29.8.07

Pólvora quemada


De estatura media, aunque algo achaparrado, cuidadoso con límites y afectos, franco a veces, astuto, aunque quizás sería mejor decir reservado, brusco y afable (aunque más los segundo que lo primero), se miraba en el espejo del armario ropero del dormitorio mientras se anudaba su corbata de seda. Hoy era el gran día. El día del concierto, aunque muy probablemente fuera exagerado llamar concierto a aquella, más bien sobria, función en la que el Conservatorio premiaba sus esfuerzos concediéndole un galardón como guitarrista novel ante los alumnos de su promoción.
También asistirían familiares y amigos. Antes de salir de casa ya había recibido tres llamadas deseándole suerte. Cuando introducía los gemelos de color esmeralda en los ojales de los puños de su blanca camisa, comprobó que le temblaban las manos. Esas mismas manos que habían estado decenas y decenas de horas practicando obsesivamente, con la única compañía del metrónomo, sus partituras y su guitarra.
Había crecido en una casa sin tocadiscos ni instrumento musical alguno. Sólo la radio, reina y señora de todos los días con su presencia, con sus botones de nácar y su armazón de madera barnizada al gusto de la época. Pero también había crecido con el silencio de su casa. Un silencio que se sumaba al suyo propio interior. Por otra parte, ¿qué otras cosa podía haber heredado de sus mayores que el silencio y un cierto olor a pólvora quemada? Conservaba, eso sí, alguno de los recuerdos más recurrentes de su padre, que mantuvo durante muchos años su digna vestimenta con sombrero y chaleco. Por ejemplo, aquel en el que, en plena batalla del Ebro, y a la señal del silbido de las bombas de los cazas alemanes o italianos, dio un brinco del camión de suministros que conducía y fue a dar en un apestoso mejunje de barro y lentejas podridas. Y también el recuerdo más doloroso y, por eso mismo, el preferido, de su madre: cuando, de niña, fue arrancada de aquel diminuto pueblo de Huesca para aterrizar en Barcelona. Enviada de un villorrio con una única calle empinada y repleta de agujeros que cuando llovía se convertía en un barrizal, a la gran ciudad “porque había demasiadas bocas que alimentar y casi nada con que hacerlo”. Y tras el exilio familiar, el agravio de que, una vez cumplidos los diecisiete años, fuera requerida su vuelta “para hacer de sirvienta en la ciudad”. “Como todas las chicas de por aquí” le dijo la abuela a su hermano Leoncio, que así se llamaba quien había cuidado de su hija durante todos esos años. Un “republicano muy recto” que, por méritos propios, fue elevado al muy alto rango de Inspector de tranvías.
El tío Leoncio, pues así acabaron llamándole todos, le dijo a su hermana que, para ir a servir, la chica ya estaba bien donde estaba, es decir, en su casa. Que él se encargaría de que aprendiera un oficio y se ganara la vida como cualquier hijo de vecino.
El oficio de su madre acabó siendo de sastresa, mientras que el de su padre de impresor de “artes gráficas”. Indudablemente, de haber regresado a ese pueblecito sin plaza Mayor, con una iglesia espantosa y que nunca alcanzaría los doscientos habitantes, sus padres no se hubieran conocido y nuestro protagonista no hubiera nacido, o de hacerlo lo hubiera hecho con otro nombre, otra personalidad y otro aspecto. Y, por supuesto, nunca se hubiera imaginado todo lo que se había perdido.
De algo podía estar seguro, sin embargo. Independientemente de cómo hubieran discurrido las cosas, su padre jamás hubiera probado las lentejas. Tanto le repugnaron que, en una natural proyección, fácil de comprender por otra parte, nunca hubiera querido ni oír hablar de las legumbres.
En fin, ¿en qué familia no hay miserias? se dijo a sí mismo, mientras agradecía los aplausos del auditorio ante su interpretación de ”Invocación y danza” del maestro Rodrigo. Y fue en ese preciso instante, cuando se apoderó de él la sensación de que se hallaba muy lejos de allí. De que tal vez se encontraba muy lejos de todas aquellas personas que tan bienintencionadamente le aplaudían. De que, en realidad, se hallaban separados por una distancia inimaginable. Y al pensarlo, y pese a lo especial del acontecimiento que estaba viviendo, o quizás por eso mismo, le asaltó la tristeza. Porque en los ojos de todas aquellas personas, entre las que no se hallaban sus padres, desaparecidos hacía años, había algo que le hizo sentir esa distancia irrecuperable. Quizás la certidumbre de que volver atrás era imposible o, lo que era lo mismo, recuperar aquel silencio irrepetible posterior a una guerra, y a sus terribles consecuencias, pero, sobre todo, aquel olor a pólvora quemada de sus increíbles supervivientes.

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