23.6.08

El gladiador


Sus sueños no eran lo que suele decirse dulces. Tampoco llegaban a la categoría de pesadillas. Eran, más bien, reflejo de su sórdida existencia. Una existencia rutinaria en la que nada ocurría que no fuera previsible. Quizás por eso, pensaba él, por pura y simple ley de la compensación, en sus sueños predominaba la acción. Soñaba con frecuencia en accidentes, atracos y episodios bélicos de variado calado, y, cada vez menos, aquellos más recurrentes, como los de que tenía que empezar otra vez el Bachiller o la mili. Lo que más le escamaba, sin embargo, es que nunca soñaba que viajaba, lo cual sería, en principio, lógico si los sueños se correspondieran con el consciente y no con el subconsciente, como siempre nos han enseñado.
Soñar con un viaje, había leído desde siempre, representa la voluntad oculta de un cambio radical en la vida. Soñar que se está de viaje, significa que se está a punto de conseguir la meta deseada. Por eso mismo, no estaba precisamente satisfecho de que su “otro yo”, vamos a llamarlo así (aunque ya empezaba a dudar de tantas teorías provisionales), fuera tan cobarde como él mismo. O viceversa. Bueno, lo cierto es que cuando llegaba a este punto acababa hecho un lío.
Llegado a este punto, estaba convencido de que no podía caer más bajo, pero, como casi siempre se equivocaba, porque justo en ese tiempo de deriva… ¡Empezó con los sueños de romanos! Para el bien de todos, y, sobre todo para el de nuestro protagonista, éste sería un buen momento para liquidar este relato absurdo. Pero, sencillamente, no le haremos este favor. Y no me pregunten por qué. Hay disputas que lo más sensato es ignorarlas.
Empezó, pues, por lo más fácil: las socorridas historias de gladiadores sacadas del cine. Material de primera mano no faltaba. Tenía al plebeyo Espartaco, un esclavo “formado” en las canteras, donde los romanos extraían el yeso para su actividad inmobiliaria, convertido por azar en gladiador de primera clase y, más, tarde, en general de los esclavos rebeldes. Al general Máximo, “despedido” (y ya sabemos como era los despidos de Roma) por el malvado emperador Cómodo y renacido de sus cenizas como el conocido “Gladiator”. Incluso podía permitirse alguna variante, como la del príncipe judío condenado a galeras, invento fenicio muy perjudicial para los bogantes en cuestión, ya que cuando la galera o “birreme” se iba a pique, los remeros, sujetos con cadenas a la suerte de navío, se hundían con él, muriendo como ratas, y, por eso mismo, convertido en náufrago salvador del tribuno Quinto Arrio y, finalmente, en conductor de cuadrigas, una especie de gladiador de alto estanding, venido que ni al pelo para poder vengarse del malvado Mesala, dicho sea de paso, uno de los mejores malos de la historia del cine, junto a Jack Palance.
El primer “elegido” por su máquina de soñar fue Kirk Douglas, que apretaba los dientes como nadie mientras rugía: ARRRGGG... ¡No soy un animal!, agarrado a los barrotes de su celda. Poco importaba que a cien metros de su casa le esperase un rutilante autobús urbano para llevarte cada día a la oficina, que él, erre que erre, seguía con sus sueños de gladiadores y romanos. No era de extrañar, por otra parte, con lo fácil que resultaba encontrarse cada noche en un circo romano calcadito al de los tiempos de la María Castaña. Salir a la arena armado de una espada corta y una “parmula”, es decir, un escudo oval la mar de resultón y exclamar “Ave, Caesar imperator morituri te salutant Ave…” O sea: "Ave César, los que van a morir te saludan."
¡Miradlo! Parece que se haya pasado toda la vida sobre la arena del circo. El que no parecía nada tranquilo era el Kunta Kinte que habían colocado a su vera, plantado en la arena, con su red y su tridente, y una siniestra mirada que no presagiaba nada bueno en cuanto a sus intenciones. “Exactamente” como en Espartaco. Fue entonces cuando casi se despierta del susto al oír sus propias palabras, lanzadas como un escupitajo:
- ¡Te mataré negro asqueroso!
Justo cuando le empezaba a coger gusto a sus propias bravatas, el tridente del negro buscó su cuello. Y tras el tridente, con un inquietante silbido, serpenteó la red. Y detrás de la red, claro está, aquel chasis inmenso, con un mortífero destello en sus pupilas, con el sinuoso movimiento de una serpiente de cascabel que prepara su picadura mortal, como si en aquel momento no existiera nada más en el mundo que la yugular de su enemigo. Ni la edificante Acrópolis, ni el imponente Nilo, ni el entonces aseado mar Mediterráneo. Pues no, su carótida, nada más hermoso en este Universo de mierda.
Nuestro héroe reaccionó admirablemente, dadas las circunstancias, atajando los primeros ataques del adversario con encomiable habilidad, pericia que no dejó de sorprenderle a pesar de que “subliminalmente” él sabía perfectamente que aquello no era ni más ni menos que un sueño. Todavía ahora no se ha encontrado explicación al hecho de que, finalmente, se hubiera decantado por la rabia intestinal de Kirk Douglas frente a la ira occipital de Charlton Heston. Lo cierto es que a cada golpe del contrincante, respondía él con una risa malévola sacada de vete a saber dónde, quizás del rictus despiadado de Jack Palance. Ya sé que no debería decirlo, que no se revelan los secretos de los héroes así como así, pero lo cierto es en ese preciso momento, y cuando más apurado andaba, con el escudo hecho unos zorros, quiso despertar, es decir, DESERTAR, que por algo era esa su especialidad, y también porque, en el fondo, sabía que su bendita suerte no podía durar ni lo que dura un sueño, y en definitiva, que estábamos en pleno siglo XXI, con los rascacielos, los semáforos, los hipermercados y la Hostia en verso, y todo eso se daba de patadas con el cuento del circo romano y, sin embargo, la angustia era tan real como aquel tridente que finalmente hizo brotar la sangre de su pecho.
Notó el fuego en la herida. Un dolor intenso que le abrasaba pero que a la vez le enardeció. Impelido por esa rabia intestinal, saltó como un tigre sobre la red y puso su pie en la enmarañada sombra, alcanzándole en un ágil brinco con su espada, primero en el antebrazo, con un corte profundo y luego en el pecho, Y, sin darle tiempo a reaccionar, un tercer tajo en el muslo. Fue todo muy rápido y la visión de la sangre le embriagó hasta tal punto que gritó eufórico como un animal enfurecido, aunque cuando, finalmente, el rostro de su víctima se desfiguró, como si en sus ojos se hubiera instalado súbitamente el paisaje de la muerte, se quedó petrificado. Y esa certidumbre le asustó pero, a la vez, le hizo invencible.
Quizás fuese ese motivo, o vete a saber qué cúmulo de circunstancias coincidieron, qué es lo que pasó realmente en aquel agujero del más allá, del otro lado de la vigilia, o del tiempo mismo.
Lo cierto es que nunca llegó a despertar y eso convirtió el lado de acá, es decir, mi vida - en el sentido más prosaico- en una verdadera pesadilla, perdidos los dos para siempre, héroe y narrador (pero, ¿quién era quién?) en un deseo partidos por dos, en dos náufragos, el uno sin el otro, cada uno en una isla diferente, irrevocablemente distantes las dos, una lejanía que ninguna espera podría ser capaz de soportar.

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