8.6.08

Algunas canciones de Billie Holiday


Sobre el nivel del mar, mis ojos, cada vez estaban más ciegos. Montamos, juntos, en un tren de cercanías, surcando el planeta a toda velocidad. Ella, a mi lado, sonrió. Le tomó tanto gusto al paisaje...
- Un paisaje que corre más que mi propio pensamiento -, dijo finalmente. También comentó que nunca volvería al sitio de donde había partido. Y parecía digno de creer, porque no llevaba nada consigo. Nada, si exceptuamos algunas canciones de Billie Holiday, que canturreaba de vez en cuando. Vestía tejanos, zapatillas y le asomaban los faldones de su camisa de franela a cuadros por encima del pantalón. Y eso no era todo. La fuerza de la gravedad pudo más que nosotros y nos pasamos de estación.
Nos deslizamos, así, sobre una mañana desperezada de labios y cabellos, bajo un tímido sol de primavera. Una mañana - blanca como el compás armonioso de un violín- sosteniéndose como ropa tendida sobre los tejados de las casas que avanzaban con una velocidad del diablo. Desde la ventanilla del tren, nos despertamos y abrimos la puerta del nuevo día y, al intentar bajar la cortinilla, para que el sol no nos diera directamente en los ojos, percibí el runruneo de un aeroplano, modelo gran guerre.
Y entonces comprobamos que teníamos manchados los dedos de un polvillo gris, casi oscuro. Entonces, ella dijo:
- Cuando mi compañero me acaricia, le aparto sus manos. No tenemos relaciones róticas. No sé qué hacer.
Y fue como una señal. Me levanté y abrí la ventanilla. La brisa de la mañana arrancó de nustros dedos ese polvillo gris, casi oscuro, que cada vez se parecía más a las cenizas de un muerto recién salido del crematorio.

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