30.8.08

Radio Kabul

Me desperté con el aliento del tabaco pegado al paladar y un sabor a almendras amargas subiéndome por la boca del estómago. Me apresuré todo lo que pude pero Rosa, diligente como pocas, ya me esperaba al volante del Ford. Del Ford que había robado a su padre. También le vació la caja fuerte, la que tenía escondida tras el cuadro falso de Van Gogh. Una imprudencia tras otra. Dejábamos tantas pistas que sólo faltaba colocar nuestra tarjeta de visita pagada a la puerta.
- ¿Has escuchado Radio Kabul? - me preguntó, inquieta, posiblemente nerviosa a juzgar por sus manos sudorosas y por ese cigarrillo que no paraba quieto en sus dedos. Echamos pestes sobre los talibanes, una manera como otra cualquiera de retardar el paso del tiempo, incapaces como éramos de localizar la emisora de la policía, eso que tan fácil parece en las películas. En cambio, nos enteramos por enésima vez de que los talibanes leen la charia y su único vicio es apedrear a los amantes.
- Vaya fiesta, ¿no?- sentenció Rosa. Hasta aquí bien, pero lo que dijo acto seguido fue, sin lugar a dudas una mala idea. Quiero decir que Rosa nunca debería haber pronunciado la frase más odiada por el gremio:
- ¿Sabes? Tengo un mal presentimiento.
Las mujeres son así, incluida Rosa. Si no hablan revientan. Buenas amantes si se lo proponen pero malísimas en la observancia de un secreto. Y nada más secreto que nuestro porvenir, ahora, en ese mismo instante. Nadie le pedía a la verdad tener la mala suerte de encontrarse con ella. Todos sabemos, y ella más que nadie, que un mal presagio es peor que un perro rabioso, porque todos sabíamos, y ella más que nadie, que quien busca la verdad acaba encontrándose con una pistola encasquillada.
Puso la primera y el coche arrancó de una sacudida. - Tranquila, nena, ya verás como todo va bien - Pero no pude acabar la frase: un viejo renqueante se había plantado delante de nuestro coche. En el disco del semáforo, la silueta del peatón estaba de color rojo. - Tranquila, nena - dije, casi en un susurro. Rosa echó el cigarrillo por la ventanilla y las aletas de su nariz temblaron al respirar. A veces, en los momentos más inesperados uno se convierte en su propia memoria. Suele ser una metamorfosis que te golpea sin avisar y que a mí me dio de bruces con el rostro del viejo, que me recordó a mi padre, sentando en la mecedora de nuestro jardín, aunque sería más preciso llamarlo huerto, porque entonces los jardines sólo existían en las películas de la Paramount. Recordé a mí padre fumándose un purito, dándole vueltas, saboreándolo, palpándolo, mirándome desde su mundo, ese mundo que yo, en mi inocencia, creía perfecto. Ahora, al enfrentarme a su recuerdo, ya sabía perfectamente que los pobres, y nosotros lo éramos, lo perdonan todo, la soberbia de los ricos pero, todavía más, su propio fracaso. Cuando entendí esto es cuando empecé a odiar a mi padre, cuando alcancé a comprender que su perfección nacía de su conformismo ante la escasez y la penuria, el trabajo duro y la pleitesía ante los más fuertes y poderosos. Pero en aquellos tiempos acaso más felices, por la noche, en su mecedora fumándose su puro, con la satisfacción del que sabe que la tierra es redonda y no para de dar vueltas, todavía lo admiraba.



