24.6.06

El león de la Metro


La biblioteca de mi padre se reducía a treinta o cuarenta libros, todos ellos encuadernados con tapa dura, generalmente azul o roja y con el título y el nombre del autor impreso en el lomo. Absolutamente todos los libros eran de Ramón Sopena Editor, Biblioteca de Grandes Novelas, con el texto a doble columna. Y he de decir que, aunque la encuadernación me privara en su momento de poder encandilarme ante esas portadas que ahora nos parecerían kitch, más propias de tebeos, y que entonces lo eran de las novelas por entregas, la verdad es que en aquellos tiempos de paz exigua y roñosa y de fotos en blanco y negro, encuadernar los libros daba un toque de pulcritud, de orden y concierto.
Como la botella de coñac Fundador sobre la mesa. Efectivamente, eran tiempos en que lo mejor que podías hacer era encuadernar los libros, tiempos del “Diario Hablado de Radio Nacional de España” y de los malvados sortilegios de Diastéfano, Puskas y Gento. Tiempos en los que recorría, junto a mi madre, kilómetros para comprar gasolina o carbón ahorrándonos, así, la peseta del tranvía y en los que mi padre trabajaba mañana y tarde, los días laborables pero también los domingos y fiestas de guardar. Para sobrevivir, pero también para burlar a la miseria, aunque fuera por una sola vez y sin que sentara precedente, y poder de esta forma comprarse su ansiada motocicleta Ossa de 125 centímetros cúbicos.
Y por eso, porque el color de verdad, el del bienestar, sólo se encontraba en las películas de la Metro Goldwyn Mayer (¡AAAUUURRGGG!), cuando llegábamos a casa, mi madre y yo (que siempre recuerda (y repite) que cuando aparecía en la pantalla el León de la Metro eso quería decir que la película era de las buenas), nos sorprendíamos de hallar el mobiliario de formica de siempre y, mirando al techo, esa horrible lámpara de lagrimillas tirando a rococó, tan difícil a la hora de sacar el polvo. Y un poco más arriba, el cielo con sus desconchadas huellas. Y, en un hueco del comedor, la nevera de hielo que nunca cerraba bien. Todas esas cosas y muchas más amenazaban nuestro hogar, asediados como estábamos por las goteras y los seriales radiofónicos de Sautier Casaseca, con Pedro Pablo Ayuso y Matilde Conesa en los papeles principales. Cuando todo eso pasaba, y las noticias del exterior procedían de la radio y poco más, encuadernar los libros con tapa dura otorgaba, como digo, una cierta prestancia, un signo inequívoco de lesa supervivencia. Digo yo que era eso, tanto esfuerzo por mantenerse a flote, primero la moto y luego el seiscientos, y la máquina de coser, y el champán de marca y el turrón de Jijona en Navidad.
Los libros lucían, de esta forma, cuidadosamente ordenados en la vitrina situada en la parte superior de mi mueble-cama. Ante mis expectantes ojos, sus gruesas y ásperas páginas amarilleaban claridades inhóspitas. Las extensas mesetas de la Patagonia, por ejemplo, ese territorio con nombre de leyenda y sinónimo de aventura que se fundía imperceptiblemente con la Pampa argentina, y sus ríos de fantasmales nombres que ríete tú de nuestros Duero, Tajo, y Guadalquivir. En lugar de eso, palabras como Negro, Deseado y Colorado danzaban ante mis ojos como arlequines dándome la bienvenida a un mundo al revés, es decir, a un mundo de verdad, sin goteras y donde las puertas no cerraban ni bien ni mal ya que, sencillamente, no se entraba por ellas sino a través de la imaginación.
No fue nada fácil tomar la decisión de adentrarme en aquella sucesión de títulos. La verdad es que nadie me incitó a ello; mi padre los compró en su juventud y pronto olvidó leerlos. Además, él siempre estaba sacándole brillo a su flamante Ossa negra o planeando algún viaje en bicicleta por el Pirineo.
Y debo decirlo porque de no hacerlo faltaría a la verdad: aquellos libros no llevaban muchos años en la vitrina pero en realidad parecían haber estado siempre allí, como las pirámides en Egipto o la Torre Eiffel en París. Desde siempre. Y yo los veía como eso, como una reliquia del pasado pero también como el testimonio vivo de un presente pluscuamperfecto, un presente que daba al traste con las artimañas de la Historia Sagrada, esa con la que pretendían engañarme haciéndola pasar como la verdadera historia y que nos hacían aprender con el eufemístico nombre de Religión. Un presente que también iba mas allá, esa es la verdad, de mi rutinario deseo de que un terremoto, un movimiento sísmico, un maelstrom, un tornado o el mismísimo diluvio universal destruyera el colegio y me salvara de la ignominia de cada día. Soñaba yo en eso: por lo menos un año de felicidad antes de que construyan una nueva escuela.

