16.10.08

El cazafantasmas


Sobre la mesa, sin saber que hacer con él, un recorte del periódico con una Françoise Sagan en plano medio, envejecida pero firme en sus rasgos. Y un titular que afirma: “A mi edad ya no hay desesperanzas; hay tristezas.”
Nada mal para empezar el día, aunque la cita no acabe de darme el punto al café, y no digamos al humo del cigarrillo. ¡Cuidado con las palabras! me digo, en un momento casi enternecedor, quizá porque estoy escuchando ”April in My Herat” de Billie Holiday, y esto siempre sea un tanto a mi favor. Y digo lo de las palabras porque herederos como somos, hasta la extenuación (y el aburrimiento), del racionalismo y con la "Ilustración” pisándonos siempre los talones, hace falta mucho valor para distinguir el plano sentimental del estético, y no digamos de lo razonable.
Puede que afirmar que la razón crea monstruos sea una exageración, pero los zapatazos de la mente te dejan más agujetas que una maratón. Y fantasmas, unos cuantos, si es que tienes la temeridad de dejar que se paseen como Pepe por su casa. A la mente le encantan los callejones sin salida. Al fin y al cabo una biografía dominada por la confusión entre el deseo y la realidad no parece la más adecuada para lidiar con huéspedes de este calado. Así que ¡Basta ya! Los fantasmas al contenedor. Al amarillo, si es posible.
A veces es mejor cortar por lo sano. Recurrir al borrón y cuenta nueva. Recordar las palabras de Paul Auster: “En última instancia, una vida no es más que una suma de hechos contingentes, una crónica de intersecciones casuales, de azares, de sucesos fortuitos que no revelan nada más que su propia falta de propósito.”
Echo el recorte de la Sagan a la papelera, mi cazafantasmas preferido. Un buen pedazo de existencialismo (echemos un poco de lastre, me excuso) al cubo de la basura. Sustituir la desesperación por la tristeza no parece la mejor opción para mimar mi castigado “karma”. Muchos bemoles, me parecen a mí, eso de pasearse por el filo de la navaja. Preferiría pensar que sólo se trata de frase para impresionar al respetable o para vender más libros. Porque si no, ¿Pies para que os quiero? Para correr. Lo más lejos posible.

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