27.1.08

Los halcones de la noche


Un sueño… Quim Monzó riéndose de mí a mandíbula batiente. Un descubrimiento… En la vida hay tiempo para todo, para vivir y para morir. Un deseo… Que no sigan por este cabronazo camino de la longevidad y conviertan nuestro “futuro” en un universo de zombis encerrados en prisiones geriátricas. Una súplica… Que no descubran el genoma de la vida eterna… ¡Vaya putada!
Puestas así las cosas, los objetos que no están cobran de pronto una importancia desmedida. Y también el recuerdo de aquel pequeño teatro donde escuché las exquisitas voces de Laia Porta y Andrea Fantoni, cada una a su manera, la primera cantando a lo Bessie Smith y la segunda parafraseando maravillosamente a Julio. Fue ayer mismo y parece que hayan pasado años. El tiempo… una falacia.
Ganas de joder… Unos dicen que todo está escrito y otros que lo está. Nunca se pondrán de acuerdo, lo sé de seguro. Como sé que la guerra eterna entre árabes y judíos no acabará nunca o, en todo caso, se solapará con su reverso. No me caen bien… Ni los unos y los otros. Aunque, en realidad, el que me cae fatal es… El ser humano. Ya sé que somos así. De ahí, probablemente, mi curiosidad. Y ya que hablamos del tema… ¿Qué diablos hacía Dios antes de crear el Universo? ¿Descansar? ¿De qué?
Te cambiarías por… Ese tipo cuyo único respiro, cuya única ausencia de dolor (por favor, no hablemos de la felicidad, por favor) puede ser levantarse por la mañana, con las neuronas frescas y las malas noticias durmiendo el sueño de los justos. Descansando del esfuerzo de la víspera. Tomarse un café, fumarse un cigarrillo y escuchar Kiss me kiss Me de The Cure. ¡A la mierda el funk, el rap, la salsa y el DJing! Es decir: ¡A la mierda el hip-hop!
Te gustaría tener… Un perro. Pero en lugar de eso, utilizas la cabeza sólo para afeitarte la cara. Y los ojos para no verlas venir. Admiras a Julio Cortazar y a Edgard Hopper. Afortunadamente al primero sólo le son fieles los jóvenes hasta que dejan de serlo y, por eso mismo, no sale en ninguna de estos recurrentes absurdos idiotas cinco libros que uno se llevaría a una isla desierta. Será porque sólo los viejos necesitan emular a Robinson Crusoe. Del segundo tienes colgado una reproducción de “Los halcones de la noche” en tu comedor y, no sabes muy bien por qué, eso te tranquiliza, contemplarlo cuando llegas derrotado a casa. Aporta el contrapeso necesario al estúpido y mórbido frenesí del día a día. Sólo con él sientes que la vida se para, que la larga noche se detiene. Todo quieto. Detenido.
Es la hostia que resulte tan complicado quitarse de en medio. Dicen que es cosa de cobardes. En todo caso, diría yo, de desesperados. Además, encontrar el momento y la manera no resulta tan fácil como parece a simple vista. ¿Tirarte por la ventana? Ni hablar. Eso debe doler un montón. ¿Potasio en vena? Vale. Cloruro potásico directo a la vena. No digo que no.
Aunque tampoco debe ser tan fácil como todo eso. Pastillas… Ni hablar. Conozco a uno que la semana pasada se tomó cincuenta ansiolíticos y está como un pimpollo. El tío no dejaba de darnos la tabarra con lo de matarse, y cuando lo intenta, ¡va y la caga!
Edgard Hooper (EEUU, 1882-1967)
Los halcones de la noche, 1942
Material: Óleo sobre lienzo.
Medidas: 72,2 x 144 cm.
Museo: Instituto de Arte de Chicago

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