23.5.08

Cuando el agujero no deja ver la bala


Cuando tropiezas con alguien (uno más, qué importa) que acaba dándote lecciones sobre la manera de mirar y de ver, tú te inclinas por la posibilidad de que hayas tenido suerte, que no se trata, una vez más, de uno de esos líos inverosímiles en que andas metido siempre por causa del fracaso de las leyes en tu vida, sobre todo de la gravitatoria. No se te ocurre pensar en que eres de los que rompen los puentes con sólo cruzarlos, o de los que se acuerdan llorando a gritos de haber visto en una vitrina el décimo de lotería que justo acaba de ganar cinco millones.
Y como tus, fantasías te llevan a delirios como el de imaginarte que eres el mismísimo John Wayne, acabas deduciendo, erróneamente (como no podía ser de otra manera), que a veces ocurre, que puede que sí, que quizás hallas encontrado al Indiana Jones de tu barrio, aunque, en realidad, sabes perfectamente que se trata de uno de los últimos síntomas de una esperanza ya perdida. Que lo que ocurre es más prosaico todavía. Resulta que estás envejeciendo aunque el agujero no deje ver la bala. Y también, y de eso no puedes culpar ni a Liberty valance, que tu capacidad de tolerancia esta descendiendo alarmantemente, muy por debajo de lo recomendable. Sí, muchacho, esa sensación de sabiduría con la que presumes de ser el Fu Manchú de Horta-Guinardó no sé de dónde la has sacado, si sigues tan pez como cuando te encontramos, más muerto que vivo, en el contenedor de una breve crónica del Clot-Las Glorias.
No te engañes, pues. Seleccionas cuidadosamente a aquellos amigos con los que poder encontrar un adversario en el futuro. Tu sistema inmunitario es así, aprensivo, hipocondríaco, carcelario y peleón. ¡Pero quién diablos ha oído hablar de un sistema inmunitario hipocondríaco!
Mira, muchacho… No todo es ponerte la guerrera del desencanto y andar por ahí disimulando tu amargura con ese cinismo barato y supuestamente honrado que recuerda vagamente a John Wayne (Dios lo tenga en su seno). A él no le bastaba con el famoso Plan de Huida. Él sangraba de verdad, mientras que tú te cortas las venas con un cutter más gastado que una esquina del Barrio Chino y pides socorro mientras acabas con todas las reservas del botiquín (hace tiempo que agotaste las vendas) antes de que aparezca la primera gota de sangre.
No sé como lo ves, pero así no saldremos de la puta miseria.

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