31.8.07

Demasiada policía para tan poco delincuente

Mientras en nuestros tocadiscos sonaba “Dark Side of the Monn”, nuestras mentes permanecían cuajadas de estrellas y ahí fuera el tiempo pasaba por nuestro lado, como deteniéndose. Invitándonos a la gran algarada. Esa algarada tenía algo de mentira, aunque llamar mentira a una ilusión resulte un ejercicio quizá excesivamente cruel. De veteranos de guerra que se relamen sus heridas o, peor que eso, que exhiben sus condecoraciones. Conozco a bastantes de estos. Sencillamente, no me interesan. Llevan las tres estrellas de Capitán en su sonrisa de suficiencia. Los hay que han esperado treinta años para descubrir que el llamado rock sinfónico era una práctica superficial para - y - de hijos de papá. Es decir, de pijos. Reconocen algunas canciones, algunas fotografías y hasta opinan, pero sencillamente tenían el corazón en otra parte. Eran gente que, sencillamente pasaba por ahí. Escribir la historia es deformarla, y porque los que la escriben casi siempre son los mismos, degradan parte de nuestra historia personal, y, consecuentemente, de nuestros recuerdos. Ahora lo sé. Esa fue la diferencia. El cambio, si es que se produjo alguno, es, sin embargo nuestro, no suyo.
Lo cierto es que, como decía, el tiempo estaba ahí, esperándonos, aunque nunca nos dignamos ni a mirarlo. Y eso fue magnífico. Se detenía en el espejo, por ejemplo, reclamando la acción. En el tris tras del dentífrico, ante el que pasaban esas caras barbudas de pupilas encendidas y largas melenas que prometían hazañas sin límite. Cuando entrábamos en la calle, en esa búsqueda que más parecía espera, hacía tanto frío que llevábamos la bufanda enrollada justo debajo de la nariz. Y era entonces cuando el futuro nos tentaba, burlón, entre el café y el croissant, más y mejor informado que nosotros, sin lugar a dudas.
Y, claro, con Pink Floyd, Dark Side of the Monn, esa canción que había que evocar desde la terraza de Zurich y nunca desde el bar donde tomábamos el café o el cortado antes de entrar en la oficina. Es decir, jugábamos a canallas de la poesía, y por eso mismo preferíamos el surrealismo a Camilo José Cela, y a pasearnos por el borde del abismo, o sea “Close to the Edge”, esa otra canción de Yes que cerraba el círculo de nuestros sueños.
¿Y quién
vamos a ver...
¿Quién diablos podía negarnos ese derecho? ¿Ese pelotón de mandaos? ¿El Estado? ¿El municipio? ¿Acaso la familia? ¿Los bedeles y acomodadores de los cines? Vaya mala uva que se gastaban éstos últimos, por cierto. Y, puestos a decirlo todo, vaya palabra, no me digan, acomodador. Demasiada policía para tan poco delincuente. Y, sin embargo, éramos más resistentes que el titanio. Ni las películas de arte ensayo podían quebrantar nuestra moral. Ni siquiera las húngaras y polacas, que ya es mucho decir. Para eso estábamos, para apurar hasta el fondo el placer de la clandestinidad y de lo que denominábamos inocentemente contracultura. Algunos valientes se apuntaron, consciente o inconscientemente, al Club del Suicidio y dejaron su huella en la esquina más subversiva de nuestros pobres corazones, aunque el sistema los ha barrido sin conmiseración alguna.
Y quizás por eso mismo, por ese borrón y cuenta nueva de tanto mandao y chaquetero, quizás por ello, no ha habido momento en que no me haya planteado si todo lo que sucedió durante aquellos tres años no habrá sido fruto de mi imaginación.



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