20.11.08

Esta alegría que le embarga…


Amaba lo suficiente la vida como para acatar su liturgia aunque fuera a regañadientes. O, dicho, de otra manera, hacía lo que buenamente podía. Ponía toda su buena voluntad. Aunque cuando las cosas se torcían también sabía decir ¡Basta!
Con cierta frecuencia se despertaba con el pensamiento perdido, con una mirada sin presente. También es cierto que los recuerdos no le consolaban especialmente. Era consciente de que no era una mujer especialmente brillante, pero sí lo suficientemente inteligente como para no dejarse impresionar por las “sentencias” literarias, del estilo de las del personaje de Murakami cuando decía: “Y no poder volver atrás significa perderse. ¿Me entiendes?”
Abusos de la literatura, pensaba. Aunque puestos a jugar con las citas literarias, se quedaba con la de Boris Vian: “¿Dónde están los recuerdos puros? En casi todos se funden impresiones de otras épocas que se les superponen y les confieren una realidad distinta. Los recuerdos no existen: es otra vida revivida con otra personalidad, y que en parte es consecuencia de esos mismos recuerdos.”
Hasta que un día, empezó a llorar. Primero fue una especie de desahogo cuando Javier se fue al trabajo y, por un momento la casa se le vino encima. Más tarde, la llorera parecía no tener fin. Aguantó más de una semana, no se sabe muy bien por qué. Horas seguidas llorando sin parar… Javier, campeón de la paciencia y su incansable soporte, se la llevó finalmente a Urgencias del Clínico, donde, además de llevarse una buena bronca por haber esperado tanto, los enviaron al psiquiátrico. En el trayecto, en taxi, con el papel de “derivación” arrugado entre sus dedos, fue cuando su hígado le envió un mensaje de rencor profundo hacia todas esas personas “sanas”, que huyen como alma que lleva al diablo de los “enfermos mentales” y, además, aplicando un mecanismo de defensa de lo más cruel, tienen la osadía de darle consejos o, peor todavía, de aplicar su particular jerarquía de la “fortaleza interior”.
Allí los querría ver. Después de internarla, comprobar su historial clínico, y, en fin, de endosarle un Diazepán en vena, y constatar que pasaban las horas y no cesaba de llorar (y, además, estaba ese temblor de las extremidades superiores), y después de una breve discusión entre partidarios de la vía psicoanalítica y la conductista, le aplicaron hasta dos electroshocks. Entonces sonó la campana sobre la lona. Fin del round.
Han pasado tres meses y el médico ya le quiere reducir la medicación. No hay como tropezar con un psiquiatra optimista, pero ella es más prudente. Sabe que esta alegría que le embarga, puede ser pasajera, pero, ¡diablos! Aunque agoreros nunca le faltan, ella ama la vida, porque, como dijera su amiga Simona de Beauvoir: "aún amo demasiado la vida como para que la idea de la muerte me consuele".
Fotografía: Marcelo Aurelio, "I’m Watching You"
19 de Julio de 2008

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