7.5.07

Relax es mi colchón


La pareja peor avenida del mundo, esa era la que formábamos la Física y Química y yo.

Cuando estudiaba el bachillerato, la Física y la Química me resultaban una pareja detestable. Como Indíbil y Mandonio, Roberto Alcázar y Pedrín o Juan & Junior. Quizás por eso mismo, porque aborrecía ciertos dúos, pero especialmente éste de la F & Q, no puse demasiada buena cara cuando nos anunciaron la llegada del nuevo profesor de Física y Química. Además, para qué negarlo, la resistencia al cambio es de las primeras cosas que aprendemos.
Aunque el que se jubilaba, el profesor Relax era otra cosa. ¿Cómo decirlo? Era uno de los nuestros. Relax fumaba Celtas cortos y casi siempre llegaba tarde y de muy mala uva. Sin duda, aquellas clases nocturnas mal pagadas eran un pírrico complemento tras la larga jornada en la fábrica. Y digo fábrica porque Relax era más químico que físico, al menos su actividad en una empresa de productos químicos así parecía confirmarlo. Mucho trabajo deberían tener ya que a menudo, y como ya he dicho, llegaba tarde y nos miraba torvamente por encima de su ancha y chata nariz y de su bigote a lo Cark Gable, mientras introducía mecánicamente una de sus grandes y callosas manos en el bolsillo de su casi andrajosa chaqueta. Para acabar extrayendo un arrugado paquete de Celtas cortos.
- Relax es mi colchón.
Susurraba algún canalla desde la trinchera de su pupitre.
Que acababa con un capón o una mandala de hostias, ya que Relax era, efectivamente, mucho colchón (una buena persona en definitiva) pero cuando le atacaban los nervios perdía el control, acosado como estaba por una economía en derribo y un director metomentodo, gordito y morcillón, que abarcaba él solito todos los tics de este nuestro triste y opaco país de mocos donde estaba prohibido hasta escupir en los transportes públicos. Un director que arremetía contra el atribulado profesor cada vez que sus alumnos canallas hacían de las suyas. Es decir, cada vez que acudíamos al fácil vandalismo de alborotar en clase, cargarnos algún tubo fluorescente o el cristal del respiradero que daba al patio interior.
Relax (es mi colchón) se esforzaba como nadie en iluminar nuestras mentes atascadas con la ley del péndulo o la fantástica composición, estructura y reacciones de los elementos, también llamada química inorgánica. Aunque a mí lo que más me fascinaba era la prosa inextricable y mágica de las propiedades de los campos magnéticos. Relax se transformaba en el mismísimo don de la seducción cuando departía sobre la ciencia y sus misterios. No la ciencia entendida como una sucesión inextricable de fórmulas matemáticas y jeroglíficos neperianos, sino como la GRAN CURIOSIDAD hacia el milagro de la vida y el POR QUÉ de las cosas. Curiosidad que, insospechadamente, nos transmitió a partes iguales con Sanabra, el profesor entrante, del que hablaremos enseguida.
Impelido por ese don, y por la generosidad que tan mal ocultaba tras sus huraños modales, se empleaba a fondo, dejándose el resuello en una batalla imposible frente a nuestra ignorancia y desidia. Sus únicas armas, aparte de su mencionado entusiasmo, eran unos pedazos de tiza y una vieja pizarra emplastada en la ruinosa pared de aquella academia. Es cierto que, de vez en cuando, se tomaba un respiro y se nos quedaba mirando con ese aire inquisitivo que le caracterizaba, pero también – lo recuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo - con una ternura que rallaba la compasión y que sólo algunos pocos llegamos a atisbar, cegados como estábamos por nuestra particular pelea con el mundo, ofuscados en ese malvado y sarnoso cruce entre la adolescencia y la primera juventud.
Aunque debo reconocer que mi afecto por el profesor Relax me empujó a equivocarme una vez más. El nuevo profesor de Física y Química, Olegario Sanabra, un joven de 27 años recién salido de la Escuela Industrial, todo vigor y buena planta, resultó toda una sorpresa. Fue él quien tomó el testigo de Relax es mi colchón. Sus dúos rompieron todos los moldes habidos y por haber: Kropotkin y Bakunin, el Átomo y la Odisea Espacial, la Cultura Maya y los extraterrestres, Dostoievsky y Tchaikovsky, Louis Armstrong y Duke Ellington...
Y así, gracias a Relax y Sanabra, descubrimos que a partir de la Nada se inició el Todo y, algo todavía más esencial: que nada estaba escrito hasta nueva orden, que en realidad lo más importante era lo que escribiéramos nosotros. Que había mucho camino por recorrer y que ya era hora de dejar el fangal del pupitre maloliente y el puto fluorescente y salir a respirar al espacio exterior. De esta forma, tan inesperada, un mundo nuevo se abrió a nuestros ojos. Por supuesto, Indíbil y Mandonio murieron en la refriega. Alcázar y Pedrín acabaron en la trena, acusados de muermos y requisadas sus cachiporras. Juan & Júnior callaron para siempre. Y los parias del bachillerato nocturno empezamos a sentirnos menos canallas y un poco más personas.

Etiquetas:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Suscribirse a Enviar comentarios [Atom]

<< Inicio