20.1.08

Mil cretins


Esa noche soñé que le arrojaba una jarra de cerveza en pleno rostro a Quim Monzó. Estábamos, por supuesto, en el Dry Martini y mí admirado cuentista (y articulista) se reía de mí a carcajada limpia. He de agradecerle, no obstante, que no me llamara cretino. Aún así, he de confesarlo: no soporto que se rían de mí en público. Afecta directamente a mi autoestima. Este hondo malestar ante la burla pública tiene que ver con los típicos traumas de la infancia y adolescencia y no creo que sea éste el mejor momento para extenderse sobre el tema. Baste decir que no soporto la fracesita “empieza por quererte a ti mismo”. Hay mil cretinos dispuestos a pronunciarla. Se les ve venir a kilómetros vista. Si no la dicen revientan.
En esas estábamos cuando, después de un día más bien casposo, y sin saber qué hacer entre comida y cena, ya que vivir en San Cugat del Vallés y en una casita adosada resulta muy guay pero tiene sus malditos inconvenientes, recalé en casa de Pamira, una buena amiga conocedora de estas contrariedades mías y que un día, harta de verme pasar el tiempo en los cafés o quedándome en la oficina, me había cedido muy amablemente las llaves de su casa.
Y como no estaba nada católico, como ya he contado, me entró un hambre canina, así que husmeé en su despensa en busca de algo que llevarme a la boca. Y como me parecía un abuso de confianza empezar una bolsa de patatas o un bote de avellanas, encontré por fin un paquetito de papel de aluminio, con dos galletas en su interior. De otra persona hubiera sospechado, pero de Palmira, que siempre tenía la nevera llena de restos de comida, cuidadosamente envueltas en Film Transparente, no.
Así pues me enroqué en el sofá y puse la tele dispuesto a disfrutar de las dos galletitas en cuestión, por cierto muy sabrosas. Al rato empecé con las dificultades de visión con la imagen de la tele. Después de toquetear un rato las gafas, acabé concluyendo que el aparato estaba demasiado distante, así que me cambié de lugar, es decir cambié el sofá por el sillón y lo aproximé a la pantalla, pero ni así.
No tardé en aceptar que me estaba mareando, así que, sin ningún remordimiento acudí al dormitorio de Palmira y me eché en la cama. Pero la cosa no acabó aquí. Más bien empezó. Es decir, empecé a preocuparme cuando advertí que no controlaba mis pensamientos, es decir, que la normal asociación de ideas que uno utiliza cuando discurre sin finalidad alguna, para pasar el tiempo, no funcionaba, todo lo contrario, eran los pensamientos los que iban por su cuenta, llevándome de aquí para allá. El acabose fue cuando, más colocado que un fumeta del Raval, exclamé, entre sorprendido y asustado “¡Estoy pensando en color!
Justo cuando exclamé esto, un ruido de llaves anunció la llegada de Palmira. ¡¿Hola?! ¿Quién hay? Ah, eres tú, ¿pero qué haces en la cama? Todo en un plis-plas, natural en ella, claro y se marchó a la cocina y desde allí me seguía contando no sé muy bien qué… ¡en color!
Aquello ya pasaba de castaño oscuro. Pensé en tomarme una coca cola, que como todo el mundo sabe, sirve hasta para desatascar cañerías. Entré en la cocina, y mientras abría la nevera, le dije: no te lo vas a creer pero estoy como si me hubiera tomado un trip. La frase brotó de mis labios de forma espontánea, sin pensarlo, pero Palmira se me quedó mirando y su expresión no presagió nada bueno. Siguió mirándome como si se hubiera olvidado algo. Afuera, en la calle, pero también dentro del piso, ya hacía rato que había empezado a llover y – pensé – quizás Palmira se había dejado olvidado el paraguas…
- ¡Las galletas! Exclamó por fin. ¿No habrás cogido un paquetito de papel de plata de la despensa? Me preguntó, me inquirió, me interrogó, me exigió… Para exclamar, acto seguido ¡Estaban rellenas de María!
Y lo comprendí por fin, aunque poco importaba ya que comprendiera o no porque ya estaba atrapado por el veneno de la risa, y, por si no fuera poco con eso, las palabras de Palmira, adquirieron un color amarillo limón, que pasó en seguida a un azul cian, y en un visto y no visto a un rojo bermellón, en fin todos los colores del arco iris y alguno más de propina. Y entonces, mientras volvía echarme en la cama, sin parar de reír, el armario ropero de color violeta pálido y mis pensamientos de color fucsia, apareció Quim Monzó, ya no sé si en sueños o en la realidad, exclamando: ¡Mil cretins!
Quim Monzó: Mil cretins, Quaderns Crema

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2 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

Genial.
Te hace sonreir parando el golpe de un domingo a última hora de la tarde, ya con todo el presagio de la semana laboral por delante.
Zenquiu.

8:41 p. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

Gracias Popaul!
Por acordarte de este pobre cronopio
Esto de la escritura en soledad a veces resulta bastante duro pero – reconozcámoslo – tiene sus compensaciones.
Yo también sonreía mientras escribía esta divertida historia, tan real como la vida misma
También es cierto que Palmira me vigila constantemente, sobre todo cuando me meto en su despensa y no paro de hurgar en busca de alguna galletita más que le libre de esta tortura china del día a día, patada a patada o cómo diablos se le quiera llamar a este deambular por el árido calendario
Como le dijo Morfeo a Neo: ¡Bienvenido al desierto de la realidad!

2:28 p. m.  

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