9.10.08

Una cabeza sin sombrero

La cosa consistía en escoger al azar cinco palabras entre las muchas que antes habían depositado (de forma espontánea, según “aparecían” en su mente) en un sombrero, y componer series de asociaciones con estas cinco palabras.
Jaime no había leído - ni siquiera conocía su existencia - el Acta de la Sesión de la Sociedad Médico-Psicológica, contenida en el Segundo Manifiesto Surrealista del reconocido poeta francés André Breton, pero un artículo en el periódico consiguió despertar su curiosidad por el asunto de las palabrejas, aunque finalmente no se le ocurriera otra cosa que llegar a la “brillante” conclusión de que una cabeza sin sombrero también puede hacer maravillas con las palabras. Al fin y al cabo, la palabra no es un don privativo de los que se ganan la vida con ellas.
En el metro, durante el trayecto de casa al trabajo, y viceversa, los pensamientos, como le ocurre a todo hijo de vecino, iban y venían por su cuenta. Tanto lexema acumulado acababa configurando sucesivos sintagmas, o sea, frases, y, finalmente, la “asociación”, por decirlo de alguna manera, acababa en alguna idea más o menos ocurrente. "Cuando el catedrático doctor Lastra tomó la palabra, ésta le zampó un mordisco de los que te dejan la mano hecha un moco." Este enunciado no había salido del sombrero, ni tan sólo del “capricho” de su mente, sino de una cita de Julio Cortazar, al que, casualmente, sí había leído.
Ya que el trayecto se hacía eterno, se aventuró a emular al poeta, aunque, así, a las primeras de cambio, no se le ocurrió nada especial, como no fueran las palabras nada "especiales" (ni originales): “despertar”, “metro”, “destino”, “estación”, “viajar”, etc. Y entonces propuso, no sin cierta vergüenza, todo sea dicho, su particular asociación: “los despertares en el metro son una sucesión de estaciones, un viaje sin destino conocido”. Consciente de que había hecho trampa, que había añadido dos palabras “de más” y, lo peor, que el resultado no daba para mucho, se sintió como el doctor Lastra y percibió claramente el mordisco “de los que te dejan la mano hecha un moco”. Quizás por su manifiesta torpeza, o porque hay cosas que nunca cambian por muchas vueltas que les des, más o menos en la cuarta estación, a la hipotética seducción del azar, le sustituyó una cierta opresión en el pecho con sólo pensar lo que le venía encima: siete horas y media en una oficina, ni mejor ni peor que otra, manejando papeles, atendiendo teléfonos, escribiendo en el ordenador, esperando primero la hora del desayuno y luego la de marcharse… hasta el día siguiente. A pesar de lo mortificante de tal realidad, escuchaba con aparente serenidad la eterna respuesta a la eterna pregunta sobre las vacaciones: “Demasiado cortas”. Ya sabía que el trayecto en el ascensor daba para muy poco, pero tampoco en el metro la cosa era para tirar cohetes. Así que asentía con resignación, consciente de que el próximo, todavía mejoraría la economía del lenguaje: “Cortas”. Y pensó, “al fin y al cabo, ¿no le pedimos demasiado a las palabras?" Fue entonces cuando se le ocurrió que la elección del sombrero por la mencionada Sociedad Médico-Psicológica de André Breton, costumbres de la época aparte, tampoco era una casualidad. ¿Qué mejor y más próximo recipiente para las palabras pensadas y no dichas que un sombrero? ¿Qué más a mano?

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