba viendo precisamente Dimensión desconocida frente a mi televisor de 32 pulgadas, zampándome unas cortezas de beicon y una coca-cola Light de lata. No señor, yo estaba instalado en la realidad. Más concretamente, frente a mi puerta reforzada con marcos de hierro acerado y bisagras antipalanca, ocupado en sostener mis dos bártulos tamaño mini vacaciones, con un aliento tirando a menta y una sonrisa sacada del frigorífico de mi monótona existencia, dispuesto, por una vez y sin que sentara precedente (¿o sí?) a pasar un fin de semana de lo más agradable, a tomarme un Juvé Camps (tampoco hay que tirar el dinero por la ventana) en una habitación con vistas, provisto de condones de todos los colores (sexo seguro, aunque no tan seguro de que habría sexo), así que me encabroné, pero, sobre todo, me asusté. Esa es la pura verdad, me cagué. Pasé del estupor inicial al ataque de pánico en menos de lo que tarda un relojero en cambiarte la pila del reloj de pulsera. Así, brutalmente enrocado en el temor, discurrí un vano intento de racionalización. Recordé el lema de María, mi querida ex: “No hay casualidades, hay causalidades”. Fue entonces cuando pensé en lo del ataque de nervios y las pesadillas, pero aún fue peor el remedio que la enfermedad. ¿Me estaría volviendo majareta?
Así, cuando la cosa empezó a ponerse fea, fea de verdad, no me lo pensé dos veces y llamé a mi homeópata. Oiga, doctor, espere un instante que yo se lo explico, mire, doctor, hoy justo iba a cruzar el umbral de la puerta de mi piso para irme, ¿verdad?, de fin de semana, cuando... etcétera. Y, claro, el doctor que casi se me disgusta, porque un intento de suicidio o una sobredosis las acepta con resignación, cosas del oficio, pero que esto mío era una tocada de huevos, más claro imposible, así que me dobló la medicación sin pensárselo dos veces, sin inmutarse, y ya de paso, me recomendó que llamara a un psiquiatra. Claro que eso, la llamada al homeópata, funcionó en cierto sentido. Quiero decir que así averigüé que seguía en este mundo y no en otro, cuestión fundamental en aquellos angustiosos momentos, como podrán comprender. Esto me tranquilizó muy mucho, ¿para qué voy a negarlo? Por un momento pensé en Charlton Heston en el planeta de los simios. Acto seguido llamé a Paco.
Aún se está riendo el muy cabrón. Eso, la primera llamada, la de las 4,30, claro, porque a las cinco ya no respondía, ni siquiera su contestador telefónico, con el típico mensaje simulando ser él mismo y, luego la risita final: sentí deseos de arrearle un puñetazo. Uno no siempre es capaz de dominarse. Pues sí, a las cinco ya no respondía ni el teléfono de Paco, ni el de María, ni, por supuesto, el de mi homeópata. Era como si el mundo se hubiera desenchufado a mi alrededor, eso mismo, unplugged. Y mientras me aplicaba en mis ejercicios de respiración, me esforcé en salir mi pasividad habitual y hacer algo útil: Llama a los bomberos. Tómate un Tranquimazín. Mejor un Valium diez. Mastúrbate. Igual estás demasiado tenso. Tómate un whisky. ¿Y si me pongo a gritar?
Me dirigí al equipo de música e introduje el compacto Nobody knows, la canción de Eric Clapton, por aquello de lo de Unplugged y casi me pongo a llorar por lo delicado del momento, tal era mi trastorno. Por eso mismo, porque todo en derredor empezaba a volverse peligrosamente blando, por no decir tierno, casi me trago mis propios mocos cuando Sandokán empezó a husmearme los zapatos. ¿No les había hablado aún de Sando? Sandokán había vivido mi peripecia con una sangre fría y contención digna de lo que era, un felino. Sencillamente se había limitado a presenciar, con la indiferencia principesca de los gatos, mis angustias; a dar testimonio regio de su presencia prodigándose largos lametones en la cara y extremidades mientras yo accedía a los accesos de pánico ya relatados.
