13.7.09

Estúpido Cadillac



Nada de noche de póquer con los chicos. Nada de chicos, excepto los jovencitos. Nada de grupo parroquial, nada de partido revolucionario, nada de ir al bar al salir del instituto, nada de pandilla de baile (lo cual habría explicado las botas que llevo), nada de amores románticos imposibles, nada de nada, excepto estas fotografías clavadas con tachuelas que cuelgan en la pared de mi cuarto, donde se me ve con aspecto de macarra con esas estúpidas punteras que sobresalen de las botas.

Nada de pegarles el rollo a los alumnos, nada de ser profesor regeneracionista, nada de cambiar las mentalidades de las nuevas generaciones, nada de nada. Estúpido un rato. Sí, me dijo a mí mismo, eres francamente estúpido. Y todo lo demás. Vanidoso, vengativo, mentiroso, fraudulento y adúltero. Y estúpido. No obstante…

No obstante, quién puede esperar algo más de un chico de postguerra. Los chicos de la posguerra y de los putos planes de desarrollo no éramos modernos, no éramos nada, ni siquiera llegábamos a neorrealistas. Danzábamos con esa cara de imbéciles por las calles sin asfaltar, con nuestros pantalones cortos y el estúpido tirachinas. Y casi todo lo hacíamos en blanco y negro. Por eso mismo, acabé convirtiéndome en un vulgar fumeta, un cocainómano de mierda, hasta hice de camello una corta temporada entre esa panda de mamarrachos que se chiflaban tanto por el colorido de los automóviles americanos de los años cincuenta y de la señora Harley Davidson. Cubiertas de negro, y con los guardabarros plateados.

Escondía como podía la droga en la habitación que compartía con mi hermano. Cuando entraba y él dormía, no encendía la tulipa rosada del techo, que daba a la habitación un tinte de hálito pálido que parpadeaba, escondía la coca en la caja de selección de cedés de King Crimson y me quedaba tumbado en mi cama oyendo las olas o ni siquiera oyendo las olas, sin oír nada.

Difícilmente podía colgar el póster de un Cadillac último modelo, o de la Harley, porque el mercado no ofrecía estos productos o porque mis padres se negaban terminantemente a ensuciar esas paredes que tardarían su tiempo en ser pintadas de nuevo. O por lo primero y lo segundo y, además, porque mi hermano me los hubiera arrojado por la ventana del patio interior. No en vano mi vida siempre había sido cuartelaria, con aquella foto del general Franco en la pared del aula. El militar que llegó a general más joven en Europa, afirmaba el burro de mi profesor de Historia.

Pero sí tenía una foto de Ursula Andrews, que cada mañana, al despertarme, me susurraba al oído: “No es una pena, Joe, que no quieras comprarme… cuando eres la única persona a la que podría venderme”.

Para empezar el día, nada mejor que un “revolcón” con Ursula, ya me entienden. Y es que fantasear con otros mundos acababa aburriéndome. A no ser que alguien estuviera dispuesto a regalarme un Cadillac último modelo, modelo años cincuenta, por lo menos, que son los que me vuelven loco. Uno de color rojo pastel o azul turquesa, inmensamente largo y descapotable a poder ser.

Y esa ilusión me aligeraba un poco, no demasiado esa es la verdad, de esa ansiedad que tanto me disminuía ante los adultos. De una responsabilidad agobiante ante mis padres y ante el mundo, que esperaban un día tras otro que creciera, que demostrara algún atisbo de madurez. Y por eso mismo, cuando no podía más, cuando me entraba el “bloqueo”, me calzaba mis viejos zapatos y salía a la calle, como un aventurero en esas selvas de ojos fulgurantes que sólo existían en las novelas que devoraba por las noches. Me montaba en mi Cadillac imaginario y enfilaba una de esas carreteras interminables cuyo confín se perdía más allá de mi mirada. Más allá de las montañas y los ríos.

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