10.4.07

Otro invierno


- Otra semana santa, y con la lluvia, la última bocanada de otro invierno.
Me dije, consciente, una vez más, de que el tiempo es algo más (o algo menos pero, en todo, caso, no eso exactamente) que el sucederse de los días laborables y festivos en el calendario (cada día emite las mismas ondas, que diría Virginia Woolf) mientras, entre otras noticias de menor interés, voy siendo informado puntualmente de que el Universo se expande.
Y a mí, plim.
Lejos está es inocencia que vemos a veces reflejada en los rostros de tantos adolescentes. Este desorden radiante que nos ilumina cuando se expresan atropelladamente, con el ansia de esa otra persona, que llevan dentro, que aparecerá muy pronto y que no siendo la última ya vive por sí misma, caja rusa que sólo termina con el último descubrimiento... porque si por algo es digno de vivir el primer tiempo de los tiempos de cada uno es porque es nuevo.
Por eso, cuando suena el timbre, la llamada de lo nuevo, que a los mayores nos parece la mayoría de las veces tan prosaico e, incluso, banal, mientras ocultamos tras nuestra aparente condescendencia nuestra envidia por su tiempo más lento, pero también por su asombrosa capacidad para la intensidad en la reiteración: el mismo compacto una y otra vez, el mismo partido de fútbol, la misma esquina donde languidecer. Vuelan como pájaros de alambre. Sin cuidado alguno por los modales y las buenas costumbres, y todo eso ante la viva estampa de padres y abuelos, la patética resignación de estos últimos, incapaces de recordar que una vez fueron jóvenes, y ya está bien así, porque podría ser todavía peor, porque su memoria está plagada de traiciones, que de tanto marear la perdiz acaban convirtiendo los recuerdos en una castaña.
Así, aunque todavía sea capaz de prever la futura melancolía de este instante. Aunque ante mí tenga otro invierno que, pese a parecerse a los inviernos de otros años, sé muy bien que ya es otro. Estación que llega con su caricia húmeda y un rostro diferente, el mío a los quince años, pasmado ante el espejo, contemplándome desnudo y desgarbado, calándome los huesos, entristeciendo mis alegrías, socavando mis preguntas sin respuesta. Y por todo eso, todavía me sorprende más mi actual falta de imaginación, mi estulticia en definitiva, cuando, cuarenta años más tarde, y mientras Claudia, la encantadora Claudia, doce años recién cumplidos, con sus ojos catapultando estrellas de colores, canturrea “¡Help!” de los Beatles, esa canción tan difícil de tararear, y me dice que el más guapo de los Beatles es Ringo Starr, y el más interesante John Lennon, y el sobrevalorado Paul McCartnet, entonces recuerdo como mi voz al contestarles – a los adultos- sonaba también diferente, aflautada, hueca y ajena, como si otro ser naciera de mí y en el momento más inoportuno.
Qué oportunidad de mantenerme calladito: ¿Por qué diablos le hago a la niña de las estrellas de colores la misma pregunta que tanto me fastidiaba que me hicieran a mí?
- ¿Tienes novio, Claudia?
La repera.
Fotografía de Ferrán Jordà, p
ublicada en LITERATUYA

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