También es cierto que podía haberse dedicado al extermino paciente de sus pulgas. A maullar, pidiéndome merluza a la plancha, su menú favorito. A reclamar el cambio sanitario de la arena sucia. A conducirme hasta la bañera para que le abriera el grifo y así poder beber agua corriente, finolis lo era un rato. A repantigarse sobre mis zapatillas e inventarse una de sus elegantes siestas. Pero no. Justo cuando escuchaba al señor Clapton procurando recuperar las coordenadas espacio-tiempo que ustedes y yo hemos convenido desde siempre en considerar como la realidad, el señor gato cruzó señorialmente, y sin la menor dificultad, el umbral de mi piso y giró su cabeza como despidiéndose de mí para siempre, como si de verdad yo no fuera su amo, el gilipollas que le daba de comer al menos cada día y que le cambiaba las cacas cada dos por tres. Justo cuando llegó al primer escalón dio media vuelta, me miró con conmiseración y regresó sobre sus pasos, como si, poseído por una debilidad más bien humana, le hubiera dado un acceso de piedad. Me abracé a él conmocionado.
¿Han pensado alguna vez que hay muchas formas de morir, pero sólo una de estar muerto? Yo lo pensé constantemente a partir de este instante. Durante los días que siguieron, dejaron de funcionar gradualmente la radio, la televisión y la lavadora. La nevera dos días más tarde. Al séptimo día se fue la luz y no pude por menos que tomarlo como un presagio bíblico, aunque rezar hubiera sido demasiado grotesco así que pensé en Lidia, esas dulces venillas caprichosas que cercenaban sus ojos, ¡ay!, muy cerca de alguna cana rebelde y eso, aunque parezca mentira, me turbó. Me conmovió. Entonces empecé a cometer las tonterías habituales, las típicas reflexiones del moribundo acerca de lo poco que valoramos lo que tenemos hasta que lo perdemos y, como un dardo en el centro de mi desesperación -y en un postrer alarde de buen lector-, recordé las palabras del gran Borges: Eres nube, eres mar, eres olvido, eres también aquello que has perdido. En un arranque de insensatez, llegué a pensar incluso lo maravillosa que era la vida, olvidándome de que lo había sido la vida para mí, una constante oscilación entre un miedo y otro. Claro que lo peor, lo peor de la semana con mucho, mucho peor que la coincidencia bíblica en el hecho de que la luz desapareciera el séptimo día, fue cuando Sandokán me rechazó con uno de sus más sombríos y pavorosos bufidos. No les cuento cómo se le hinchó la cola al mirarme. Tan así como si yo fuera propiamente un fantasma, o para ser más exactos, un micifuz, un gato rival. Más bien esto último, diría, si nos atenemos a cierta transformación de mi aspecto ésos últimos días, si tenemos en cuenta, digo, esa súbita manía mía en andar a cuatro patas, a gatas sería más justo decir, acatando esta última y definitiva derrota con la misma sumisión con la que había aceptado el nacimiento de unos portentosos bigotes (y con ellos una nueva y maravillosa expansión del olfato), una estupenda y elegante cola marsupial y un desenfrenado deseo de subirme a los árboles (y por ello la renovada necesidad de salir de casa, olvidándome de Lidia, de más llamadas telefónicas), y a pesar de todo engañándome una vez más, aceptado convencido como estaba, a esas alturas, de que en el nuevo orden sólo a los felinos se les hubiera concedido la gracia de salir de casa, tan alegres y campantes.
Nocturama Fotoblog: Milán II. Fotografía de Marcelo Aurelio
http://www.arte-redes.com/nocturama/?p=1478
Nocturama Fotoblog: Venecia 8,55. Fotografía de Marcelo Aurelio
http://www.arte-redes.com/nocturama/?p=1487
Nocturama Fotoblog: Tren. Fotografía de Marcelo Aurelio
http://www.arte-redes.com/nocturama/?p=166
Ferran Jordà: La lluna, la mare gata. Animals. 28 de January de 2008http://www.bw-color.com/fotos-384-la-lluna-la-mare-gata.htm

