19.9.09

Esto no es una carta, es una tortuga



Los cronopios cada vez que encontramos una tortuga sacamos la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujamos una golondrina.
Los cronopios no escribimos cartas, sino tortugas, por eso el 12 de febrero de 1983 (cuatro meses justos antes de su muerte) Julio Cortazar le escribe a Roberto López, en Suecia, una carta que empieza así: esto no es una carta, es una tortuga.


Los cronopios, como todo el mundo sabe, somos anarquistoides, iconoclastas e imaginativos. Cuando Marina y Paco, desde Estocolmo, donde fundaron un Club de Cronopios, le enviaron a Julio un cronopio verde (antes le habían regalado uno de color rojo a Pablo Neruda), éste contestó que, cuando abrió el paquete, el cronopio se moría de risa mirándome, y yo lo tomé en mis brazos e inmediatamente se hizo pis en mi pulóver de cachemira, cronopio desgraciado.
Los cronopios, en lugar de un tratado de García Márquez o una rubia de costumbres elásticas, elegimos casi siempre una banana. Además, detestamos los bostezos, los practiquen vigilantes jurados, curas o jefes de negociado.
Los cronopios siempre buscamos las explicaciones en los cubos de la basura. Decimos: la mano aprende por su cuenta si se la deja, y entonces en una de esas agarra a sacar cosas del cubo y cuando te das cuenta ya tienes a las señoritas de Avignon. Es decir, hay que darle su chance al azar y a la paciencia, no les parece. Los cronopios le tenemos pavor a caernos de espaldas, piénsese en los escarabajos, ¿o no? Nos encantan, sin embargo, las cartas ventiladas (es decir, con sus buenos espacios en blanco) ya que son más elegantes.

Cuando el cronopio debe hacerse una foto para algún trámite oficial, acude al Fotomatón y se hace retratar de la forma siguiente: las cinco primeras fotos muy en serio, y la última sacando la lengua. Esta última el cronopio se la guarda para él y está contentísimo con esa foto.
En casa de los cronopios se descuelga, de vez en cuando, alguna mosca volando de espaldas y cuando se lo cuentan a algún amigo se produce uno de esos silencios que parecen agujeros en el gran queso del aire.
Algunos cronopios sólo necesitamos un metro cuadrado para vivir lo que se dice en nuestra casa y, entonces, nos encontramos con infinitos problemas, porque en realidad nadie tiene un metro cuadrado sino muchísimos metros cuadrados, y vender un metro cuadrado en mitad o al extremo de los otros metros cuadrados plantea problemas de catastro, de convivencia, de impuestos y además es ridículo y no se hace.

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