20.3.09

El síndrome de Bolonia


Al fin y al cabo era un poli, lo último que podía esperarme al abrir la puerta a las diez de la mañana. ¿Lo normal? Una vecina a por una prenda que se le ha escurrido de las manos mientras recogía la colada, pensando vete a saber qué. ¿La presidenta de la Comunidad intentándome colarme su nueva idea de las placas solares?
Lo dijo Katharine Hepburn (Leonor de Aquitania), en la inolvidable película “El León en invierno”, cuando, después de una bronca descomunal con Peter O’Toole (Enrique II), y mirando exhausta a la cámara exclamó: ¡“En qué familia no hay miserias”!
Al fin y al cabo era un poli y la mayoría no consiguen olvidarlo. Se pasan demasiadas horas de servicio intentando no parecer humanos. La cara les queda así. Llevaba las esposas preparadas en una mano y el manual de autoayuda de los Mossos d’Esquadra en la otra. Además iba sólo, costumbre plagiada, inevitablemente, de las costumbres anglosajonas. ¿Quién no recuerda la pareja de guardias civiles cruzando el monte, con su tricornio y su capa? Aunque, los catalanes somos así de especiales. Miramos hacia Europa pero a veces el estrabismo nos hace mirar a los USA.
Yo estaba tan tranquilo escuchando a los Beach Boys, los chicos de la playa, el mejor grupo vocal de la historia del rock (nunca suficientemente reconocidos). Me detuvieron por escándalo público. Una confusión, por supuesto. Intenté explicárselo al poli pero, como en las teleseries, no me dejó ni abrir la boca. Lo del escándalo lo averigüé más tarde, en comisaría, durante el interrogatorio. Tampoco me explicó mis derechos, lo que todavía agudizó más mi confusión.
Probé a poner cara de un Karl Marden compungido, pero ni así. Empecé a ponerme nervioso de verdad cuando, en el segundo interrogatorio, ya con menos contemplaciones, empezaron a hablarme de "El síndrome de Bolonia” y alguien exclamó, con tono acusatorio:
- Éste es, sin duda, uno de los cabecillas.
Y entonces, y ya en plena fase de descomposición, recordé a K. y también a Catherine. Me miré a mí mismo, tal como nos aconsejaba nuestra profesora de Yoga, y sólo encontré los restos de un naufragio. Y acabé susurrando por lo bajini:
- ¡En qué familia no hay miserias!

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