30.10.08

11676

A Julio los domingos, pero sobre todo los domingos por la tarde, lloviera, nevara, hiciera nieve, aguanieve o, simplemente, luciera el sol, le resultaron siempre insoportables.
Y las causas de tal aversión, llamémosle fobia o, simplemente, terror irracional, procedían, como él sabía perfectamente, desde muy pequeño, cuando la alegría inicial del fin de semana empezaba poco a poco a “doblarse” como un papel arrugado, a volverse al revés (como un paraguas frente al viento de una tempestad) y a parpadear hasta apagarse como lo hacen los fluorescentes de esos garajes, la mayoría de las veces cochambrosos y sin pintar. Y mientras sucedía, que la tarde se escurría, gelatinosa y fría, pero sobre todo triste, sus padres mantenían un silencio que a él se le antojaba crepuscular. Como si el mundo fuera a acabarse esa noche y era entonces cuando unas tenazas invisibles le atenazaban los músculos y articulaciones del cerebro. Cada uno ocupado en sus cosas: su madre ensimismada mientras planchaba y escuchaba la radio, y su padre, sentado en la mesa de su “despacho”, poniendo al día sus pírricas cuentas de ingresos y gastos del mes. No eran precisamente unos parlanchines, pero los domingos por la tarde su silencio le pesaba a Julio como la losa de un sepulcro.
Sabía ya entonces que la “maldición” de los domingos vespertinos le perseguiría toda la vida. Bien, no exageremos. Digamos mejor que mucho después averiguaría que esa mácula de tristeza que le embargaba, y que cada vez se ensanchaba más, era todavía la oscura premonición de que la fatalidad, de llegar algún día, lo haría un domingo por la tarde.
Esta vez, sin embargo, la opresión en el pecho, el nudo en el estómago, la araña erizando sus patas como afilados cuchillos, empezó más pronto. Por la mañana. Era un domingo soleado de octubre, pero eso no impidió que la angustia le oprimiera el plexo solar impidiéndole respirar. Tenía que empacar las cosas de Laura para el lunes. Dejarlas en su casa sin falta, como habían convenido telefónicamente la víspera en una conversación en la tuvieron que fingir que empezaban a ser dos extraños, aunque no acabaran de conseguirlo, tan conscientes estaban de que para llegar a eso faltaban todavía grandes y pesados tributos de tristeza.
Para llegar finalmente, no sabemos cómo, al día siguiente (domingo al parecer) y a ese acto impuro, doloroso (esta vez sí, y mucho) de dejar “sus” llaves en la mesa del comedor y recoger las de Laura. Un intercambio, éste, cuyo silencio se impuso al propio silencio que reinaba en el piso y lo paralizó durante un largo instante. Esa mesa, ese comedor, esa pequeña isla donde se habían amado tanto, en el que se habían mecido entre la hermosa confluencia de las olas blancas de las melodías de Lakmé, de Léo Delibes, a la luz de las velas, abrazadas en silencio durante un tiempo. Un tiempo al que seguía otro y así, sucesivamente, y que era imposible de medir, como en los versos del querido y nunca olvidado Gil de Biedma:
Y sobre todo el vértigo del tiempo.
el gran boquete abriéndose hacia dentro del alma
mientras arriba sobrenadan promesas
que desmayan, lo mismo que si espumas
Dejaría, pues, las llaves y cerraría la puerta “de golpe, y la cerraría con ese gesto tan habitual pero esta vez único, diez años de pasión y locuras, de alegrías y momentos entrañables, de amores y desamores, de encuentros y desencuentros pero, sobre todo, once años (como decía de la Maga el también llamado Julio, el otro, el gran escritor argentino) de asomarse a esas grandes terrazas que los otros buscaban afanosa y “dialécticamente”. Aunque lo que más recordaba Julio - el personaje de esta historia -, en ese momento sin nombres, es cuando se dormía sabiendo que no viajaba solo, consciente de que Laura se encontraba siempre al lado de aquí, a su lado, junto a él, casi escuchando su respiración... Porque, incluso Hemingway estaría de acuerdo. De hecho, hasta lo escribió: "Nunca salgas de viaje con una persona que no amas”.
Cuando vio su ropa, sus libros y demás objetos personales cuidadosamente apilados y ordenados sobre la cama del dormitorio y también en la gran mesa del comedor, le asaltó el absurdo recuerdo de la mañana del 6 de enero, la llegada de Los Reyes Magos. Todo tan cuidadosamente ordenado en el diminuto vestíbulo (por llamarlo de alguna manera) de la casa de precaria construcción donde nació y permaneció hasta los 14 años. Fue un pensamiento absurdo, pero sobre todo cruel, aunque por el motivo que fuese no pudiera evitar ese pensamiento inconsecuente, sino frívolo. Haciendo oídos sordos a tanta confusión, empaquetó sin prisas sus cosas. Tampoco pudo evitar la dichosa costumbre de comprobar que los mandos del gas de la cocina estuvieran perfectamente cerrados, que no se dejaba ninguna luz encendida, que la puerta había quedado bien cerrada. Y es que la fuerza de la costumbre también crea monstruos, pensó, prohibiéndose terminantemente cualquier atisbo de tristeza o desesperación.

Cerró la puerta a las 11,20 en punto de un lunes de otoño. En el ascensor, se quedo mirando impávido aquel número escrito a mano sobre la placa de identificador del elevador. Aquel número al que sus ojos se habían agarrado siempre como a un clavo ardiendo (como un número de la suerte) cuando la espera del trayecto hasta un piso tan alto se hacía interminable, sobre todo el primer y maravilloso año de amantes. El número era el 11676, una especie de código para entrar en el paraíso o quizás un número como cualquier otro, vete a saber. Fuera una cosa u otra, cuando abandonó el edificio el corazón se le apagó como se apagan las tardes desde el pasado sábado, con el cambio de horario. Sin compasión para los que le tienen terror a la oscuridad. La de ahí fuera y la de aquí dentro.

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