12.12.07

Pura hemorragia interna


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Como un fotógrafo sin cámara, como un soldado sin fusil, como un árbol sin hojas. Cuando me invaden las imágenes, como se supone que sale la sangre a borbotones cuando le abren a uno en canal, cuando ocurre todo eso y no estoy en el escritorio, ni siquiera en un bar, ni en cualquier otra parte donde pueda anotar lo que ocurre en un triste papel, me siento terriblemente desamparado.Porque no pido un ordenador. Sólo un papel, una vulgar servilleta, pero no, una servilleta sería del todo insuficiente para volcar todo lo que ocurre en mi mente. Porque no pasa: exactamente sucede. Ya lo he dicho: es pura hemorragia interna, un chorro de tinta, un pico en plena vena, un aluvión de palabras que configuran un texto único e irrepetible. Y es que el poder de las palabras es infinito y el conjuro del texto lo puede todo. Tampoco son ideas, en el sentido espacial (geomorfológico) de la expresión. Para ser precisos, son menos corpóreas, menos pesadas que una idea, más ligeras de equipaje. Quiero decir que no requieren de la sabiduría tanto como de la poesía, o de la intuición, si prefieren una expresión menos ostentosa. Digámoslo de una vez: son revelaciones. No son multitud pero sí suficientes como para colmar el vaso de un escritor abstemio. El trance del escritor en estado puro. Quizás sea eso que algunos individuos, algo despistados y arropados de un espíritu minimalista, llaman inspiración y que no tiene nada que ver con la inspiración ni con la respiración. Es mucho más que eso, más que la realidad envasada en plan regalo. Me refiero a la definitiva asociación de las palabras en toda su magnificencia y derroche de detalles, y cuando digo detalles me refiero a ese millón de menudencias, acaso pinceladas, que se escapan y se esfuman en la vigilia y que ahora, en plena duermevela, se revelan como sustanciales: esos detalles aparentemente intrascendentes y triviales y cuya cobarde renuncia puede arruinar la mejor reputación. Es como el sudoku de la vida, que de pronto me revela todos sus secretos, que pasa de ser un rompecabezas, un crucigrama vacío a una obra completa, desbordando su sentido.
Como un director de orquesta sordo que se empeña en dirigir sus últimas sinfonías. Como un poeta maldito dedicado al tráfico de armas que renuncia a escribir su obra maestra. Sí, a diferencia de un fotógrafo sin cámara, al que le sobran las palabras, a mi me sobran las ideas, castigo donde los haya de un escritor neurótico y obsesivo perdido en el jardín, en el laberinto del ADN y sus cromosomas, bailando el twist justo cuando tú te hallas enrocado sin poder escribir porque la revelación desembarca o, mejor, atraca, al otro extremo del papel, en plena hemorragia interna y sin un mal enfermero que te socorra, y tú gimoteando, patético en tu miseria, en tu sobrevenida sordera, metido hasta el fango en un jardín que ni te va ni te viene, descifrando el maldito sudoku de tu mala suerte mientras gritas, exiges, lloriqueas en demanda de una tregua que te permita escribir lo que piensas y no al revés. Y acabas revelándote contra ti mismo, al borde de la paranoia más idiota que uno haya conocido: “Por favor, quieres hacer el favor de callarte un momento, por favor, y darme papel y recado de escribir.


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