16.6.09

Matrix (Agente Smith)


Lo frecuente en él es que aparentase ser un tipo cualquiera. Quizás motivado porque ni siquiera recordaba en qué tiempo y lugar se le había ocurrido la quimérica idea de que era algo más que un soldado raso, quizás un capitán como el de los tebeos que devoraba en la niñez y buena parte de la adolescencia. Tampoco recordaba cuando comprendió, de repente, que con tantos arranques de melancolía mal capitán podría ser. Por qué, cuando y cómo, empezó a sentir que ya no valía mucho. Porque le parecía que no era tan bueno como otros… que no debería convivir con gente incapaz de hacer lo que él estaba haciendo: urdiendo sutiles estratagemas para que la gente se fijara un poco más en él y descubriera, tras las apariencias, sus profundos sentimientos, concediéndole de esta manera el beneficio favorable de la duda.

También era frecuente que en sus sueños se paseara por una avenida salpicada de relojes blandos sin minutero, lo que le permitía experimentar la agradable sensación de tener visiones con el pedigrí de Ingmar Bergman o Salvador Dalí. Esa tarde, le despertó una sirena parecida a la de una fábrica de tornillos, interrumpiendo bruscamente su reparadora siesta. Se levantó lentamente, imitando lo mejor que pudo los movimientos de un ser animado, dirigiéndose hasta donde, más o menos, intuía que procedía la algarabía acústica, sin saber muy bien, esa es la verdad, lo que estaba haciendo, mientras experimentaba la sensación de que alguien le hubiera envuelto la cabeza en arena de la playa, acompañada de sus correspondientes chapas de botella y colillas de cigarrillos...

Abrió la puerta, aunque en el breve trayecto antes de llegar a ella ya se había predispuesto a agradecer, fuera quien fuera el supuesto inoportuno que había pulsado el timbre, que alguien le tuviera en cuenta, aunque fuera para venderle, incluso la tímida y retraída vecina del piso de arriba, que sin duda había pasado sus buenos sufrimientos antes de decidirse a recorrer los dos tramos de peldaños irritables que le separaban del segundo piso, para rescatar la prenda que en su caída había quedado trabada en el tenderero del taciturno vecino que habitaba en él. Pero en lugar de la vecina se encontró con dos individuos. Éstos sí parecían saber a lo que estaban. Eran dos operarios de Roca Condal.

Ni tan mayores como él, ni tan jóvenes, sino todo lo contrario. De rigurosa indumentaria y buena planta y, en todo caso, frescos como un bollo de panadería a las ocho de la mañana, parecían recién salidos de un cursillo de comunicación no verbal y destrezas mercantiles. Le miraron, impertérritos -como si la palabra sorpresa hubiera sido borrada tiempo ha de su diccionario-, al encontrarse con su rostro soñoliento de prejubilado en posición de descanso y una cierta pinta de deshecho humano sin afeitar, desmañado, con pijama a rayas, como un vulgar presidiario. Y más si tenemos en cuenta que no había tenido tiempo ni de peinarse ni de arreglarse las solapas del pijama y estaba en situación de advertir el efecto que producía ante los imprevistos visitantes el mapa que la vejez le había dibujado bajo los ojos y en los pómulos.

Experimentó la clara sensación de que ni dándose de narices con un jugador de jockey sobre hielo, con el equipo completo (patines con armazón de aluminio, palo con caña de titanio, máscara con celdas de alambre, hombreras y pads, etcétera) les alteraría de la misión que los había conducido hasta su casa: reparar la caldera de la calefacción. Avería código 06: bolsa de aire. Ellos dirían dónde.
Y él seguiría sin enterarse de la misa la mitad. “Somos los del gas”, afirmaron, con la misma rotundidad que dos agentes de Matrix.
Cuando firmó el "conforme", el más cercano al tipo Matrix, es decir, Smith, el oficial primera de mantenimiento, se lo quedó mirando y, sorpresivamente, le soltó, ¿Oiga...? Esto... ¿Usted no es escritor... y publicó un libro, y quebró la editorial, y…?
- ¡Bingo!
Y comprobó, un tanto avergonzado, esa es la verdad, que bastaba con un motivo amable en el árido páramo de su corazón para hacer nacer un brote de ilusión en su desánimo. Que todavía podía inspirar en alguien tan “profundos” sentimientos. Al fin y al cabo –pensó, feliz- ser recordado es algo así como no estar muerto del todo. Aunque también fue consciente de que, en la anterior avería, debería estar bastante necesitado de conversación, cariño y reconocimiento mutuo y (según constataba ahora, no sin cierto rubor), le endosó el rollo de su último libro, el mismo cuyos ejemplares no vendidos reposaban, cuidadosamente ordenados, en el interior del cajón móvil de su cama.
Así pues, en ese momento supo con certeza que no era totalmente un fantasma. Que en algún recóndito lugar de su imaginario autocompasivo todavía quedaba un resto de esperanza. Y, animado por tal perspectiva, ilusoria es cierto, endeble si se quiere, cogida por los pelos, pero real al fin y al cabo, y una vez los portentos del gas, cual agentes de la condicional, se marcharon con sus maletines a cuestas y su sobrio agradecimiento por la exagerada propina recibida, se abalanzó sobre su vieja máquina de escribir, se desembarazó como buenamente pudo de las telarañas que lo cubrían desde tiempo ha, y se puso a escribir su próxima novela con una inusitada y febril devoción. Golpeando rabiosamente el teclado, como si en ello le fuera la vida.

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