10.6.08

Fascinación

Todo en ella se me antojaba una sucesión de gestos destinados a mi personal, exclusiva y desesperada búsqueda de la fascinación. Esa princesa con aparente pinta de pija era sin duda de las que arrastraban un séquito de mamarrachos a su alrededor.
Esa fue mi primera impresión, la impresión de un joven en edad de angustia sexual, dispuesto a cualquier cosa por presumir ante los amigos al regreso de sus vacaciones, aunque fueran amores medio inventados, o inventados al completo. Pensaba concretamente en algunos individuos, que no llamaré precisamente amigos, que presumían de haberse iniciado en el arte de fer l’amour. Sus precisas descripciones de las veladas en las discotecas y, luego, la excursión a la zona oscura y arbolada del césped de la urbanización, muy próxima al límite de la piscina mega-atómica, la toalla en el suelo y aquí te pillo y aquí te mato; muy machito ellos, manejándose en la explicación de los detalles, los jadeos y esa tan bien descrita respiración silbante de la francesita, ¡Oh, mon cheri! Llegando al orgasmo con ese desgarro de seda y perfume de amapolas, como el que echa un puñado de pétalos en un estanque.
Contaban los muy cabrones. Poetas de mierda. Hay individuos que no saben mantener la boca cerrada.
Sí, he de confesar que esos relatos me convirtieron en un amigo vil, porque una cosa es querer a los amigos y la otra muy diferente es aceptar sin un renuncio su prosperidad, de forma que me vi atrapado por la amenaza del pecado capital por excelencia: la envidia. La envidia en forma de pregunta lanzada al aire una y mil veces: ¿Por qué unos tienen tanta suerte y les viene la fortuna de cara, y otros, sin embargo, nos tenemos que ganar el pan con el sudor de nuestra frente? Y ni así. Es decir, con su santidad, la paja. Ho, Ho, Ho. Pregunta cuya respuesta, por su naturaleza evangélica, es decir, por su profunda liturgia, nunca dejó de atormentarme.
Durante aquel verano mi modalidad de aburrimiento preferido era contemplar el mar, las olas enfrascándose con su compás de poesía de mierda, bruuuum, braaaam, slunnng, spoong, agua que te quiero verde, fumando espero, azul que te quiero, espumita blanca peinando la mar. Para cagarse. Me pasaba horas sentado en la rocalla, columpiándome con la tontería de las olas, ahora vienen, ahora van, con el cigarrillo entre los labios y un amago de desdén todavía imperfecto, y mejorable, por lo tanto, que ejercitaba con disciplina carcelaria. Empecé a fumar por llevarles la contraria a todos y cada vez me gustaba más. Las dos cosas, fumar y llevarles la contraria. Ésta era mi particular forma de protesta y reproche. Encontraría más, por supuesto. Todo por una buena causa: mi resistencia numantina al dichoso manual de civismo que tanto entusiasmaba a mi santa madre y a sus numerosos aliados.
¿Qué edad tendría ese portento, diecisiete años, dieciocho, diecinueve acaso? Estaba impresionante, BUENÍSIMA. Elegante en su indumentaria informal: minifalda con estampado escolar y volantes un tanto cursis pero que a mí me despertaban el morbo, sobre todo, ¡ay!, esa apertura lateral... Atiéndame, muchachos, una chica de pasarela, esbelta, inasequible, de pelo negro y efecto mojado. Rostro de anuncio, de Evax-punto-com y mirada turbia. Lucía unas gafas con una montura llamativa, tipo Lolita y unas bragas con estampado de dibujos animados que reanimarían a un muerto. Su blanca palidez era extrema y hermosa, con una estrella de agua en cada una de sus órbitas, y un lunar en la mejilla derecha, una estrella resplandeciente que decía mírame y no me toques.
Cada vez que sus ojos se cerraban y abrían, FLASH, FLASH, me daba el calambre, el hormigueo, la convulsión. Ese aletear de sus ojos, ese abre y cierra de sus párpados húmedos y perfectamente lubricados. Parpadeaba cada tanto, y los cerraba - sus ojos - ofreciéndome el éxtasis de ser ella misma y no otra, y finalmente los dejaba bien abiertos, inconmensurablemente grandes. Y me miraba con sorna. Sí, han entendido bien, me miraba, y eso era sólo un instante, suficientemente dulce y, a la vez cruel, que bastaba para fulminarme. Yo procuraba registrar, fijar, amarrar esos ojos, ese ZIG ZAG de su falda corta y voladiza cuyo eco, técnicamente hablando, no podía llegar a mis oídos pero que yo ya había aprendido a imaginarme. Por eso mismo, procuraba registrar esa reverberación en mi memoria para soñar después, para relamerme en mis heridas de adolescente recién salido de la batalla. Tocado y hundido.
Pero también para mortificarme durante las largas noches mientras me recomía sus muslos, aspirando el olor a crema bronceadora de su pubis, de sus nalgas, de sus pies, y así hasta desmayarme, no antes de le chuparle una vez más el dedo gordo del pie, y su uña pintada de pink, después de desabrocharle su zapatito de tacón rosa, con apliques de dibujos, flores y bucólicas nubes. ¡La hostia! De veras. Sin prisas, con todo el tiempo del mundo (a la mierda el mundo), junto a mi ventana y a mi luna llena artificial, con aureola azul y todo lo demás. Soñando despierto, dejando que me llegara poco a poco la conmoción final, adormeciéndome más feliz que nadie en esta pequeña parte del universo no excesivamente expansivo, temiendo por la realidad de ahí fuera, pero a la vez extasiado por ella, atisbando el porvenir que, como las nubes, parecía no moverse, porque esa era la realidad: no se movía. El futuro estaba ahí, quieto, esperándome, esperándome aunque riéndose, el muy cabrón, allá a lo lejos.
Lo sublime, he de confesarlo, y perdonen que insista, que me haga pesado, ¡que no acabe nunca!, era cuando utilizaba mis poderes ultra sensoriales y ordenaba telepáticamente al tirante de su camiseta una suave caída por la sonrosada pendiente de su hombro desnudo. Es decir, a una distancia de cuatro mesas surgía el último motivo desesperante de mis vacaciones de verano. Aquí donde me ven, mi triste figura, embelesada ante las evoluciones de una chica de las que no quedan.
Y, claro, por un instante pasé por las famosas cuatro fases: euforia, decisión, vacilación y autocompasión, uno de mis itinerarios favoritos, pasar de corrido por la ruta aciaga para llegar lo más pronto posible a mi estado natural, el del fracaso. Lo peor fue la sexta fase, la post mortem, cuando acepté la realidad más miserable: que nunca me movería de mi silla de plástico de color naranja. La certeza, en definitiva, de que, aunque mi horchata hacía siglos que se había acabado y yo empezaba a hacer el idiota, es decir, a hacer ese ruido tan característico con la pajita, succionando los restos de espuma del fondo del vaso, que tanto molestaba a mi madre, nunca jamás cruzaría ese campo de minas que nos separaba y nos separaría para siempre jamás. Porque es así de dura la derrota. Y de vergonzoso el fracaso. Y tan dulcemente cruel la fascinación…

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