27.5.07

Instituto Carrasco i Formiguera


Llevaban casi un año de días oscuros y desapacibles, de errar con sus mulas y bártulos entre los campos de caña, aguijoneados por los mosquitos y las garrapatas, bebiéndose sus propios orines en los momentos de máxima penuria, avanzando siempre, escondiéndose, entre los ríos y quebradas del Altiplano boliviano. Rápidas emboscadas jalonaban su incierta aventura. Bruscos encuentros con el enemigo. Y, después de eso, de largas y silenciosas jornadas sin apenas noticias del otro mundo (pero, sobre todo, del de las banderas y fusiles ondeando en La Habana), sólo quedaba, apaciguador, el silencio. Y, claro, la herida superficial de Pombo, el hígado destrozado de Tuma, el Comandante mismo, manteniendo un laborioso pulso con sus pulmones, un adversario, éste, el pulmón, que se lo comía por dentro poco a poco. Estaba también aquella voz, la suya propia, ese rumiar entre dientes de sol a sol, ese acto un tanto pueril consistente en emborronar papeles. Esos papeles que acabaron convirtiéndose en un diario, su diario. El diario del Che.
Los herederos de Klemens Wenzel Lothar von Metternich, el eterno contrarrevolucionario, no satisfechos con la sacralización del capitalismo, hurgan en los desvanes de los derrotados para destruir cualquier rastro y rescriben la historia confundiendo tirios con troyanos, ebrios por el MAPALM de la victoria. Se ensañan con los difuntos, con el mayo del 68, por ejemplo, pero también, y sobre todo, con los recuerdos.
Ante la obscenidad, tal día como hoy, de contemplar sus hipócritas proclamas a favor de lo que siempre combatieron (la democracia, la retórica de la igualdad, las elecciones, etc.) no puedo menos de percibir la erosión (que avanza, se ensancha y no cesa) de la impotencia. Una impotencia similar a la que sentí, de joven cuando liquidaron al Che. Lo mataron con esa facilidad que otorga a algunos hechos un carácter inverosímil y fantasmagórico. Aquella escaramuza, me pareció en aquellos momentos, atrapado por la ingenuidad y el sentido épico que sólo otorga el fervor juvenil, una situación análoga al infortunio de la muerte de Pompeyo Magno, aunque carente, a la vez, de la dimensión trágica del asesinato de Julio César. Ernesto Guevara, malherido y traicionado por sus propios cálculos revolucionarios, fue rematado en el interior de una vieja escuela de La Higuera. Un oscuro funcionario del ejército regular boliviano lo fusiló de un tiro con su pistola reglamentaria.
Los legatarios de Lothar von Metternich (del que el periodista francés Regis Dabray y Álvaro Vargas Llosa, el hijo del autor de Conversación en la catedral, sólo son dos de los ejemplos más vistosos y no por ello, menos vergonzantes) se apresuraron a elaborar la teoría de que Che Guevara era un maldito terrorista, una máquina de matar, y que acciones como la suya acogotaron (o, cómo mínimo, retrasaron largas décadas) la posibilidad de la democracia en la América latina. ¡Que se lo cuenten a Allende!
Algo huele a podrido en estas teorías, me digo, mientras apuro mi café y contemplo mi Tarjeta Censal sobre el atril de mi escritorio. Me afeitaré, ducharé y acudiré al Instituto Carrasco y Formiguera. Por un día coincidiremos todos, vencedores y vencidos, aunque, como dicen que dijo el dictador, no hay mal que por bien no venga: sólo algunos sabemos que, en lo más profundo y recóndito de su ser, incluso cuando ganan, les jode la mandala ésta del papeo y la urna de los cojones.
- ¡Joder! ¡Viva España!
- Ellos no lo saben, porque, todo sea dicho, la cultura nunca ha sido su fuerte, pero se les entiende hasta el pensamiento.

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2 comentarios:

Anonymous Rosa ha dicho...

Me gusta muchísimo esta foto del Che, su expresión impresiona mucho.

De dónde la sacaste?? me gustaría ver el resto.

1:02 p. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

Ay, Rosa, mira que siempre procuro reproducir las fuentes de las imágenes que pongo en el blog, pero esta vez me olvidé. De todas formas, si buscas por Ernesto Che Guevara en Google encomtrarás de todo y de lo que quieras sobre el Che.

7:11 p. m.  

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