El vigilante jurado yacía como una araña boca arriba revolcándose con dos balas en el estómago, sin cesar de chillar. No pensaba morirse, al menos de momento, y eso empeoraba las cosas. Como quiera que fuese, El Biodraminas se había arrancado el pasamontañas y gritaba:
- ¡Qué nadie mueva el culo o lo dejo como una regadera! Toda esta mierda que tengo aquí delante la quiero en el suelo, con los brazos en la espalda. ¡Vamos, hijos de puta!
Rosa tenía razón, después de todo, y yo lo había sabido desde el primer momento. Justo desde el instante, durante la víspera, en que el Biodraminas se me quedó mirando con ese vacío de sus ojos descerebrados que ya empezó a ponerme nervioso. Ya lo sé, nunca debería haber aceptado este trabajo, claro que... ¿Cuántos tipos, con la condicional consumiéndolos a fuego lento, no han repetido esta misma frase? Esto se lleva escrito en el vitae. La cagas una vez y luego vienen más. Es inevitable. Y así hasta que llega El Jefe, te dice esto es un golpe fácil, el dinero sólo espera que lo cojamos, o cualquier otra mentira del estilo y vas y te lo crees. Siempre es así. Laínez estaba desvalijando la caja, ayudado por Emilio, ajenos los dos a la fiesta que se había montado aquí, en el vestíbulo. El Biodraminas seguía dando la vara:
- ¡No quiero oír ni vuestra respiración! ¡Puta! ¡Cállate de una vez o te reviento el ojo de un balazo!
- ¡Laínez! ¡Emilio! - grité- ¡Acabad ya!
Emilio se estaba haciendo un lío con las sacas. Los lingotes de oro pesaban lo suyo. Este pensamiento me traicionó, me atrapó en ese agujero de tiempo que el reloj es incapaz de captar, el agujero de un segundo rumiando ¿Qué hará Luis con los lingotes? Desperté de ese agujero negro con el resplandor que venía de la puerta de entrada. El segundo fogonazo envolvió al primero y luego escuché la detonación. Como llevaba la recortada, el policía uniformado que me había disparado hasta dos veces desde la puerta, salió despedido por el impacto y fue a estrellarse en el parabrisas de un coche aparcado. Justo al lado del Ford todo terreno en el que Rosa se fumaba sus Marlboro esperando pacientemente. El primer disparo destrozó un tubo fluorescente pero el segundo me alcanzó. Noté la mordedura del calor en la cadera y un vómito de sangre en las encías. Mi lengua se acartonó y perdí definitivamente la noción del tiempo.
- Ni lo sueñes - recuerdo que le dije al guarda jurado confundido en su propia sangre y, a pesar de eso, con una obsesiva fijación en el revólver situado a un metro de su mano derecha. Inexpiablemente, lo que me dolía no era el costado, que había mal taponado con mi mano izquierda y el pañuelo, sino el brazo. Luego llegaron las agujetas en el hombro.
- Laínez ¡Ya está bien!
Laínez salió disparado hacia el coche cargado de sacas como un Papa Noel, seguido a corta distancia de Emilio, renqueante por el excesivo peso que se había adjudicado. Me quedé unos instantes para dejar pasar a Luis, que no se reprimió en darle una patada en pleno rostro al guarda jurado.
- ¡Eh, Biodraminas! - le grité a dos metros de distancia.
Biodraminas giró su cara hacia mí. Fue un acto reflejo. No hay nada más eficaz que llamar a las personas por su nombre. O, mejor, por su alias. Biodraminas no debería haberse parado, pero lo hizo. Lo que hizo exactamente fue girar el cuello con irritada expectación ante mi llamada y recibir un cartucho para matar bisontes que le separó la cabeza del tronco. De momento, todo está saliendo según el plan previsto, recuerdo que pensé con sorna, mientras sujetaba mi pañuelo empapado en rojo.
Lainez entró por la portezuela de atrás, el muy idiota, sin apercibirse de que delante de él, en el asiento delantero, el del chofer, tan sólo tenía el cadáver de Rosa, con un orificio en la sien izquierda, muy cerca de la araña que la deflagración había dejado en el cristal de la ventanilla del Ford. Rosa seguía mirando la lejanía del infinito pero sus ojos estaban ahora mismo más tristes que de costumbre. En realidad, la tristeza se había convertido en una llovizna que acabaría calándonos a todos. Resulta extraña la desolación que pueden abarcar unos ojos cuando están vacíos.
Me hice cargo de la situación enseguida, al cruzar la puerta del banco. Allí estaba concentrada toda la bofia de la ciudad. Disparaban de todas partes. Algo parecido al infierno. Mi mente volvió a funcionar, el olor a pólvora siempre me ha aclarado las ideas. Conclusión: El Jefe nos ha vendido. Hechos: la pasma había aumentado su personal en nómina y había renovado sus uniformes y armamento. Claro que, a estas alturas, lo previsto y lo real se daban de patadas. Hechos: a Emilio ni le vi. A Laínez, sin embargo, le perdió su obsesión por las sacas, es decir, por el oro. Y su inexperiencia. Lo cosieron a balazos en el asiento trasero del Ford mientras yo corría, más rápido que un talibán con sus faldones a cuestas perseguido por una lluvia de disparos y gritos, uno que se escapa, hacia el Volvo de la esquina que había dejado aparcado la víspera, porque, dicho sea de paso, yo no trabajo con presentimientos sino con la cabeza. Ventajas de ser un profesional. Arranqué a la primera y me dije, buen chico, con un poco de suerte les doy esquinazo. Llevaba como mínimo medio kilo en los bolsillos. Hombre precavido vale por dos, siempre me han pirrado más los billetes pequeños y usados que el oro.
Texto: Artur Montfort
Ilustraciones: Frank Miller (Sin City)
http://www.guiadelcomic.com/comics/sin_city.htm

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