21.9.06

New York, New York



Mientras paseaba por Park Avenue, Pedro no podía menos que recordar el comienzo de Manhattan: "Nueva York es mi ciudad", dice el protagonista. Por supuesto, el alter ego de Woody Allen.
Después de contemplar los rascacielos de Nueva York, y, en general, ese gigantismo que lo dejó anonadado, se le ocurrió que debía existir un paralelismo en el tamaño de los respectivos continentes. Para un individuo que creció en las estrechas calles del Raval, todo resultaba enorme y desmesurado. Las imponentes superficies comerciales, las anchas y largas avenidas, los grandes edificios repletos de oficinas... Recordó inevitablemente la escena del Apartamento en la que la mesa de Jack Lemmon aparece, junto a decenas y decenas de mesas más, todas ellas escrupulosamente alineadas, en una de las plantas de un edificio cuyos ascensores hacen horas extras. Y eso en los años cuarenta. Y también pensaba, mientras descansaba de tanto trote en Central Park, en esas grandes papeleras, en los productos de consumo, todos ellos concebidos para el suministro de una familia numerosa o un batallón de marines.
Impresionado todavía por la experiencia de haber estado en una gran ciudad, de un país cien veces mayor que el suyo, donde los objetos, los automóviles, las personas y el resto en general (también las palabras y los periódicos), guardaban la proporción en sus dimensiones, es decir, de regreso a su modesto Liliput, “el país donde los hombres, los animales y las plantas eran diminutos”, cuando Pedro entró en el colmado de Luis, y la Manoli le dijo que sólo le quedaba una lata de coca cola light se quedó pasmado y, sin poderlo evitar, le dio un ataque de ternura.
Tamaños aparte, quizás a Woody Allen le gustase Nueva York por distintos motivos por los que a Pedro le gustan Barcelona, Lisboa o Roma: por su arquitectura básicamente humana, por la mezcla de lo viejo y lo nuevo, por su invencible capacidad de mutación. O quizás algo menos grandilocuente que todo lo dicho, y puede que en eso sí coincidiera con su admirado director: su ciudad era esa abstracción que tanto necesitaba para sentirse a la vez anónimo y acompañado.
Soportó estoicamente los registros y controles de seguridad, las largas esperas y las incertidumbres horarias. Fascinado todavía por una ciudad rebosante de contrastes acariciaba el momento de llegar al refugio de su abigarrado estudio y su precario sofá, de sus libros ordenados alfabéticamente, de las cuatro plantas de su balcón y de sus vídeos en la estantería, junto al televisor. De su pequeño transistor Sonny que transportaba del dormitorio al baño, y del baño a la cocina. Pero, sobre todo, de la generosa y reconfortante sonrisa de bienvenida de Carmen, su mujer, y del bravííísimo abrazo de sus dos hijas.
Sin embargo, lo que Pedro nunca podía prever es que cuando regresara a casa se encontraría con la petición de divorcio de Carmen. A partir de ese momento, todo fue de sorpresa en desastre. Y es que en las separaciones siempre hay uno que despierta del sueño de los justos. Por lo general, suele ser un caso de ceguera crónica. De mala interpretación de la realidad y del encadenamiento de sus sucesivas escenificaciones. De precaria compenetración del continente con el contenido. Y un poco también del olvido de las reglas del entorno, de la ciudad, concebida como colmena, igual y tan mutante como las propias personas. Un mal cálculo de los sentimientos pero, sobre todo, una confianza infundada en los mecanismos que supuestamente regulan la inmovilidad de los objetos y los individuos.
La foto que se hizo junto al escaparate de Tiffany’s fue a parar a la papelera. Luego llegó la pesadilla. El piso era de su propiedad, aunque todavía pagaba una hipoteca ciertamente onerosa. No debía preocuparse, sin embargo. Lo recuperaría cuando Clara, la menor, con dos años todavía, se independizara. Es decir, cuando se largara de casa. Consideró que, salvo un caso de fuerza mayor, eso podría ocurrir dentro de 25 ó 30 años, ya que la media de emancipación de los jóvenes en Cataluña estaba entre dicha franja de edad. Mientras tanto, sólo debería seguir abonando mensualmente la hipoteca, así como los 1300 euros de manutención de las niñas. Eso y alquilar un pequeño apartamento que difícilmente podría bajar de los 900 euros. Por supuesto, con su sueldo de Administrativo, los números se resistían a encajar los unos con los otros.
Y puestos a imaginar situaciones más perversas, estableció la hipótesis de que en uno o dos años un dentista maduro pero de buen ver se instalara en “su casa”, es decir, en el piso cuya hipoteca aún seguiría pagando durante diez años, y se estableciera felizmente junto a la hasta ahora querida Carmen, con su máquina de afeitar y su cepillo de dientes eléctrico. Aunque, ciertamente, esta idea tampoco es que llegara a desesperarle demasiado. ¡Qué importa un disparo más cuando el pianista está muerto y bien muerto! Además, no podía perder el tiempo con estas minucias cuando debía buscar urgentemente un pluriempleo que le permitiera llegar a fin de mes y evitar, así, que le embargaran el suelo y acabar, en consecuencia, viviendo en casa de su madre, tan viejecita la pobre, y con ese genio.
Billy Wilder: El apartamento (The Apartment, EEUU 1960). Guión: Billy Wilder y I.A.L. Diamond. Reparto: Jack Lemmon, Shirleck MacLaine. Fred MacMurray. 125 minutos
Woddy Allen: Manhattan (EEUU 1979). Guión: Marshall Brickman y Woody Allen. Reparto: Woody Allen, Diane Keaton, Michael Murphy, Mariel Hemingway, Gary Weis, Merly Streep, Anne Byrne, Michael O’Donoghue, Karen Ludwig. 136 minutos

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