2.6.08

Mamá ha muerto


Cuando amanece, me quedo embobada ante ese resplandor anaranjado que se entreteje, altivo, entre los grises pliegues del cielo. Esa silenciosa conflagración que nace en la lejanía, se expande con su gama de colores vivos como la púrpura, acaricia los tejados de la ciudad, desciende hasta el jardín y arranca un resplandor carmesí de la pared de obra vista, frente a la piscina. Es una aparición que dura lo que un instante pero que me trasmite múltiples sensaciones que ni siquiera intento descifrar. El último sorbo de café coincide con la claridad del preludio. Y ya no sé lo que es peor.
La claridad del preludio, así llamo yo a mi amanecer silencioso. Será que por mucho que me resista, siempre me atrapa la melancolía de ese instante y su futuro recuerdo. Una melancolía que precede a la voracidad de la monotonía. No sin esfuerzo, intento reconstruir el rompecabezas de cada día, esos hábitos, tan simples por otra parte, que cada vez requieren un mayor esfuerzo. Retiro los platos del desayuno, cambio las sábanas, me limpio los dientes, me embadurno la cara con crema hidratante y enciendo la radio. La sintonía de la radio sustituye la sinfonía de los colores. Sumisa, espero ese dolor en el pecho, ese vértigo sin precipicio. No ofrezco resistencia. El dolor puede ser también una costumbre. Casi no hace daño, sólo destruye poco a poco. Lo hace en silencio, como si no quisiera molestar.
Cuando rompe el día, hace ya rato que Luís ha salido disparado por esa puerta, con un café recalentado en el micro, tres galletas integrales y un cigarrillo en la boca, además de un maletín lleno de papeles, pliegos y escrituras y un montón de kilómetros por recorrer. Viéndolo salir de casa, se consolidan más mis conjeturas acerca de la masculinidad, la del hombre y la zanahoria. Cazador y asno a la vez.
- ¿Tendrá una amante?-, me pregunto en ocasiones, sorprendiéndome a mí misma ante la vacuidad de este pensamiento. Entonces descubro que me importa un bledo si tiene amantes o no. Y esa sensación me encerraba todavía más en el cuarto vacío de mi cuerpo.
Sí, lo mío viene de antiguo. Aún ahora me acechan ruidos de fantasmas y me asusto como un gato faldero: sonidos de papeles quemándose, cristales haciéndose añicos, papel de aluminio arrugándose, una pantalla de televisor reventando en diminutos fragmentos de cristal, Infinidad de cristales quebrándose…
Bueno, este ruido lo vengo oyendo desde hace poco menos de tres meses. Primero pensé que se trataba de una fobia más. Como los ascensores, las ventanas cerradas. Como encontrarme en un atasco y sentirme encerrada en un ataúd y experimentar ese vómito interno, ese ataque de pánico, como el miedo a la oscuridad, despertar a las tantas de la madrugada y descubrir que me han robado la matriz, los intestinos, el corazón
Estas sensaciones se acrecentaron con la menopausia: "Aquí estás, preciosa. Bienvenida, mala hija de puta". Cuando llegó la recibí con dignidad, eso sí. Me preparé resignadamente para las depresiones y el malhumor.
Pero antes de que el fantasma de José Luís cruce el umbral de la puerta, con su maletín negro con cierres dorados, su cabello aplastado con gomina y su afeitado apurado al máximo, dejando su pestilente olor a aftershave, mucho antes de eso, suena el despertador. Primero el de color rojo, modelo convencional, zumbido cimbreante, si se puede decir así.
Odio los despertadores. Y eso que aún tengo guardado bajo llave el que me regaló mi querida cuñada, uno que imita el canto del gallo. Sí, mi cuñada... Me regaló un edredón de un color horrible y chillón, estampado de flores, de esas mismas flores con las que antes se empapelaban los pisos baratos, y un juego de tacitas de té y café de porcelana, y un delantal de plástico con la reproducción de Marilyn Monroe, todo regalos de mi encantadora cuñada, que nunca se olvida de un cumpleaños ni que la maten. Es tan previsible, tan inevitable, diría yo, y, sin embargo, el tipo de mujer que siempre aspiré a ser. Hasta que me di cuenta de la broma, de la farsa del hogar y todo eso. También es verdad que al final acabé cediendo ante su constancia. Sí, acabé llamándola un día para avisarle de las rebajas en la tienda de la Juani y, acto seguido, claro, pienso qué imbécil que soy, y para qué seguir.
