10.7.07

Entrañable Sanabra i Franch


A Oleguer Sanabra, mi nuevo y joven profesor de Matemáticas, Física y Química
(¡Bienvenido ante las momias de aquella vieja academia de la calle Independencia con Mallorca, cuyo solar ocupa ahora mismo una concesionaria de la SEAT!)
le costó todo un curso, sudores y ayuda convencerme de que los rusos no eran exactamente lo que se decía de ellos en las películas del agente 007: Seres de otro mundo obsesionados en destruir nuestro modo de vida.
Sin darnos tregua, ni demostrar desfallecimiento alguno por tan arduo esfuerzo, Olegario Sanabra i Franch decidió, sin mayores dilaciones, adentrarse en el campo de minas de nuestra educación sentimental. Y lo hizo, regalarnos su entrañable humanidad (y su paternal autoridad, más entusiasta que imperativa) mediante un sutil rodeo, introduciéndonos, a mí, y también a José Luis, Eduardo, Indalecio... al mundo mucho menos conflictivo (y tan agradecido) de la música clásica y el jazz. Y eso ya fue otro cantar. Vivaldi atemperaba el espíritu, mientras que Ray Charles engrasaba motores y Johann Sebastián Bach daba caña.
Nuestra reválida, sin embargo, en aquella educación sentimental tan ejemplar como absolutamente necesaria para aquella banda tan poco canalla, consistió inevitablemente en declararnos anarquistas Jusqu’à la mort. Ni Marx ni Engels, sino todo lo contrario, eso venía a querer decir nuestro admirado Sanabra. Su modelo de socialismo utópico era “La Comuna de París” (1870), así que nos vimos empujados, con temeraria celeridad, todo sea dicho, a cambiar nuestros modelos de los héroes de las Hazañas Bélicas. Los yankees enarbolando la bandera en la cumbre del Suribachi fueron sustituidos en un plis plas, gracias al entusiasta poder de convicción del Gran Olegario, en una enfebrecida masa proletaria que se atrincheraba en las barricadas de París, que defendía con uñas y dientes su libertad ante la tiranía del Estado burgués.
Oleguer era anarquista y olé, así que, como aquellos del Club de los Poetas Muertos, nos dejábamos caer por su casa a recibir el aura del nuevo ideario. Recuerdo, sobre todo, su fantástica colección de discos, de música clásica y jazz, pero también de las primas donas de la chançon francesa: Georges Brassens, Jacques Brel (“J'en appelle, Pourquoi faut-il que les hommes s'ennuient?”), el jovencito Georges Moustaki. Incluso la muy estimada Edith Piaf. Y, por supuesto, Bob Dylan y los Beatles. Un equipo de ensueño, por explicarlo de algún modo.
Pero ya dijo Freud que, en un momento u otro, había que matar al “padre”. Bueno, quien lo mató primero, en realidad, fue Edipo Rey, quien, además, se casó con su madre y luego se arrancó los ojos. Aunque no todos serían tan bestias. El mismísimo Luke Skywalker acabó perdonándole la vida al terrible Darth Vader, su padre y no llegó a casarse con su hermana. Luego vino Lacan y dijo que todo era cuestión del destino... ¡Qué sabría él!
En cuanto al anarquismo de Sanabra, me dije, estas aventuras no son para ti, los comunistas son más tranquilos y más formales. Efectivamente, los marxistas eran más serios y más científicos. Ellos no te obligaban a arrancarte los ojos. Entraban más bien por la cosa intelectual. Con leerte a Marta Hanecker ya habías cumplido con la mitad del camino.
Yo no lo maté. Fueron las circunstancias. De haber caído en un Ateneo Libertario otro gallo hubiera cantado, pero tuve la mala o buena suerte, ¿quién sabe?, de caer en la Universidad y allí los que cantaban eran los marxistas leninistas en sus diversas y divertidas variantes maoístas, trotskistas y estalinistas. Cuando regresé a la academia con mis nuevas credenciales del materialismo histórico y la dictadura del proletariado, Oleguer Sanabra, entrañable y querido preceptor, pero, sobre todo, amigo,
(nunca lo olvidare)
herido si duda en su papel de mentor, me acusó benévolamente de desviacionista. Y lo cierto es que en aquel momento no supe muy bien si, como Edipo Rey, ya me había cargado al padre o, al contrario, era éste el que me había liquidado a mí. En todo caso, fueron dos muertes del todo inútiles y muy poco trascendentales, como supimos mucho más tarde. O al menos ese es el sentimiento que espero compartas conmigo, querido Oleguer.

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