9.8.07

La espera


Afirmaba siempre que lo maravilloso e irremplazable era el instante pero que la espera poseía una magia que la consumación de los hechos difícilmente podía superar.
Ella lo escuchaba con atención, aunque no acabara de entender muchas de las cosas que él decía, sobre todo cuando se “desmelenaba” y los conceptos surgían atropelladamente de sus labios, contagiosos, contaminados de entusiasmo, y se enredaban unos con otros y, en su ansia, no acababa de saber si de todas aquellas palabras alguna le pertenecía.
A veces, como en una premonición, sentía una especie anuncio de nostalgia de ese momento y, entonces se quedaba mirando el cenicero de cristal y dentro, alguna colilla manchada de su propio carmín. Y siempre trataba de averiguar si alguna de aquellas frases era suya, si por un quizás o un acaso, alguna de las expresiones de él le concernía lo suficiente como para poder llevársela a casa, como una pertenencia preciosa. Porque, al fin y al cabo, por eso estaba ahí, escuchándole, percibiendo su cálida presencia, sentados en la terraza de aquel boulevard, tomando un Martíni y unas aceitunas arbequinas y el tiempo tan suspendido, como una nube, endulzándole los ojos.
Cuando se despidieron, había anochecido como de golpe y la luna manchaba de sombras el suelo humedecido por la reciente lluvia. Fue entonces cuando volvieron las dudas, en una especie de cansancio de párpados, en una indiferencia de gestos. Y andaba tan ensimismada que los coches pasaban tan cerca que uno hasta le rozó el faldón de su chaqueta.
Nocturama Fotoblog
Fotografías de Marcelo Aurelio
Contrastes
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