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5 comentarios:

Blogger Don topo ha dicho...

Los libros son el pasado, amarillean y envejecen al unísono junto a su dueño, ambos están irremediablemente atados.

Sólo queda romper con esa maldición. La solución es eliminar el libro de papel y pasarse al libro electrónico.

12:00 p. m.  
Anonymous Popaul ha dicho...

Parecía que Don Topo iniciaba una observación crítica atinada, hablando de ese envejecimiento y amarilleo conjunto,...hasta que propone esa incómoda abstracción del libro electrónico.

No creo que debamos confundir los útiles de trabajo, muy prácticos ellos, con la cosa en sí...

Me ha dejado destemplado la alternativa.

Un abrazo.

9:26 p. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

Querido Don Topo:
Como dijo Felipe Benítez: “De los libros nos queda lo que nos queda en los dedos cuando atrapamos una mariposa. Los libros leídos se recuerdan como se recuerdan los cuerpos amados o el frescor de las aguas del mar: con la impresión de haber sido dueños de un espejismo que se manifestó en el pasado.”
Quiero decir, que un libro no es sólo una suma de códigos que descifrar. También es un objeto, una suma de sensaciones físicas, el tacto de sus formas, el color de sus páginas y, a veces, el olor de su perfume macilento.
A veces, incluso, nos deja su polvo de mariposa entre los dedos.
Imposible renunciar al deleite de los sentidos.

7:01 a. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

Querido Popaul:
A mi la alternativa de Don Topo me ha dejado helado. Claro que quizás sea otro defecto más de los mios. Soy tan grande que a veces la sangre no me llega a los pies y, los pobres, se me quedan heladitos heladitos... Entonces, voy en busca desesperadamente de un libro-calcetín (también tengo libros-pañuelo para las lágrimas o los mocos) y su calor me reconforta y consuela. Ya sé que puede parecer banal, pero sin el espacio que ocupan mis libros-objeto el equilibrio espacio-tiempo de mi "habitación de Van Gogh" se moriría de dolor, pero, sobre todo, de color. El amarillo huiría y quizás no me quedara otra alternativa que seccionarme una oreja. Como Vincent. Ni más ni menos.

7:10 a. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

Amigos Don Topo y Popaul:
Entonces te ponías de puntillas para echar cinco duros a la máquina del salón de recreativas. Ahora la máquina esá en tu salón - o en tu bolsillo- con pantalla plana de alta definición incluída. Pero por mucho que nuestra tecnología personal haya mejorado, seguro que todavía tenemos sueños oscuros, a veces maravillosos, a veces terribles. Porque, amigos míos, como dijera Sábato tan acertadamente: "De un sueño puede decirse todo menos que es falso." Y ahí va una puntilla de Julio:
"El sueño, esa nieve dulce
que besa el rostro, lo roe hasta encontrar
debajo,
sostenido por hilos musicales,
el otro que despierta."

8:09 a. m.  

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