18.12.08

El monstruo


Se hallaba en plena adolescencia y por eso mismo detestaba al mundo en particular y a sus transitorios huéspedes en particular. Por varios motivos, algunos de ellos inconfesables, sin importarle su dificultad manifiesta para argumentar sus fundamentos.
Y quizá debido a un atisbo de lucidez, sobre todo cuando la consciencia de su ignorancia le producía una infinita melancolía, fue creando un “monstruo” en su interior que sólo se alimentaba de rencor. Tanto llegó a acumular que, dicho vulgarmente, acabaron por cruzársele los cables y su mente otorgó, como en los tebeos que devoraba, a su monstruo los “superpoderes” que le capacitaban para realizar las mayores atrocidades.
La imagen distorsionada de sí mismo no dejaba de causarle un notable trastorno y aún así, cuando le vencía la tentación, acababa perpetrando pensamientos libidinosos y perversos y de esta forma se sentía más aliviado. Se imaginaba, por ejemplo, a la vecina del segundo, en el corto trayecto del ascensor, un cuerpo imponente, inabarcable, con unos pechos exuberantes aplastándole la cara, susurrándome sin previo aviso frases pecaminosas al oído. Lo de menos en ese momento era que la vecina del segundo no fuese ni de lejos el tipo de mujer que los hombres se vuelven a mirar por la calle.
Entraba en el ascensor, cargada con la cesta de la compra, y pulsaba diligente el timbre de su piso - el tercero- interrogándole amablemente por el colegio, por cómo marchan sus estudios y si sus padres seguían bien. Esa condescendencia lo humillaba una y otra vez y, por eso mismo fue inevitable que la encontraran un día en el suelo del ascensor, inundada en sangre, con más de diez cuchilladas contadas a lo pronto. Ese pensamiento era de los que conseguía excitarle muy especialmente y, entonces, el monstruo se revolvía en sus entrañas y reclamaba su tiempo y su momento. Era imposible retardar más la metamorfosis.
Otras veces, incomprensiblemente, le fallaban sus superpoderes y la vecina llegaba indemne a su piso. Pero no por ello le invadía el desánimo. Todo lo contrario, se sentía feliz porque percibía en sus carnes que el “preparatorio” ya tocaba a su fin y el día de su eclosión estaba tan cerca que casi podía tocarlo con la yema de los dedos. En realidad, el olor a sangre lo embriagaba tanto que sabía perfectamente que no pasaría de esta semana en producirse la consumación del “sacrificio”. En realidad, ya le era imposible disociar al individuo de su monstruo. La máscara no sólo se había pegado indisolublemente a su rostro. Ahora ya campaba libremente por su cerebro y manejaba como quería sus intestinos y cada recoldo de sus venas.

En la cocina, territorio por excelencia de su madre, ya había desaparecido “inexplicablemente” el enorme cuchillo de cortar carne.
Texto: cronopio

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2 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Sin ánimo de molestar...¿la vecina del segundo sube en ascensor al tercero?

10:19 p. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

JAJAJAJAJA
Esta es buenísima
Vaya lío de vecinas y monstruos
Vaya duende que se ha colado por ahí.
Corregiremos el disloque!!!!

6:37 p. m.  

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