1.6.07

La ventaja de tener dieciséis años...


Marianín era otra cosa. Nos burlábamos de él pero todo era envidia cochina: las chicas se morían por sus huesos y, con Alberto, nos hacíamos siempre la misma ingenua pregunta: ¿Qué tendrá él que no tengamos nosotros? Y, acto seguido, nos pasábamos la tarde elaborando la lista. Guapo sí que era: era un chico encantador, de unos dieciséis años, delgado, de pelo negro y ojos castaños; de cara pálida y aniñada, y labios un tanto carnosos. Y también estaba ese flequillo.
Aunque lo de menos era el color de sus ojos, ya que su mirada destilaba seguridad. Y era eso lo que nos arrojaba al pozo de los leones. Esa seguridad en que, con un chasquido de sus dedos, todas caerían a sus pies.
El que mejor bailaba con mucho. Labia toda la que quieras y, además, les decía unas cosas a las tías que a nosotros nos daba la risa y que, sin embargo, a ellas... ¡Increíble! Les gustaba cantidad. Se lo creían todo, lo llamaban por teléfono a todas horas, se peleaban por estar con él en su cuarto cuando enfermaba. Un enigma total.
Jesús Mariano, también llamado Jesusín, Marianín para los amigos, en eso no había lugar a dudas, estaba tocado por la gracia divina. Para los demás (que se mueran los feos, cantaban los Sírex), existía el manual para tímidos y timoratos, que consistía básicamente - si separábamos la paja de lo verdaderamente sustancial - en que sucediera un milagro.
¡El manual de Marianín era otra cosa! Primero, enfatizaba Jesús Mariano, soltadles alguna cosa bonita, para empezar: cuando te vi, me gustaste enseguida. Y no mucho más tarde: tu cuerpo me sugiere ideas raras. Y nosotros nos defendíamos como buenamente podíamos:
- ¡Pero estás loco, tío! Cómo le voy a decir ESO.
Daba igual que fuera mentira, porque todo era mentira y un poco verdad. La ventaja de tener dieciséis años es que podías decir "te quiero" sin mentir. En el tocadiscos, Michel Polnareff cantaba La poupée qui fait non.

C’est une poupée qui fait non, non, non, non
Toute la journée elle fait non, non, non, non
Elle est, elle est tell’ment jolie
Que j’en rêve la nuit


Efectivamente, ellas eran tres jolies y siempre decían non, non.
Hasta que llegó el milagro. Ese día reventó el mundo. Tocó cerrar los ojos y perder la memoria. Y dejar los recuerdos para el futuro. Los recuerdos... Nunca sabremos si son algo que hemos tenido o que hemos perdido. O las dos cosas a la vez. Perder la noción del tiempo. Olvidar que era domingo. Condenar los lunes a cadena perpetua. Los lunes y los martes, pero también los miércoles, y así, todos los días de la semana. Pensar eso era como viajar dentro de una nube, rodeados como estábamos de una alambrada de penumbra salpicada de vasos sucios y ceniceros humeantes.
Ilustración: Affiche concert Polnareff à l'Olympia
ados.fr.musique
http://musique.ados.fr/Michel-Polnareff/photos/8833-affiche-concert-polnareff-a-l-olympia.html

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2 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Esa sí que no la sabía, y me ha gustado un montón:
"Tu cuerpo me sugiere ideas raras".
Perfecto.

6:30 p. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

Pues sí, vaya cruzada la que nos llevábamos para comernos alguna “rosquilla”.
La última vez que vi a Marianín fue cuando concertó una comida-trampa con Alberto y conmigo para recolocarnos la hipoteca que daba por seguro teníamos, ya que trabajaba de agente financiero free-lance por Bankinter. El cabroncete, con la excusa de una comida de viejos camaradas, nos pretendió endosar un cambió “super ventajoso” de hipoteca. Una vez le dijimos que nones ya no volvímos a saber de él nunca jamás.
¿No es lógico que uno prefiera ciertos “falsos” recuerdos a ciertos horrendos presentes?

9:01 p. m.  

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