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18.6.09

Dalbalate: Obsesión por el deporte

Cuando cago... hago deporte

Es cuestión de ir cogiendo el juego, ¿eh? La cosa es rara, ¿eh? Bueno, hace unos días, en la Maratón de TV3 tenía llamadas: estoy gordo, tengo estrés, bebo como un animal, fumo porros. Y todo el mundo: David… que et donará un atac de cor. Pues, ¿sabéis que ha pasado? Que ahora me he obsesionado con el deporte. Sí, mama, faré esport i duraré fins el 100 anys.
Tengo obsesión por el deporte. Soy depooortiiista y hago deporte cada día.
(suena el riff de una guitarra)
Si queréis hacer palmas vosotros mismos, ¿eh?
Vivo el deporte, me apasiona el deporte, mi vida no tiene sentido sin el deporte, mi madre es deportista, mi mujer es deportista, mi hijo Guillem es deportista. Hago deporte caaada día. Mi padre fue un deportado pero, también hizo deporte allí. Deporte, ¡Uh!, ¡Uh!, ¡Uh!, ¡Eh!, ¡Eh! ….
Leo el periódico, cuando cago, de deportes. Voy al cine y veo películas de deporte. Miro la tele, de programas de deporte. Cuando cago hago deporte...
Ver más en:
http://www.youtube.com/watch?v=op1l3zFhVuw&feature=PlayList&p=8704519093102ECF&index=0&playnext=1

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16.6.09

Matrix (Agente Smith)


Lo frecuente en él es que aparentase ser un tipo cualquiera. Quizás motivado porque ni siquiera recordaba en qué tiempo y lugar se le había ocurrido la quimérica idea de que era algo más que un soldado raso, quizás un capitán como el de los tebeos que devoraba en la niñez y buena parte de la adolescencia. Tampoco recordaba cuando comprendió, de repente, que con tantos arranques de melancolía mal capitán podría ser. Por qué, cuando y cómo, empezó a sentir que ya no valía mucho. Porque le parecía que no era tan bueno como otros… que no debería convivir con gente incapaz de hacer lo que él estaba haciendo: urdiendo sutiles estratagemas para que la gente se fijara un poco más en él y descubriera, tras las apariencias, sus profundos sentimientos, concediéndole de esta manera el beneficio favorable de la duda.

También era frecuente que en sus sueños se paseara por una avenida salpicada de relojes blandos sin minutero, lo que le permitía experimentar la agradable sensación de tener visiones con el pedigrí de Ingmar Bergman o Salvador Dalí. Esa tarde, le despertó una sirena parecida a la de una fábrica de tornillos, interrumpiendo bruscamente su reparadora siesta. Se levantó lentamente, imitando lo mejor que pudo los movimientos de un ser animado, dirigiéndose hasta donde, más o menos, intuía que procedía la algarabía acústica, sin saber muy bien, esa es la verdad, lo que estaba haciendo, mientras experimentaba la sensación de que alguien le hubiera envuelto la cabeza en arena de la playa, acompañada de sus correspondientes chapas de botella y colillas de cigarrillos...

Abrió la puerta, aunque en el breve trayecto antes de llegar a ella ya se había predispuesto a agradecer, fuera quien fuera el supuesto inoportuno que había pulsado el timbre, que alguien le tuviera en cuenta, aunque fuera para venderle, incluso la tímida y retraída vecina del piso de arriba, que sin duda había pasado sus buenos sufrimientos antes de decidirse a recorrer los dos tramos de peldaños irritables que le separaban del segundo piso, para rescatar la prenda que en su caída había quedado trabada en el tenderero del taciturno vecino que habitaba en él. Pero en lugar de la vecina se encontró con dos individuos. Éstos sí parecían saber a lo que estaban. Eran dos operarios de Roca Condal.

Ni tan mayores como él, ni tan jóvenes, sino todo lo contrario. De rigurosa indumentaria y buena planta y, en todo caso, frescos como un bollo de panadería a las ocho de la mañana, parecían recién salidos de un cursillo de comunicación no verbal y destrezas mercantiles. Le miraron, impertérritos -como si la palabra sorpresa hubiera sido borrada tiempo ha de su diccionario-, al encontrarse con su rostro soñoliento de prejubilado en posición de descanso y una cierta pinta de deshecho humano sin afeitar, desmañado, con pijama a rayas, como un vulgar presidiario. Y más si tenemos en cuenta que no había tenido tiempo ni de peinarse ni de arreglarse las solapas del pijama y estaba en situación de advertir el efecto que producía ante los imprevistos visitantes el mapa que la vejez le había dibujado bajo los ojos y en los pómulos.

