4.7.08

Un púgil bajo de forma


Estatura media, ni alto ni bajo, como suelen decir los testigos cuando les interrogan, ordinario, más astuto que inteligente, afable y simpático, pero con una simpatía estudiada, aprendida. Como el que lleva un reloj de pulsera “caro” y llega un momento en que ya no recuerda que lo lleva, pero se le nota, porque no es solamente el Rolex, sino todo lo demás. La vanidad, por ejemplo. Esa sonrisa estúpida, sobre todo. Podrías ser tantos, pero resulta que eres tú, nos conocimos sin pelos en la barba y éramos más pesados que los amigos de la bolera. Pero hace ya demasiado tiempo que negocias más que un viajero sin billete o que un púgil bajo de forma, tan frágil es la amistad, tan circunstanciales las relaciones humanas, tan casuales, tan interesadas muchas de las veces, tanto oportunismo que muerde hasta dejarse la dentadura.
La vanidad no es un virus, ni una enfermedad, ni tan sólo un mérito de los que se creen los más listos, sino un rasgo más de nuestro ADN. Un curandero chino les diría que la cosa se remonta a cinco generaciones como mínimo, pero yo creo, francamente, que los únicos que se salvaron de la quema fueron los del Club del Neardenthal. Quizás por eso desaparecieron y los arqueólogos todavía se preguntan por qué. Ahora mismo no recuerdo a nadie que carezca de ella. La otra lista sería interminable, por supuesto. En realidad, utilizamos la palabra vanidoso con un valor de énfasis para, de alguna manera, definir a los más destacados, a los exhibicionistas. Muchos la llevan como se pasea una mascota, la cuidan, la miran, le dan de comer cada día y presumen de ella ante parientes y amigos,
Puestas así las cosas, las perspectivas de que los días sean un poco mejores que los anteriores, son cada vez más escasas. Por otra parte, que a la gente le de miedo mezclarse con la circulación de las autopistas de los Ángeles, puedo entenderlo. Sin embargo, lo que no me imagino es a ti, incoloro y ausente, sin carné de conducir, dispuesto siempre a que te lleven de gorra a todas partes menos a la contraria. Entre tanta desesperación planetaria, eres como una manzana en la nevera, que nunca acaba poniéndose “pocha” pero que va ennegreciéndose progresivamente hasta que la tiras al cubo de la basura. Ya lo dijeron un montón de poetas a sueldo de las “contras” de los diarios: la vida es un breve cruce de caminos. Aunque quien mejor lo dijo fue, claro está, Oscar Wilde, que de amigos entendía un rato, y de enemigos no digo, y no por maricón sino por soberbio e intransigente. Pero ¿qué es la intransigencia sino una apostura, un escupitajo a la cara para empezar con las cosas claras, cada uno en su sitio, una buena muralla hecha de ladrillo y mortero y ya puedes venir que aquí te espero?
Conviene recordar – también lo dijo el príncipe del Londres victoriano, que de todo sabía lo suficiente – que nada de lo que vale la pena de ser conocido puede enseñarse. Por eso mismo, casi todo lo que tú aprendiste salta a la vista, sobre todo, el arte del disimulo, eso desde pequeñito, por lo que deduzco que no fuiste precisamente un ser afortunado. Tardé demasiado en averiguarlo. Si hubieras sido feliz alguna vez, nunca me habrías enviado aquella carta tan llena de falsedades (el recordatorio de la muerte de una amiga), o habrías añadido algunas líneas. Algo decente.

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