6.6.06

La farmacéutica


Su farmacéutica era de ese tipo de mujeres que se nota a la legua que no acaban de estar a gusto con su cuerpo. Por no decir con su marido, una especie de poste de teléfonos con pinta de empleado de la Compañía de Aguas que, de vez en cuando, emergía de la trastienda acompañado de un rictus fúnebre y un montón de envases de medicamentos en las manos. Julia, que así se llamaba la farmacéutica, valenciana para más señas, le dijo en una ocasión a Daniel que los gatos tienen una corteza cerebral reducida y que lo que atribuimos novelescamente al señorío no es más que pura limitación. Junto al primer escalón de la entrada al establecimiento, un pastor alemán, aparentemente más manso que el propio Presidente, se dejaba acariciar sin necesidad de mayores rodeos. Y es que Daniel tiene mucha mano con los animales. Cuando se acuesta, lo hace con Sultán, su distinguido y señorial gato común. Se dan las buenas noches, cada uno al otro extremo de la misma cama, y no deja de pensar la misma frase: vaya par de tontos.
- Dicen que el animal cada vez se parece más a su amo – le dijo Julia, dibujando una sonrisa que Daniel hubiera jurado que podría competir, en cuanto se lo propusiera, con la de la mismísima Rita Haywort. Una sonrisa que dibujaba esquinas como las de Matisse, mientras ordenaba al perro que se retirara tras el mostrador.
- Otra mentira más - les respondió Daniel. Yo, cada vez me parezco más a mi gato.
Y ella rió. Una risa enérgica y sonora pero hermosamente modulada.
Nada más lejos de la realidad. Eso de que la farmacéutica es arisca y te lanza un moco por menos de un euro. Daniel lo comprobó desde el día que entró por primera vez en el local. Ella estaba ordenando unos folletos en el expositor del fondo y giró su rostro como Rita Hayworth en esa escena de Gilda, cuando Ballin Mundson (George McReady) y Johnny Farrel (Glen Ford) entran en el dormitorio de Rita y aquél se la presenta como su reciente esposa. Sí, seguro que hubo su buena dosis de fantasía en la percepción de Daniel, pero también es cierto que hay algo de química –cómo se dice ahora, y nunca mejor dicho, en una farmacia– entre él y la farmacéutica. Julia es alta y pelirroja y sus ademanes aparentemente ásperos y ese pronto tajante que la caracteriza sólo espantan a las moscas y a las señoras con el carrito de la compra - o del niño - que no paran de dar la tabarra. Para decirlo claramente: Julia tiene un atractivo fácil de explicar, una belleza salvaje e insultante, apenas oculta por esa apariencia insensible de donde Daniel advirtió enseguida que su “irregularidad”, es decir, lo descarado y espontáneo, su franqueza en definitiva, solo hacen que resaltar la parte esencial y característica de su esplendor.
Por eso, después de dos piropos absolutamente sinceros (y merecidos), un cambio de peinado que la favorecía cantidad y esa sombra de pecas que se reflejaban en el crepúsculo de su sonrisa y que la asemejaba cada vez más a Rita Hayworth, desde ese momento, se creó una complicidad, tan delgada como el cambio de luz al pasar del exterior al interior del establecimiento, una connivencia tan sutil cimentada en cuestiones aparentemente tan banales como la recomendación de un analgésico, un antibiótico o un jarabe para el dolor de garganta. Y queda para la especulación el hecho de que los dos, la farmacéutica y el cliente, comprendieran que su atracción no sólo era oral sino que también tenía que ver con el espacio, como si sus sentidos se movieran con sorprendente agilidad y tan a gusto – como pasa con los gatos – sobre la base de un territorio seguro y estable, el del establecimiento, un territorio tan real como imaginario, tan a tenor de los sentimientos de cada uno. Y a pesar de todo, Pilar, la de la tienda de ultramarinos seguía insistiendo - ¿celosa quizás?- de que a buena parte de la clientela la farmacéutica no acababa de "hacerle el peso".
Por eso, inevitablemente, como una determinación que a la vez les era ajena y les empujaba cada vez más, su relación se movía en ese terreno amable pero lento de las frases convencionales y del intercambio comercial. De las miradas y las risas en aparentemente inocuas. Y fue así como, poco a poco, los consejos farmacológicos, la toma de la presión y la compra exagerada de caramelos sin azúcar cedió el paso a alguna que otra mirada cómplice. Los comentarios jocosos sobre hábitos y variedad de clientes. Los truquis sobre las infinitas combinaciones entre medicamentos. Las confesiones sobre las filias y las fobias. Su risa.
Así, el reducido territorio de la farmacia se había convertido en un espacio acotado y con unos límites infranqueables. Igual que en cualquier juego, en el que las reglas contemplan todas las variantes menos una, la que marca la frontera cuya trasgresión hace que ya nada tenga sentido, se desarrollaban y alimentaban pequeñas historias que quizá no hubieran entusiasmado al mismísimo Tim Burton pero que a Daniel le reconfortaban plenamente. Era una relación, acabó decidiendo, parecida a la que mantenía con su gato, limitados ambos por un territorio fijo (como con Julia), por una órbita lenta y pequeña. Como diría Cortazar, “un gato no viaja, su órbita es lenta y pequeña, va de una mata a una silla, de un zaguán a un cantero de pensamientos; su dibujo es pausado como el de Matisse".
Charles Vidor: Gilda (Estados Unidos, 1946) Guión: Hugo Friedhofer. Fotografía: Rudolph. Rita Hayworth (Gilda), Glenn Ford (Johnny Farrell), George MacReady (Ballin Mundson), Joseph Calleia (Obregon), Steven Geray (Tío Pio), Joe Sawyer (Casey), Gerald Mohr (Capt. Delgado), Ludwig Donath (German), Don Douglas (Thomas Langford), Robert Scott, Lionel Royce, S.Z. Martel, George Lewis, Rosa Rey, Ruth Roman, Ted Hecht.

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