4.11.09

Una cuestión personal. II. En tierra de nadie


Cuando menos me lo esperaba, un día entre tantos otros días, la profesora se fue. Se esfumó. Kaput. Final de la historia. Sin avisar, sin despedirse siquiera. Ese día apareció el director acompañado del sustituto: un monstruo de las cavernas con gafas oscuras y una cartera andrajosa, como todo en él. Al shock inicial le siguió un proceso lento y cruel. Descubrí, poco a poco, sin prisas, que el amor es frágil pero que también puede ser humillante. En los meses posteriores a su marcha, pensé mucho en ella. Delinquiendo de la forma más vil, odiándola primero y perpetrando, luego, artimañas a la cuál más miserable para invocar la magia de su regreso, el retorno de su socorro, su protección, sus caricias.

Y lo hacía, atormentarme, mientras permanecía echado en el hueco del portal de casa, acompañado de una sensación agridulce: la de la pérdida de Laura –porque así se llamaba la profesora, la mujer que me había abandonado- y, a la vez, el descubrimiento de una nueva y maravillosa sensación: esa atracción irresistible que, aunque todavía me hallaba lejos de estar en disposición de llamarla amor o deseo, me había transformado en otra persona. Ni puñetera idea de que hay momentos en los que uno cambia para siempre. De esta forma, abrumado por este nuevo y extraño sentimiento, que me producía a la vez dolor y alegría, dejaba que pasaran los automóviles y los tranvías, y el tiempo, si se le puede llamar así a un tránsito irreconocible, más lento todavía, sin interferirme en su premioso y cansino progresar.

Luego llego la realidad. Llegó con sus bravatas, su ley de la gravedad, su al pan, pan y al vino, etc. Y, por supuesto consiguió arrastrarme con sus cantos de sirena. Hasta al punto lo hizo que, de entrada, no reconocí ninguna de sus falsedades aunque lo que sí hizo fue amortiguar mi furor, llamémosle prerromántico. Alcanzado este punto, la confusión era notable. Mucho antes de llegar al metalenguaje de los logaritmos neperianos ya había perdido la poca inocencia que me quedaba y, con la mosca tras la oreja, empecé a contemporizar de forma vergonzante con la gnosis de la culpabilidad. Y fue entonces cuando decidí desertar, pasarme al enemigo. Aunque en esto también erraba. En realidad, no había más enemigo que yo mismo. De esta forma me metí en tierra de nadie y sin saber qué hacer.

Algo hice, sin embargo. Abandoné la práctica humanitaria –sino imaginaria- de la lucha de clases, los estudios de Arquitectura y, desde luego, sustituí el póster del Che Guevara (del estudio) por el más pragmático de la bella Rinko Kikuchi. Y por suerte, descarté cualquier salida heroica al conflicto, como reventarle los sesos al Jefe de Servicio, que me hacía la vida imposible. Hubiera sido una verdadera putada para mi hija adoptiva, para mis queridos suegros pero, sobre todo, para madre. Como éste es un mundo de sordos nunca llegué a saber qué era mejor, si escuchar a los demás o a mí mismo. Lo primero resultó un esfuerzo inútil y lo segundo un sufrimiento injusto.

Lo del cabreo siguió luego. Era una sensación parecida a cuando metes el zapato –y con él los bajos del pantalón- en un charco de barro, y tu ailoviu no se ríe –que es lo propio- sino que te dice que el campo es una maravilla. Como la lluvia en Sevilla. Lo del cabreo: ¡De acuerdo! Ya lo he entendido. Había errado mi camino en lo fundamental. ¿Pero, cómo podía saber yo que los sentimientos ni se compran ni se venden? Que el olvido no es una elección, que los recuerdos no son más que eso, recuerdos, fotografías con sonrisas de patata, imágenes desgajadas de los sueños, nada más que palabras y recuento, algo en definitiva tan superficial como ese abrigo que nunca te pones pero del que te resistes a desprenderte…
Y como siempre que hay algo peor que este silencio ninja que produce la sordera a perpetuidad, sólo me queda ese cuchillo que ha atravesado mi piel y se ha instalado dentro de mí a perpetuidad. Y sólo cuando dejo de luchar para huir de mí mismo, sólo entonces acepto que la historia de Laura tuvo una secreta continuación que nadie conoce y, que, ciertamente, a veces el ser humano yerra el camino pero lo hace a conciencia. Porque de no ser así hubiera evitado por todos los medios saber dónde está Laura, que hace y deja de hacer, cuántos hijos tiene, a qué se dedica su marido, cuántos amantes ha tenido, etc. Y que a pesar de habernos convertido, tras largas y a veces torpes peripecias, en dos desconocidos, no puedo conseguir romper del todo su imagen, dejar de sufrir lo indecible cuando el fru fru de su vestido me sigue rozando al pasar justo a su lado. Saber que su mirada es en realidad la mía, que en un momento determinado dejó de ser su fulgor lo que me trastornaba para pasar a ser mi propio trastorno -convertido en un viejo y tosco Pigmalión-, lo que nunca dejaba de conmoverme.

Y ahí empecé a entender. Yo, que nunca me he perdonado, porque siempre hay algo por lo que hacerse perdonar y, por mucho que insista en la perversidad de no aceptar ese perdón por amar mi propia obra, aunque ahora mismo sea un individuo aparentemente sensato y medianamente respetable, y a pesar de que repita historias que otros ya vivieron, de qué no haya inventado nada nuevo, no puedo olvidar las palabras de Rainer Maria Rilke, que me martillean una y otra vez en la soledad de mi inconsciente: "ser amado es pasar y, en cambio, amar es permanecer con luz inextinguible porque, en definitiva, lo único que uno ama es ser." ¿Quién puede pedirme cuentas por esto? Yo os lo diré: nadie. Pasa como con el pasado. Jamás se pide cuentas al pasado. En el mejor de los casos, revientas para que te deje vivir en paz. Aquí estás, muchacho, en tierra de nadie.

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