27.7.08

¡Es la guerra!


De nada le valió el reposado ejercicio de estiramientos matutinos con acompañamiento de trompa y violines, un desayuno equilibrado con mucha fibra y nada de colesterol. Un corazón en forma (aunque nunca se sabe) y, lo que es más importante, en armonía con la mente. Unas manos que construían el nudo Windsor de la corbata con el esmero y satisfacción de quien envuelve un regalo de cumpleaños.
De nada, insistimos, le sirvió tanto esfuerzo positivo, porque al cruzar la puerta de la calle le esperaba… ¡La guerra!
Harto de votar contra la derecha para que la izquierda se lo pasase bomba. Harto de tragarse el cabreo ante esta pandilla de trepas autocomplacientes que se alían con Belcebú, Lucifer y no sé cuantas más criaturas diabólicas, obsesionados todos por instalarse en el poder. Harto de hacer el imbécil con tanto ahorro de agua, tantas bolsitas y containers de colores y tanto machaque mediático sobre el granito de arena. Sí, harto ya de aportar su puto granito de arena, medio dormido y nada entusiasmado por dirigirse al maldito trabajo no fue consciente de que estaba Invadiendo el carril bici.
¡Ah! Esas tenemos. En la calle Urgell cabía todo el quinto ejército aliado de la batalla de Anzio, y, además, los dos carriles Bicing estaban más vacíos que los bolsillos de los ciudadanos a fin de mes, pero eso no fue óbice para que un solitario ciclista le increpara e insultara por ocupar su precioso nuevo espacio. El mismo “ciclista” que no toma EPO para desayunar y sí quizás un descafeinado con sacarina. Es decir, un príncipe valiente que, sabiéndose el rey del mambo, ignora los semáforos sistemáticamente, invade las aceras sin aminorar un ápice su velocidad de crucero y, en fin, va a su bola, pensando en sus cosas, y que cualquier día de estos acabará empotrándole el manillar en las narices.
Pero, pensó, no nos quedemos solamente con las malas noticias. Durante aquellas pesadas y húmedas mañana de agosto, uno de los momentos más “eufóricos” y modélicos del día acaecía justo cuando fumando, plácidamente sentado en el confortable asiento de su automóvil, esperando a que el semáforo se pusiera en verde, estallaba, de pronto, la marabunta. Sí, porque, repetida y machaconamente, antes del cambio de la señal luminosa, más de diez motocicletas salían disparadas de una supuesta o imaginaria “parrilla de salida”. La explosión de rabia de sus motores, agudos y chirriantes como sierras eléctricas, perforaban sus delicados oídos, recordándole que Johan Sebastián Bach y Amadeus Mozart ya hacía tiempo que habían muerto. La puntilla la ponía casi siempre algún automovilista que, contagiado por el fragor de la tormenta, adicto a las retransmisiones televisivas de la guerra de la Fórmula 1, formato thriller, le acuchillaba el cogote con sus nerviosos y acuciantes toques de claxon.
Tampoco soportaba el transporte público por razones de diversa índole. En el metro la inexpresividad general siempre acababa recordándole las películas de zombies, y no digamos si lo cogía por la noche. Entonces sí que podía afirmar sin tapujos que aquello era “La noche de los muertos vivientes”. En el bus, tanta promiscuidad de cuerpos sudorosos se compensaba al menos por el paisaje urbano pero se contrarrestaba, a su vez, por las sacudidas provocadas por un conductor sin entrañas. Por otra parte tenía prohibido el autobús nocturno en verano: el riesgo de exposición a la congelación era calificable de “muy probable”.
Desquiciado por el estrés de vivir el día a día, acudió al médico de familia para que le recetase un calmante. En el ambulatorio habían aterrizado un montón de médicas “novatas” muy jóvenes y, la mayoría de ellas amables y solícitas, hecho que un hipocondríaco empedernido como él agradecía infinitamente. Lo cierto es que, por falta de espacio, habían colocado a la sustituta de su doctora habitual en la planta de pediatría, así que cuando le tocó el turno, y para entrar con buen pie, no se le ocurrió otra cosa mejor que decirle a la doctora
- Esto parece la planta joven de El Corte Inglés
Y como la joven doctora creyó que se refería a ella, y como, con el, por otra parte comprensible, nerviosismo del estreno, ni se había dado cuenta de que se hallaba en la planta de pediatría, casi se ruborizó cuando le respondió:
- En realidad, hoy es mi primer día aquí.
Y cuando él, procurando que cada palabra fuera una caricia, le aclaró la cuestión, ella no pudo menos que comentar que ya le extrañaban tantos lloros y tanto bebé. Él pensó entonces que aquella anécdota podía ser muy bien el inicio de una buena amistad doctora-paciente, aunque sabía de sobra que en la próxima visita se encontraría con otra cara, y quizás, con un poco de suerte, con otra bella sonrisa.

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