27.6.08

¿Cree Dios en mí?


Entre tantas explicaciones científicas y no científicas, el infinito parece menos real. Cada vez que descubren un espacio más de no materia, de no Universo, somos más pequeños, ya casi somos hormigas, y con esas tenemos que no es de extrañar que los límites del universo hayan perdido bastante de su interés y el infinito casi quepa en el bolsillo de la chaqueta. Después de esto, sólo nos queda lo más próximo. Por decir algo, la breve analogía entre el rumor de una caracola y el sonido de la trompeta de Miles Davis; entre una guitarra y una marioneta; entre el rayo y un verso de Rimbaud:
"Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.
Yo me he armado contra la justicia.
Yo me he fugado.
Y la primavera me trajo la risa espantable del idiota."

Llegados aquí no es de extrañar, repito, que al cruzar por delante del espejo y ver, casi involuntariamente, mi rostro reflejado en él, me sorprenda con esa expresión extraña. Es mi cara, sin duda, pero esa no es exactamente mi expresión. Quizás, por eso mismo, al comprobar mi sorpresa, Jakob Bronski, me miraste tú también y me dijiste con tu gruesa y profunda voz: “Si me pregunta si creo en Dios, me disculpará que le responda: ¿Cree Dios en mí?”
Tus cicatrices eran tan profundas e internas como tu voz. Una fuerza irresistible te hizo venir aquí. Quiero pensar que no pudiste evitarlo, no pudiste evitar vernos sangrar con este reencuentro imposible con los dos niños que salvaste de morir gaseados, como tantos otros, en el campo de Drancy. Todo empezó cuando Melanie, mi mujer, con la que yo también, a mi manera, he resistido todo este tiempo la maldición y el dolor de la memoria, después de haber sobrevivido, junto con Christopher, a Drancy y Auschwitz, descubrió que seguías vivo y te llamó para devolverte el sagrado encargo que le hiciste. Le entregaste tu cuaderno, tu diario, y le dijiste: escríbelo todo y recuerda. ¡Qué error! ¡Qué inmenso error! Cuando lo que le debiste decirle no es que recordase, sino que… viviese.
¿Por qué viniste, Jakob Bronski? Si sabías, incluso, que Melanie y Christopher todavía estaban enamorados. Enamorados desde que, de niños, la única alternativa a la muerte era su amor, porque, aunque a esa edad los niños sólo se enamoren de una manera caballerosa, a veces lo hacen para siempre.
Dicen que la realidad siempre es peor. Pero no es este el caso, al menos el mío, yo que he tenido que convivir toda una vida con la imposibilidad de hacer ostentación de mi dolor. ¿Cómo hacerlo, rodeado como estaba del dolor de Melanie, una superviviente del infierno de Drancy? Un dolor tan inmenso que no dejaba espacio para ningún otro. Ni para respirar. ¿Qué mayor peso que éste?
Parece mentira que en una vida quepan tantos monstruos como recuerdos, tantos fantasmas como palabras no dichas. ¿Acaso viniste para comprobarlo? ¿Para restañar las heridas? ¿O quizás fue para escuchar la voz de ese Dios que nunca ha creído en ti?
Entonces apareció nuevamente Melanie, avanzó lentamente hacia Jacob y, finalmente, lo abrazó con fuerza, mientras pronunciaba su nombre.
- Sí, soy yo – respondió Jakob Bronski. No sonaba como su nombre, pero lo era.
Paolo Barzman: Aritmética emocional (Emocional Arithmetic), Canadá, 2007. Guión de Jefferson Lewis, sobre la novela de Matt Cohen. Susan Sarandon (Melanie Winters), Chrstopher Plumier (David Winters), Gabriel Byrne (Christopher Lewis), Max von Sydow (Jacob Bronski), Roy Dupuis (Benjamín Winters).

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2 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Así leído, qué fuerza. Y con esos actorazos, qué mejor...
¿Qué necesidad había, sin embargo, de hacer ver -en plan cursi redomado, además- esas imágenes del pasado, cuando ya habían sido aclaradas por las conversaciones? O, si no habían sido aclaradas, ya cada uno se lo había imaginado a su aire. Y ya se sabe que no hay mejor cine, más fuerte, que el que uno pueda montar en su cabeza.
¿Estás de acuerdo?
Recuerdos, Popaul

9:50 p. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

Como siempre, tan sutil en la mirada, amigo Popaul. No es la primera vez que me ofreces tus dos ojos (cuatro ven más que dos dice el dicho) para desentrañar alguna sombra que a mí, en este caso a mi dichoso sentimentalismo, me ha pasado por alto. Sí señor, es cierto lo que dices. Bastaban los monstruos del presente para evocar los del pasado sin necesidad de esos flash-back. El maestro (Bergman) nunca hubiera utilizado este recurso y, cómo no, hubiera hecho muy bien. Gracias una vez más, viejo timonel.

10:10 p. m.  

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