Me miro en el espejo y esta vez sí que encuentro algo de mí: yo entre todas las mujeres que peinan a un niño, entre este niño guapo y esas mujeres que se resumen en mí misma, que de pronto se pasan la mano por el rostro e intentan borrar en vano esa expresión de tristeza y siempre con el miedo de que detrás de ese borrón no quede rostro. Le recuerdo a Víctor que revise su mochila. ¡Atención a la agenda del cole! ¿Algún trabajo pendiente para hoy? Le doy un beso y vigilo desde la ventana la puntual llegada del microbús. Es en ese momento cuando oigo por primera vez el ruido de un papel arrugándose hasta quedar prensado del todo. Un bulto dentro del puño. Y es más tarde cuando pienso que quizá no sea un papel arrugándose, que vete a saber si se trata de un montón de cristales rompiéndose, o la luna del armario ropero quebrándose hasta hacerse añicos. Y, acto seguido, escucho, nítido, el sonido del ukelele, aunque un poco más lejano. Y entonces me entran ganas de morirme.
Bajo a la calle para comprar el pan y tropiezo siempre con el bar que hay junto a la droguería. Sé que el guarda del parking, que ahora mismo me está vigilando desde su rincón anda loco para que cruce las piernas sobre el taburete y le enseñe las bragas. El problema es que hoy no llevo, así que mi audacia tiene un límite. Oí por primera vez ese ruido cuando murió mamá. Paco llegó con el rostro compungido pero afable, comprensivo y atento como siempre, me rodeó la espalda con sus largos brazos y dijo: mamá ha muerto. No lloré ni me quejé pero sí que oí el ruido de los cristales quebrándose, ese ruido de cristales desintegrándose en trozos muy, muy pequeños, en pedazos que no medirían más de un milímetro cayendo sordamente sobre unas baldosas que por mucho que se laven siempre parecen sucias. Fue la primera vez, lo recuerdo muy bien, además, este bar tiene ese olor a bares viejos y sucios, olor a fritanga y a poso de café, con sus mugrientos banderines de clubes de fútbol y fotografías viejas, y un camarero que podría ser cualquier cosa, un albañil, un conductor de autobús, todo menos un camarero de los de pajarita y buenas tardes señorita. Un camarero que nunca se imaginó siendo camarero y que cuando le pido una copa de coñac pensará seguro que soy una descarada, una perdida. Entonces, cuando me tomo la copa, y a pesar de la mirada subnormal del guarda, pronto a ahogarse en sus babas, y esto he de reconocerlo, empieza molestándome pero acaba divirtiéndome, es cuando oigo, pero mucho más lejano, el sonido del ukelele.
Llamará a la puerta. Como en las películas de espías. Dos llamadas seguidas, una pausa y una tercera llamada. Dejará su maleta en el sofá. Me ha prohibido terminantemente que me arregle, que me ponga colorete, que me pinte los labios. Ni siquiera me permite que me vista. Hasta aquí lo puedo entender, puedo ser muy comprensiva, incluso cómplice. Lo que no puedo entender es que me ordene que ni siquiera me lave. Le excita pensar que acabo de levantarme de la cama, que aún no me he duchado, que todavía podrá percibir el olor a sudor de mi cuerpo. Eres un cerdo, así de claro, le dije un día, ya te estás comprando una colección de vídeos pornos y vete poniéndote al día tú solito, guapo. Por cierto, cuando le dije esto me cruzó la cara. Me quedé helada de la sorpresa, me abofeteó. Le insulté y acabé mordiéndole la mano. Y, claro, cómo no, eso no pareció disgustarle al señor. Al día siguiente, como disculpa por la mordedura, me puse las gafas de sol que me había regalado y que siempre me negué a ponerme, pues no tengo una vista de lince que digamos y, además, a esas horas, con gafas de sol y camisón de raso parezco, no sé, una putilla. Ahora las utilizo, más que nada, para disimular ante el camarero y el guarda del parking, esas bolsitas azuladas que asoman por debajo de mis bonitos ojos.
