27.9.07

Future



Mientras leía sus cartas pensaba que quizá no fuera todo lo feliz que parecía. Lo adivinó poco a poco, aunque sus conversaciones trataran siempre de cualquier tema menos de éste. Ella, a la vez alegre y melancólica, fuerte y vulnerable, extrovertida y escrupulosa. Él, perdiéndose en sus ojos, sin poder articular palabra.
Recordaba esto cuando abrió la puerta del restaurante Future y la vio, sentada en el taburete, tomando una cerveza en esa postura accidental que tanto le atraía. Tuvo un instante de conmoción, porque entonces. y quizás nunca antes con tanta intensidad, se dio perfecta cuenta de que habían sido dos seres incompletos. Y también porque todavía no acababa de creerse que ese vacío se estuviera colmando sin iniciar, a su vez, otro vacío.
De no ser porque habían cambiado las pinturas que habitualmente decoraban el restaurante, si alguien le hubiera dicho que el tiempo se había detenido en aquel lugar, se lo habría creído a pies puntillas. Lo cierto es que se quedó atrapado en la fascinación de aquel instante. El amor quizá sea esto, pensó – sin tiempo para la melancolía-. Un instante. A lo más, una suma de ellos. También debería ser otras cosas más, pero eso, se dijo, mejor dejarlo para los que vienen exigiendo, no sin razón, sus propias experiencias y errores. Porque, después de tanto tiempo, ese vuelco ahí dentro, entre el esternón y las vísceras, tenía su nombre y apellidos, su DNI, su sonrisa. El de la mujer que lo esperaba sentada en el taburete.
Y también estaba el modo en que solía realizar sus apariciones. Entraba en el dormitorio con una copa de champán en cada mano, encendía una vela y le hacía el amor. Después de tanto tiempo.
Meditaba en lo afortunado que se podía llegar a ser cuando el corazón se pone de acuerdo con el hueso sacro y envía una página web cargada de pasión a la zona pélvica. Era como veranear en la luna. En el mar de la tranquilidad. Y a veces, no en ésta precisamente, también procedía la siguiente reflexión: los recuerdos están bien para algunas tardes de nostalgia y el álbum de fotografías. El pasado se cuenta por días, el presente por palpitaciones. No hay que esperar, que esperen otros, decidió mientras la contemplaba sirviéndose su cerveza en el vaso, atenta a cómo subía la espuma sin apercibirse todavía de su presencia. Y ese instante fue suficiente para que él se aproximara, acomodándose en la barra y apoyara el mentón sobre sus manos, observándola como se observa un cuadro.
Durante mucho tiempo perdió el tiempo imaginando tonterías. Que le habían robado el futuro, por ejemplo. Cuando abrió la puerta acristalada del Restaurante Future (que ya no existe) y se le acercó - y dio un beso - apenas le rozó los labios. En realidad, la besó en los ojos, esos ojos sombreados por el trazo de tantas noches inolvidables, con tanto mar sin abismo. En realidad besó su cuello, su vientre, sus pies...
Y cuando ella casi se asustó por su súbita presencia y vio el ramo de flores que llevaba en su mano derecha, no se le ocurrió otra cosa que decirle: “cuando te quedes crazy, a lo mejor me compras flores y te las comes en vez de dármelas”. Y él, como si acabara de encontrar una mariposa rara avis que - lo sabía muy bien - difícilmente volvería a cruzarse en su camino, como si el futuro volviera a ser su amigo y estuviera de nuevo donde debía, es decir, esperándoles, sonrió por fin.

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