25.12.08

Al otro lado de la puerta


Se encontró como cualquiera de sus alumnos díscolos. De cara a la pared. La noticia era terminante. No admitía discusiones ni, por supuesto, negociaciones. Descubrió, entonces, que todo había acabado demasiado pronto. Casi se había pasado de la valiente, cuando dijo:
- Doctor. Dígame la verdad.- Con todo detalle, si es que es posible.
Buena ganada fama de profesora de filología inglesa, brillante y, por supuesto, muy exigente. Si algo quieres, algo te cuesta, parecía querer decir a los ojos de sus alumnos cuando emergía, ni sin cierta hermosura, por no decir majestad, sobre el entarimado del aula.
Cuando salió de ese laberinto en el que se había convertido la respuesta (clara y detallista, como ella había solicitado), se dio de bruces con la otra burbuja, la más conocida, ya que no en vano había pasado en ella, en esa frase, la mayor parte de su vida adulta:
- Todo está bien
El mundo no estalló. El mundo estaba bien. Conocía bien a la muerte. No en vano, Virginia Woolf era una más de sus temas, materia de erudición. Comprobó entonces que de la teoría a la realidad sólo había una mera traducción. Para otra persona que no fuera ella, sobre todo en Occidente, la noticia habría supuesto una catarsis de la que por supuesto, no estaba preparada. Ella no eligió, al contrario, de otros, la peor de las opciones: dar otro salto y encerrarse en la burbuja de melancolía en la que sólo cabía otra frase
- No entiendo nada.
No era su caso. Al abandonar la consulta, se dirigió al metro de Diagonal. Mientras sus piernas se movían con la seguridad habitual, contemplaba las calles engalanadas para unas Navidades que, pese a todos los pesares, seguía con su rutina un año tras otro, sin solución de continuidad, la monotonía de las luces con su pretensión de encantamiento y reclamo. Una tímida llamada a escoger el lado amable del cristal con el que se mira.
Al llegar a casa descolgó el teléfono fijo y también el móvil. Deseaba estar sola para poder reflexionar sobre la experiencia que le esperaba. Buscó el librito de poemas de William Butler Yeats que estaba releyendo pero, al no encontrarlo, abrió uno de Séneca, más a mano, y se encontró con la frase que necesitaba: “Contra todas las heridas de la vida, yo tengo el refugio de la muerte.” Siguió la lectura y, sin poderlo evitar, se quedó dormida.
Al día siguiente pretendía reanudar sus clases con total normalidad, pero al salir de casa, pulcramente vestida, como siempre, y un aire de elegancia del que sentía muy orgullosa, al cerrar la puerta y girarse para bajar las escaleras se encontró con la desagradable sorpresa de que éstas habían desaparecido.
También el rellano y, por supuesto, el ascensor. El instinto le hizo aferrarse al pomo de la puerta pero entonces las piernas le fallaron y arrastró su cuerpo hasta el suelo, aterrorizada, como un soldado herido de muerte. Hay sensaciones que no olvidan nunca. Comprendió entonces que ya era del todo imposible regresar al lugar de donde procedía, en el que, sobre todo, predominaba el orden y el sosiego. Ante sí tenía el desorden del vacío, un vacío tan inmenso que no dardaría en devorarla, como si la prisa y el ansia tuvieran alguna importancia en la cama del hospital donde ya hacía días que se hallaba postrada, entubada y crucificada por catéteres y una mascarilla de oxígeno que le impedía hablar (y hablar es lo que mejor sabía hacer), pensó instalada en aquel vacío inmenso, mientras todavía escuchar el murmullo de parientes y amigos al otro lado de la puerta.
Texto: cronopio
Pintura: Edward Hopper. Noche Azul (1914)
Material: Óleo sobre lienzo.
Medidas: 91.4 x 182.9 cm.
Museo: Whitney Museum. Nueva York

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