Hasta que algo pase de verdad. A veces pienso que los sueños me avisan de los acontecimientos pero todo es pura mentira. Mis sueños no se han cumplido jamás. Quizás por eso los olvido tan fácilmente. Marta, mi cuñada, me convenció finalmente para que acudiera a una vidente. ¿Qué significado tiene ese ruido?, le dije a ese espantajo que tuvo, a pesar de todo, la delicadeza de esconder su bola de cristal. ¿Ese ruido de espejos rotos? Pero no supo contestarme, eso pareció molestarla, esa expresión de clara decepción, que no me molesté en disimular, porque, acto seguido, me vaticinó que moriría joven, aunque eso sí, muy rica. La traté de idiota y débil mental, y por eso Marta tuvo que sacarme a rastras de allí y me retiró la palabra durante varias semanas, hasta las rebajas de enero para ser exactos.
Cuando llegó Amador, ¡vaya nombre para un amante!, y me encontró con las maletas hechas, se pegó el susto de su vida, esa es la verdad. Me dijo que mejor lo dejábamos para mañana, pero no regresó jamás. Mientras lo miraba huyendo como lo que era, un cobarde, pensé que nunca había luchado tanto, ni con tanta desesperación, por sentir amor, amor de verdad, de los de cuentos de hadas. Y durante días no conseguí sobreponerme a la sorpresa de comprobar lo fácil que era desprenderse de un amante sarnoso.
Y esa misma tarde, cuando le dije a Luís que tomara la senda de la puerta y no regresara jamás, ni se inmutó. No es tan fácil, después de todo, desprenderse de un marido normal, con el que has compartido miles de horas, días y semanas. Con el que alguna vez te has sentido razonablemente tranquila, quizás hasta feliz. Yo ya me había hecho mi película mental, pero no ocurrió nada de lo que me había imaginado, nada de esas complicadas discusiones sobre la pareja, el desgaste conyugal, los reconocimientos de culpa y todo eso que se supone que una puede esperar después de tantos años de oscuridad y vacío. Ni siquiera el ruego final, no te vayas, por favor. O eso otro ¿Y ahora que voy a hacer? Me miró de arriba a abajo y me dijo ¿De qué crees que vas a vivir? Y, luego, me soltó: ¡Tú sabrás lo que haces! Me quede de una pieza, mirándome los zapatos como si de pronto me hubiera entrado un feroz ataque de limpieza. Estaban llenos de polvo.
Faltaban apenas dos semanas para la entrada del verano. Rosa, la madre de Javier, el amiguito de Víctor, me había hablado muchas veces de su amiga, la que había conseguido un trabajo de guía turística en la Costa Brava. Nos reíamos las dos, pobre infeliz, cantábamos a dúo, seguras dentro de nuestro papel de madres diligentes y diestras en el arte de soportar la vida. Lo que tendríamos que hacer, decíamos con esa frivolidad tan propio de los que no tienen casi nada que perder, es buscarnos un viudo rico y a ser posible viejo y no precisamente hacernos la hippie a estas alturas de la vida. Pero eso es la teoría, y de la teoría a la práctica hay un trecho, un abismo diría yo. A los pocos días ya tenía ese trabajo. Hice nuevamente las maletas y me esperé dos largas horas en la cafetería de la estación. Esperaría todo el tiempo necesario para asegurarme bien de no oír mas ese maldito espejo deshaciéndose en diminutas partículas dentro de mi cerebro. Te morirás joven, aunque rica, eso es lo que dijo la pitonisa engañabobos, pues sí que empezábamos bien. Claro que no dijo nada del ruido y yo tampoco le conté nada del runrún del ukelele, estábamos en paz, ese era mi secreto.
Cuando el tren asomó al mar abierto y contemplé las playas repletas de bañistas, una luz desgastada dejó un rastro de mariposas muertas en mis párpados. Supe, sin saber exactamente el motivo, que ya nunca más volvería a escuchar otro ruido que no fuera el de mi propia voz. Y fue entonces, como una dulce contradicción, cuando percibí el ligero rumor del ukelele, ligero como la brisa del mar. Y qué cosas, me acordé del delantal, con la imagen de Marilyn Monroe, y de mi hermano apareciendo con rostro arrepentido y apesadumbrado y abrazándome, mamá ha muerto.
Texto: Artur Montfort

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