13.1.09

Exquisita melancolía


En el tocadiscos, mientras se afeita, suena el acordeón de Swing Manouche, acompañado de un violín, desgajando, como se monda la piel de una naranja, una melodía de esas que suele provocarle un déjà vu, un recuerdo que vuelve disfrazado de presente, que no le provoca más nostalgia que la de un perro vagabundeando en una plaza, al final de una película de Jacques Tati.
Y que, previsiblemente, abre la herida de siempre, esa melancolía con la que creció y que antecede a su existencia. Ese desván lleno de trastos viejos cuya puerta permanece condenada para siempre.
La melancolía es otro cantar, le sugiere el falso psicoanalista
- Un trastorno, en definitiva, que no debe confundirse con la depresión. De orígenes desconocidos, por supuesto, asociado a los modelos paternos e, incluso, más profundos, a la herencia genética. La melancolía no se cura con antidepresivos.
Escucha, echado en el falso diván, mientras las palabras van y vienen, caen y vuelven a levantarse, fatigosas, rebotan en las paredes, y acaban muriendo, sucumbiendo a su propia vacuidad, perdiéndose sus significados, esa vida secreta que nunca ha conseguido descifrar. Las busca en todas partes pero sólo encuentra algunas de ellas aplastadas junto a la manchas de humedad del techo de la falsa consulta.
Al día siguiente, y cuando se coloca ante el espejo del baño todavía no son las siete de la mañana y la oscuridad de Miami enturbia todos los cristales de las ventanas. Mientras se afeita, acude puntual la misma y eterna sensación de la ausencia de emoción. Ningún sentimiento. Nada que no sea larga espera hasta la noche para salir a la calle en busca de una víctima propiciatoria. Ese deseo lo atormenta y, a la vez, dispara su adrenalina, da sentido a su existencia. Desollar y cortar a trocitos a un asesino, esa es su devoción y su coartada. Y, por supuesto, su expiación.
Dispone para ello de toda la información necesaria. Los archivos de la comisaría donde ejerce de rata de estadísticas, rebosan de datos precisos. Aunque a veces la casualidad también actúa a su favor. Su poderosa intuición hace milagros. La casualidad también es su aliada.
Fruto de la propia excitación del depredador antes de acometer la búsqueda de su próxima presa, y justo cuando se afeita con la hoja más afilada, de abajo hacia arriba, en un ensayo de degollamiento, se produce un leve corte y la sangre desciende como un hilo de seda por su garganta, hasta que se coloca un trocito de papel higiénico para cortar la hemorragia, esperando con impaciencia y ansiedad mal disimulada la llegada de la noche para sumergirse en el deleite de liberar sus instintos más urgentes y exquisitos.
Texto: cronopio

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