19.7.07

Saltando la alambrada


Dice mi informante habitual (wikipedia) que la alambrada de espinos, junto con las ametralladoras, fueron las responsables del gran número de bajas en la guerra de trincheras de la Primera Guerra Mundial.
Algo de alambrada de espinos debería tener aquel Preuniversitario de Ciencias, que tantas bajas produjo entre el personal maltratado por un Bachillerato excesivamente largo, romo y más muermo que un Presidente de la Comunidad de Vecinos cuando le da el ataque de protagonismo y empieza a empapelar vestíbulo y ascensor con comunicados y amenazas de convocatorias de reunión. Pero no es menos cierto que no hay alambrada que se resistiera a un jovenzuelo proletario dispuesto a dejarse la piel por acceder a la ansiada (y mitificada) Universidad, aunque fuera por la puerta de servicio. Algo parecido a lo que ocurrió cuando las hordas bárbaras invadieron las casas de campo de senadores y patricios, en las afueras de Roma.
Cuando ese ejercito de plebeyos -sin oficio ni beneficio- nos favorecimos de la flojera del último franquismo no es que esperásemos encontramos con los siete sabios de Grecia,
- Hola, Mileto, ¿cómo andan las cosas por aquí?
pero tampoco esperábamos aterrizar en ese panorama tan desalentador. Los muros pintarrajeados. Los bedeles en franca decadencia, venidos a menos, exentos por completo de la autoridad que siempre les ha caracterizado. Los miembros de La Secreta descaradamente reconocibles dentro de sus inefables gabardinas. Los profesores, confundidos, huidizos o conspirativos pero, en cualquier caso, impotentes ante la turba famélica que atiborraba sus aulas, resignados la mayoría a que la clase se viera interrumpida una y otra vez por el agitador de turno, que se levantaba de su asiento y exclamaba: ¡Compañeros...! Estudiantes cantores: alumnos que siempre acababan voceando exagerados y airados discursos.
Y además, a falta de Mileto y Cia., allí ocurrían cosas rarísimas: envejecidos catedráticos eran abucheados en sus aulas. Bustos del dictador eran arrojados por la ventana del rectorado. Bellas señoritas con camisetas floreadas y andrajosos blue jeans se sentaban en las escaleras, en el suelo, encima de los pupitres tarareando canciones de Janis Joplin y fumando hachís. Grupitos de barbudos cuchicheaban en los rincones y se pasaban papeles secretos a hurtadillas.
Lo cierto es que, después de mucho buscar y husmear, en las aulas, en el bar... me costó Dios y ayuda encontrar algún que otro pijo, de los del suéter sobre el hombro y gafas de espejo, pero parecían más bien Náufragos que Capitanes.
Yo no salía de mi asombro. Y nada sería tan absurdo como negar que todo aquello me pareció terriblemente interesante.

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