6.5.08

La tercera cita


A la tercera cita, la besé. Aquel día habíamos ido al cine con otros amigos y nos sentamos juntos. A partir de la mitad de la película, más o menos, empezó a llorar y ya no paró hasta el final. Luego, los demás se fueron de copas y nos quedamos solos. La acompañé a casa y la verdad es que, en el trayecto, no hablamos demasiado. Cuando, en el portal de la escalera, me acerqué lentamente y puse mis labios sobre los suyos, ella cerró los ojos en silencio. Tenía un montón de excusas preparadas por si me rechazaba o simplemente apartaba la cara, aunque sólo un par de ellas, o quizás sólo una, o ninguna, eran suficientemente convincentes. Lo cierto es que no tuve necesidad de usarlas.
Tampoco fue como para tirar cohetes. Fue un beso sin lengua, sin caricias, ni arrumacos ni nada parecido. Un beso de buenas noches. Podríamos llamarlo así para ser benévolos. También es verdad que, sin ser la caída del muro de Berlín, de ningún modo supo a negativa o a cortesía de medianoche.
Aparte de eso, tampoco me quedaban demasiadas alternativas. Si hubiese decidido marcharme en busca de los límites del planeta me hubiera pasado lo que a los aventureros de otros tiempos. Hubiera acabado perdido en el corazón de las tinieblas, para no regresar nunca jamás. Al fin y al cabo, que la Tierra es redonda era un secreto a voces y yo me hallaba preso en una esfera de carbono hurgando en el espacio en busca de estrellas y planetas a miles de millones de años luz.
Fue un beso para la paciencia. No daba para alardear de ello al día siguiente, en el instituto, pero fue suficiente como para que me pasara todo el viaje de vuelta, “escuchando” el Mesías de George Friederic Handel sin necesidad de darle al radiocasete y, también, para dibujar mentalmente promesas con los lápices de colores de mi imaginación. Tampoco era el momento de hacerse grandes preguntas, porque todas confluirían inexorablemente hacia una única respuesta, y esa respuesta es que no había respuesta. Si Dios era el cosmos, o viceversa era algo que nunca sabría, cuestión que por sí sola ya demostraba la fortuna del ser humano en saber solamente lo justo y necesario como para no dar rienda a su desesperación. En mi caso concreto, significaba, sin embargo, poder sumergirme en el poso de esa secreta e insondable fórmula que posibilitaba que un acto aparentemente tan pueril como un beso produjera la injustificada alegría que me embargaba, y cuyo ardor pervivía todavía mientras buscaba un hueco donde aparcar e, incluso, cuando subía las escaleras de casa, y así hasta que, ya dormido, me llegaban todavía los hermosos cantos del Messiah. Como cometas vagando por el espacio.

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