30.5.08

Isabel

Si no se pudiera hablar de los asuntos de los demás, probablemente los chismosos se suicidarían. Pero lo que ganaríamos por un lado, quizás lo perdiéramos por el otro, es decir, quizás el mundo sería entonces un lugar todavía más deprimente y puede que hasta incluso peligroso. Y, ¡ay!, es posible que hasta a esos listillos que siempre andan por ahí les temblara el músculo de su tan celebrada inteligencia. Puede incluso que con la falta de práctica se perdieran sutilezas tales (y que ahora nos parecen tan simples) como que cuando uno habla de los demás, muchas de las veces lo que hace es hablar de sí mismo. Y si no uno perdiera el hábito de hablar de sí mismo incluyendo a los demás, acabaríamos en un mundo de mon(ólogo)s. Sin este principio cuántico, sencillamente no existiría la literatura, ni el arte en general y el mundo permanecería ciego de tanta oscuridad, como antes del Big Bang.
¡Cuanto te agradezco, pues, Isabel que te intereses por la vida secreta de las palabras! Y, también, que apuestes por Dennis Hooper, sin cuyo personaje, George O’Hearn, la película sería muy probablemente otra bien distinta, que lo eligieras para hacerle el pasillo al animal moribundo David Kepesh que interpreta el siempre magnífico Ben Kingsley, pero, sobre todo, que elijas un guión como quien elige un amigo y no, como hacen otros directores, que parece que lo hagan con la impasibilidad y falta de concentración del que prepara la bolsa de viaje para una rutinaria salida de fin de semana.
De este modo, en lugar del neceser, las bermudas y un atasco de la Hostia, Isabel rebuscó en los cajones y encontró la novela “El animal moribundo” de Philip Roth, se sentó en la mecedora, puso un CD de Tom Waits y se adentró en los disimulados entresijos de la confrontación final. La antesala del último combate entre la decrepitud física y el vigor de una mente todavía armada. Algo tan sencillo, la dicotomía entre la vida y la muerte experimentadas por el propio sujeto, cuando lo habitual es que esta reflexión la hagan los allegados y no el protagonista de esta tragedia en un oscuro re menor, tan íntima y cada vez más generalizada, gracias a esta nueva sociedad de viejos transformados en jóvenes por ventura y cortesía de la ciencia, la tecnología y las nuevas costumbres.
Fui a ver Elegy, la última película de la Coixet, y salí cargado de una historia más sólida que un pedazo de mitología griega, Minotauro incluido. Salí como de una sesión de boxeo, noqueado por el mano a mano entre Ben Kingsley y Dennis Hooper y lleno de fracturas en la piel. Es decir, salí de la sala realmente más agradecido que un niño cuando le regalan su ansiada mascota.
No sé qué hace esta mujer que me ataca el lado fácil de mi ridícula inclinación a la ternura, muy al estilo de las películas de serie B, alguna lagrimilla incluida. La miro, a Isabel, con esas gafas de turista anglosajona de viaje por Kyoto y esa cara de pato despistado. La miro y sólo veo esa sonrisa contenida que conecta con la dúctil y tranquila profundidad de su mirada, y cada vez me recuerda más a la Gioconda de Leonardo. Y como no quiero hacerme pesado, no les hablaré de ese flequillo a puntas y esa melena larga que me tienen robado el corazón. Y, llegados hasta aquí, no puedo menos que imaginármela, diciéndome al oído, como en un susurro:
- A veces puedes ser realmente dulce, ¿sabes? Como los sueños, las vacaciones de verano y una camada de gatitos recién nacidos.

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6 comentarios:

Blogger Los Burgomaestres ha dicho...

¿Cómo comentar esta entrada, amigo Cronopio? Sería como entrometerse en una declaración amorosa, terreno vetado a los intrusos, que requiere absoluta intimidad. Mejor os dejo solitos, a ver si la cosa cuaja...
Es bonito.

11:57 p. m.  
Anonymous Anónimo ha dicho...

Sigo el consejo de "Los burgomaestres", y no me dirijo entonces a observar la otra pareja sobre la que -parece- va la peli.
¿Viste "La Duquesa de Langeais". Da para comparaciones fructíferas...
Popaul

10:02 p. m.  
Anonymous Anónimo ha dicho...

A mi también me gustó la película. Me sorprende que no digas nada de Penélope Cruz. No te gustó? Abrazos, maraichuli

6:02 p. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

Gracias por tu comprensión, amigo Burgomaestre… Sí, lo confieso, la oscuridad del cine es propicia a estas pequeñas y veniales transgresiones… aunque los militantes del fracaso sabemos que todo es inútil, que el deseo suele ser un círculo tan perfecto que muchas de las veces nos convierte en el Minotauro de la leyenda atrapado en su hermoso laberinto

9:38 p. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

Pues no, amigo Popaul, quizás me dé tiempo para ir al Alexandra...
Gracias por la sugerencia...

9:42 p. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

Querida maraichuli… Penélope esta espléndida… aunque le toque hacer ese papel del “objeto del deseo” que tiene sus limitaciones, según creo. Luce pero lo hace entre velos, los de la mirada “deformada” de David, que la devora, como Saturno a sus hijos… Bueno, pero ella, insisto, está espléndida y muy muy hermosa… Por cierto, maraichuli, ¡Bienvenida a la estepa glaciar de la morsa

9:48 p. m.  

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