Experimentó la clara sensación de que ni dándose de narices con un jugador de jockey sobre hielo, con el equipo completo (patines con armazón de aluminio, palo con caña de titanio, máscara con celdas de alambre, hombreras y pads, etcétera) les alteraría de la misión que los había conducido hasta su casa: reparar la caldera de la calefacción. Avería código 06: bolsa de aire. Ellos dirían dónde.
Y él seguiría sin enterarse de la misa la mitad. “Somos los del gas”, afirmaron, con la misma rotundidad que dos agentes de Matrix.
Cuando firmó el "conforme", el más cercano al tipo Matrix, es decir, Smith, el oficial primera de mantenimiento, se lo quedó mirando y, sorpresivamente, le soltó, ¿Oiga...? Esto... ¿Usted no es escritor... y publicó un libro, y quebró la editorial, y…?
- ¡Bingo!
Y comprobó, un tanto avergonzado, esa es la verdad, que bastaba con un motivo amable en el árido páramo de su corazón para hacer nacer un brote de ilusión en su desánimo. Que todavía podía inspirar en alguien tan “profundos” sentimientos. Al fin y al cabo –pensó, feliz- ser recordado es algo así como no estar muerto del todo. Aunque también fue consciente de que, en la anterior avería, debería estar bastante necesitado de conversación, cariño y reconocimiento mutuo y (según constataba ahora, no sin cierto rubor), le endosó el rollo de su último libro, el mismo cuyos ejemplares no vendidos reposaban, cuidadosamente ordenados, en el interior del cajón móvil de su cama.
Así pues, en ese momento supo con certeza que no era totalmente un fantasma. Que en algún recóndito lugar de su imaginario autocompasivo todavía quedaba un resto de esperanza. Y, animado por tal perspectiva, ilusoria es cierto, endeble si se quiere, cogida por los pelos, pero real al fin y al cabo, y una vez los portentos del gas, cual agentes de la condicional, se marcharon con sus maletines a cuestas y su sobrio agradecimiento por la exagerada propina recibida, se abalanzó sobre su vieja máquina de escribir, se desembarazó como buenamente pudo de las telarañas que lo cubrían desde tiempo ha, y se puso a escribir su próxima novela con una inusitada y febril devoción. Golpeando rabiosamente el teclado, como si en ello le fuera la vida.

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14.6.09

Rosa Mora: Tortugas Y Cronopios



-Dedicado a Ferrán y al Gran Cronopio -
Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural.Las esperanzas lo saben, y se burlan.
Los famas lo saben, y se burlan.
Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.
Julio Cortázar, "Historias de Cronopios y de Famas"
http://www.flickr.com/photos/dadiva/3562631098/

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11.6.09

ESTA SEMANA: Sèraphine



Sèraphine
De Martin Provost
Yolanda Moreau y Ulrico Tukur
Francia, 2008
VOSE
Cine Verdi, junio 2009



Indicada para:
Espectadores que saben que además del cine USA hay otros cines. Ideal para aquellos que hayan tenido tiempo de tomarse un café o una cerveza antes de entrar en la sala (signo de sosiego, de receptividad). Adecuada para individuos con curiosidad por las sorpresas que nos da la vida, o sea, por historias poco convencionales. Imprescindible para los amantes del arte comprometido, entendiendo por compromiso el vital, el más peligroso por lo tanto, el que puede acabar trastornándote e incluso arrojarte al foso de la locura.

Contraindicada para:
Espectadores cansados tras una larga jornada laboral. A todos aquellos que utilizan con frecuencia expresiones tales como “¿un poco lenta, no?” o la similar “¿un poco larga, no? Absténgase completamente aquellos que advierten que bastantes desgracias hay en la vida y que lo que quieren es ver una película “entretenida”.





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