6.12.08

Estamos en paz

¿Qué podía hacer un adolescente cabreado con el mundo y acuciado por la ignorancia y la molicie, la desidia y el aburrimiento. Qué podía hacer, aparte de caer en la pendiente de una malsana adicción a los enigmas científicos, es decir, de por qué y cómo fue que los humanos estaban allí, rodeados de miles de galaxias sin rastro alguno de vida.
¿Qué podía hacer ante tanta desolación, sino convertirse en un adicto a la soledad de su inmundo territorio, devorar todo cómic que cayera en sus manos y cascársela todo el santo día?
Sí, esas cuestiones eran las que precisamente nunca mencionaban los adultos, ni la radio, ni la prensa deportiva, que era la única que merecía la pena de ser leída. La única épica aceptable en aquel marasmo de mediocridad, la única que le interesaba. El sexo, eso hacía pupa. Su primera eyaculación se produjo mediante la sutil técnica del frottagge. Para entendernos, por frotamiento. Acababa de ver una película (que mucho más tarde averiguó era de Alfred Hitchcock) en la que una mujer, y no precisamente una belleza, era estrangulada con una corbata, y su estertor, y no digamos, su obscena lengua colgando de sus gruesos labios, produjeron la primera excitación importante de su breve biografía.
Mal comienzo, dirán. Y no se equivocan. En aquel momento no se le ocurrió pensar que acababa de descubrir su incipiente vocación de psicópata. Más tarde descubrió que con la mano derecha se podían hacer maravillas. Salpicaba hasta el edredón, pero eso le tenía sin cuidado. Su madre callaba y él pensaba: estamos en paz.

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