8.8.07

Sin solución de continuidad


Pone una lavadora, le llena de pienso el cazo al gato, cambia las mimosas de tiesto y, ya un poco más repuesto, sale a la calle a echar el pino de Navidad en el contenedor de la esquina, atento a que no le pille la brigada municipal ecológica o algún vecino chivato que haya salido a pasear el perro. El tiempo es frío y hace invierno. En algún lugar leyó que las lágrimas son el mejor colirio del mundo. Piensa, llorar no es una deshonra.
Como es un friolero y la mezcla de frío y humedad se le cala hasta los huesos, se ha puesto sus botas de caña alta y ese chaquetón con el que parece un cazador, un pescador o vete a saber qué. Ya de vuelta a casa, se prepara una verdura con patatas y observa indiferente como al Real Madrid le expulsan tres jugadores en uno de esos partidos que el Plus ofrece, uno tras otro, sin solución de continuidad, para los crónicos del deporte Rey. La ansiedad amaina, sin embargo. El diazepán va haciendo su efecto.
Apaga la tele y a través de las delgadas paredes de su piso, vuelve a oírse la sesión habitual de altos y contraltos de los vecinos, que sumado a los chillidos aflautados de los niños (que tardan una eternidad en crecer) conforman una horrorosa sinfonía de sonidos indescriptibles, no por conocidos menos desagradables.
Maldita alma, dirá ante el espejo. Debe ser el efecto de las Rebajas de Enero. Unos pantalones de pana a sesenta en Cortefiel. Un pijama de seda a cincuenta en Spencer. Recuerda de ella, sobre todo, su forma de asomarse al mundo, su buen humor, pero también el sutil movimiento de sus finos y delicados labios que modulaba sus cambios de expresión. Y sus grandes ojos grises, su pelo castaño, las orejas ligeramente grandes y el cuello frágil. Su forma de andar, los tacones de aguja de sus zapatos.
Lo último que retuvo su mirada cuando, con una maleta en cada mano, atravesó la puerta para no volver jamás.
Ya otra vez en casa, y mientras observa impasible un partido de fútbol en la tele, pela un par de patatas y una cebolla y le quita las puntas a las judías. Lo hará con frecuencia, simultanear ambas tareas. También es cierto que podría practicar ejercicios de respiración mientras da un paseo, pero es que pasear le aburre soberanamente: parece un tipo paseando a su perro, sólo que siente que el perro es él. Acabará tomando el sol en el balcón los domingos por la mañana. Desde allí puede ver la amplia extensión de tejados, todos iguales, sin excepción, como timbrados por el mismo sello y, así, sin solución de continuidad hasta las torres gemelas y, con un poco de suerte, hasta el confín donde se vislumbra, los días claros, la pequeña franja de mar, aunque también la tela asfáltica que acaban de colocar sobre el techo del garaje. Y el gato negro de siempre haciendo su ronda. En ese momento, mientras espera, no sabe muy bien por qué, a que escampe la lluvia, todo se parece asombrosamente a una fotografía de Ouka Lele.
"El sueño de una noche de verano", 1986
Fotografía B/N Pintada a mano con acuarela. (55,5 x 42,5 cms).
© Ouka Lele
http://afa.alcoi.com/alcoimatge/1999/oukalele/oukalele.htm

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