7.11.08

La calle es sueño


Paisaje de Navidad: luces, guirnaldas, Papá Noel, árboles de papel, gente excitada, cargada de paquetes, bolsas y todo eso. Al contratarle le aclararon que el trabajo sólo duraría hasta que finalizaran las fiestas; que después del 5 de enero ya no se hacía negocio. Eran una docena de tipos contratados bajo las mismas condiciones. Les dijeron que eran dependientes, pero su trabajo consistía, más que nada, en descargar camiones y llenar estanterías. Aunque, también, un hombre de almacén es un tío que se pasa mucho tiempo escaqueándose por ahí, fumando cigarrillos, en un estado medio sonámbulo y sin hacer nada.
Y todo para llegar, pensó (como diría Henry Millar), a esa calle con la que nos tropezamos de pronto, cuando olvidamos donde estamos y lo que hemos sido. Cuando la lluvia cae a rachas, diluviando, pero la mayoría de las veces con una monotonía de paraguas y sonido del agua transmutado en un silencio más, sembrando la duda, cuando afloja, entre abrir o cerrar el paraguas, cuando la lluvia cae en un vagabundeo sin meta. Sí, esa calle que hemos recorrido una y otra vez en nuestros sueños, metafísica de los lugares, y que no tiene nada que ver con la calle real por la que estamos caminando.
Se bajará en la estación de Diagonal, línea azul, y se dejará llevar, pendiente abajo, por la rutina de sus propios pasos, primero por la Rambla de Catalunya, para continuar por la Rambla de Canaletas y así hasta llegar a la antigua calle de Conde del Asalto (¡vaya nombrecito!), ya hace tiempo Carrer Nou de la Rambla. Pasará de largo del London, antiguo santuario progre, hasta llegar al Paralelo. Un buen rato de ejercicio matinal. Contra la ansiedad todo cabe. Mientras andas no bebes, pensará con una sonrisa carcelaria, porque justo al llegar al Paralelo le espera un bar con marquesina y sin aseos, en cuya terraza dejará caer su cuerpo cansado mientras pedirá un vodka con hielo. Un desayuno que nunca falla.
Aunque siempre estén presentes los agujeros, los mocos del tiempo, la madeja de ilusiones por deshacer, siempre esperando otra vida, como si uno creyera en la reencarnación o fuera un discípulo aventajado del Hare Krishna. Y así, acabará, él también, haciéndose agujero. Del destino, del azar o, simplemente, de la casualidad. ¿Qué memo con una carrera y un par de Masters dijo esa chorrada de que la casualidad es en realidad una causalidad? Ellos no lo saben, ni falta que les hace, pero andan por ahí decapitados, la mente por aquí y el cuerpo por allá. Por eso, cuando se pone las gafas de ver, y gracias a los superpoderes que le otorgan (cosas de la edad), los ve apresurados yendo de un lado para otro, partiditos y desencajados. Y esa visión le da un repelús que no veas.
Pero, gracias a Dios, eso sólo le pasa de Pascuas a Ramos, cuando la luna se pone a llorar y sus lágrimas de luz refulgente caen en este planeta sobre tanto silencio de estrellas.
Texto: Artur Montfort
Fotografía de Marcelo Aurelio: La calle es sueño
NOCTURAMA FOTOBLOG, 20 de Abril de 2008
Serie:
por la calle, Nocturama
http://www.arte-redes.com/nocturama/?p=1574

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