11.4.07

La muerte de Tito

- ¡Al patio!
Ordenó la profesora de Historia del Arte, con la que casi todos flipábamos porque tenía una áurea de Diosa, una belleza especial que pa qué, y eso teniendo en cuenta que los presentes éramos perros de presa del milagro económico de los sesenta y con el tiempo saldríamos de allí hechos unos potentados chupatintas, reparadores informáticos, vendedores (o agentes comerciales, como se prefiera), directores de oficinas bancarias o, a lo más, protésicos dentales, pero ninguno filósofo, ni nada que se le asemejara ni de lejos.

- ¡Al patio!
A lo que Tito y yo respondimos airados
- ¡Pero ha visto usted el frío que hace!
Claro que no estaba nada claro de qué nos quejábamos, porque el país era un témpano y, por justa correspondencia, al aula situada frente al patio la designábamos la nevera porque todos los alumnos acabábamos con los abrigos y tabardos puestos y mirándonos los pies con el justificado temor a que se nos quedaran congelados.
Con Tito apenas había cruzado alguna frase de obligado cumplimiento en lo que iba de curso. Ay, pobre Tito. Más bien de alzada corta (“enano” lo llamaban los que más presumían de navajeros) y mirada extinta, su porte aniñado aunque cuidadoso se correspondía con el vestuario del operario industrioso que se muda de gentil para ir a la academia. Con su chaqueta oscura y su suéter de pico, Tito pasaba casi desapercibido, siempre tan comedido y buen chico y sin meterse con nadie. Porque, todo sea dicho, fui más bien yo quién respondió:
- ¡Pero ha visto usted el frío que hace!
Y no él. Y como tampoco se trataba de darnos de besos por la fortuita coincidencia en la, por otra parte, benévola condena (¡Bienvenido eso de dejar de escuchar las maravillas del arte etrusco!) nos vimos en la obligada tesitura de conversar un rato y, desde luego, no mencionamos en ningún momento que el Universo se expandía (no sabíamos muy bien por qué), ni que el tiempo se parecía cada vez más a un queso de gruyere (por los agujeros) ni que de mayores nos columpiaríamos entre lo que deseábamos y lo que debíamos hacer, que eran algunos de los temas que nuestra profesora, en franca complicidad con el profesor de ciencias, deslizaban de vez en cuando, y sutilmente, en nuestros coloquios, sobre todo cuando les asaltaba el temor de que nuestras caras de aburrimiento ante el arte corintio o el logaritmo neperiano evolucionaran irremediablemente hasta un estado catatónico de esfinge egipcia.
Más prosaicos que todo eso, nos deslizamos por el terreno conocido de los estudios y la perspectiva laboral. Como si viajásemos en ascensor, sólo nos faltó hablar del tiempo, pues era del todo evidente que el progresivo entumecimiento de nuestros miembros no presagiaba nada bueno. Tito trabajaba de electricista, de ascensores precisamente y, como además de serio era tímido (aunque quizás más lo primero que lo segundo), tardó un poco en desvelarme su ilusión por el asunto de la mecánica y la electricidad. Y como a medida que hablaba, más se animaba, me apabulló con tal serie de tecnicismos acerca de su inminente futuro profesional, contándome cómo pronto dejaría de ser un vulgar aprendiz para convertirse ¡ZAS! En oficial de segunda, y de allí a maestro Técnico Ascensorista. A mí todo eso me pilló con el paso cambiado. Quiero decir que me sonó a chino mandarín porque, aparte de mi conocido deseo de convertirme en el quinto miembro de los Beatles, el menda no tenía fundamentos ni sólidos ni reales para ser absolutamente nada en esta vida.
- ¡Vaya con Tito! - recuerdo que pensé.
Fue dos días después, al salir de la oficina, seis y media de la tarde en la calle Mallorca esquina Castillejos, cuando Martínez cruzó la calzada, se me acercó y, sin más preámbulos, me escupió a la cara:
- Tito se ha muerto
Y lo dijo sin emoción aparente, con aquella displicencia adolescente libre de toda culpa. Igual hubiera dicho hoy no hay clase, o ¿vamos a echar una partidita al futbolín? Lo mismo, con la indiferencia y la inocencia de aquellos que por no decidir, no decidíamos absolutamente nada y que, como contrapartida, no nos sentíamos comprometidos con ningún aspecto de la realidad más allá del pequeño círculo de tiza con el que marcábamos, ingenuos, nuestro invadible territorio.
Tito se ha muerto. No Tito ha muerto (con este tiempo verbal tan impersonal, como si la cosa no fuera con nosotros), exclamó Martínez como si dijese, mientras masticaba su eterno chicle: Cervantes perdió su mano en la batalla de Lepanto. Estaba trabajando en la base del hueco del ascensor cuando, sin saberse cómo, el ascensor se soltó y cayó en picado. Y lo aplastó, claro. Papilla, oye, quedó hecho papilla. Puré. Y dicho esto, Martínez, que parecía tener prisa, se despidió sin malgastar una palabra más, alejándose Castillejos arriba, dejándome a solas con la mancha sanguinolenta de Tito en el pozo de un viejo edificio del ensanche, así, sin más.
Entonces sí, entonces fue lo del regusto amargo en el paladar. ¿Qué quería decir eso de que Tito había muerto? La muerte era una abstracción, algo ajeno que sólo afectaba a los demás. Y Tito por el albur de un azar, por un resquicio de la casualidad, había dejado de pertenecer a los demás. No lo dije porque, entre otras cosas, no tenía a quién decirlo:
- Si ayer mismo estábamos hablando como si nada.
Pintura de Rafael Ferrándiz Crespo
Acrílico/tela 100 x 81 cm

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