2.2.08

Cien años de soledad


Dicen que Matisse y Picasso se murieron sin saber cuál de los dos había sido más importante. Nada más lejos de mis intenciones que participar en cuestión tan ardua, ni siquiera a título de divertimento especulativo. Elegir no es mi juego favorito. Además, como ya saben de sobra, prefiero a Edgard Hooper, el de Los halcones de la noche.
¡Ah!... Elegir. Vaya problema, no me digan que no. Y eso por mucho que nuestro querido Graham Greene dijera que “tanto el que elige cruz como el que elige cara se equivocan. Los dos se equivocan. El verdadero camino consiste en no apostar”. Muy hábil, caballero. Muy natural, por otra parte, en un hombre que tenía un pie en la moral de Dios y el otro en la del hombre. ¡Venga equilibrios! Y muy razonable, por otra parte, que el bueno de Antonio Tabucchi, el autor de Réquiem, estuviera tan seguro de que “las mejores elecciones son las viscerales”. Se han escrito no sé muy bien si toneladas, pero sí montones de libros sobre el tema. Para el que suscribe, simplemente, las elecciones siguen siendo algo de lo más incómodo, sobre todo para el que pierde.
Pierde, sobre todo el que se halla ante una falsa elección, ya que la elección conlleva consigo el error. No me extenderé sobre esta cuestión ya que airearíamos demasiados trapos sucios. Confieso, a pesar de todo, que disfruto viendo a los perdedores de turno cantando el trágala, es decir, actuando como si en realidad hubieran ganado.
Aplicable a la política pero, sobre todo, a la vida real. Ya que la política es apenas un simulacro, una especie de Casino, en el que entras con la ilusión y avidez del buen ludópata y sales habiendo perdido una fortuna jugando al bacarrá, con cara de tonto y más expoliado que Diógenes, el mileurista más famoso de la historia. El mismo que respondió a Alejandro Magno, cuando éste le preguntó de qué modo podía servirle: “¿Puedes apartarte para no quitarme la luz del sol? No necesito nada más”.
Porque cuando se trata de ser elegido, los electores mienten como bellacos, exageran como si pretendieran fomentar ese síndrome tan español que es la vergüenza ajena y que sólo consigue ocultar la propia. El acabose, sin embargo, el clásico de los clásicos, es cuando se dan una vuelta por el mercado. ¡Pizarro en el Mercado!
Y cuando se trata de elegir todavía es peor, porque a menudo vas y la cagas. No fue así, sin embargo, cuando elegí, de muy joven, la lectura de Cien años de soledad y quedé trastornado con la historia de los Buendía, por todo lo que ya sabemos, por su calidad literaria, por su novedad, etcétera, pero, sobre todo, porque en el decurso de su lectura acabas descubriendo que el futuro nos visita constantemente. O, dicho de otra manera, que todo está escrito. O lo que es lo mismo, que llevamos nuestro destino en la espalda como una pesada carga y apenas nos damos cuenta de ello. Quizás por todo lo dicho, y porque no soy Diógenes y necesito más, mucho más - y ahí llevo mi propia penitencia - ese final inolvidable (“Al primero de la estirpe se lo comieron las hormigas, el último yace amarrado a un árbol”), esa frase, espléndida y terminal, cruzó mi concepción de la escritura, pero también del tiempo, y de mi esperanza, como una espada: un tajo en diagonal y casi sin dejar el más pequeño rastro de sangre.

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