8.4.06

Cadillac


Cuando sea mayor, pensaba Luis, seré conductor de tren. Así de sencillo.
Los chicos de la postguerra y de los planes de desarrollo no eran modernos, más bien eran neorrealistas. Danzaban por las calles sin asfaltar con pantalones cortos y el tirachinas. Y casi todo lo hacían en blanco y negro. Por eso mismo, reflexiona ahora Luis, se chiflaban tanto por el colorido de los automóviles americanos último modelo y por las estrellas del balompié. En la habitación que compartía con un hermano, difícilmente podía colgar el póster del Cadillac o de Ladislao Kubala, porque el mercado no ofrecía estos productos o porque sus padres se negaban terminantemente a ensuciar esas paredes que tardarían su tiempo en ser pintadas de nuevo. O por lo primero y lo segundo y, además, porque no se le ocurría ni pedírselo, de disciplinado que era. No en vano su vida era más cuartelaria que nunca, con aquella foto del general Franco en la pared del aula. El militar que llegó más joven de Europa, afirmaba su profesor de Historia.
O aviador. Eso mismo, sería aviador y cruzaría el Atlántico como lo hizo Lindberg.
Y es que para fantasear con otros mundos y otros naves le bastaban los cromos: El Cadillac era un coche de color rojo pastel o azul turquesa, inmensamente largo y plano, aerodinámico, por supuesto, con una fabulosa antena curva oteando hacia el cielo. De una belleza áurea, inalcanzable y muy americana, sino, no era un Cadillac.
También estaban las cajas de cerillas. Como en casa todavía no había televisión ni llegaban los periódicos, Luis debía confiar en los dibujos del anverso de las cajas de fósforos. Así pues, Ladislao Kubala era probablemente rubio y con unos muslos gruesos y sólidos. Kubala casi siempre posaba para las fotos y calendarios con los brazos en jarra, sujetándose las caderas, el balón quieto, reposando sobre el césped junto a uno de sus pies. Esa imagen sugería lo que ya sabíamos, que el jugador era el amo del dribling. Pero es que, además, no existió nadie como él tirando los penaltis. Luis no recuerda muy bien si se trataba de una leyenda o si efectivamente lo escuchó por la radio, como le cuentan sus recuerdos: en una ocasión le dedicó a su madre, recién llegada del otro lado del telón de acero, la ejecución de un penalti. Y la hizo, la dedicatoria, antes de lanzar aquella “falta máxima”, como un torero antes de matar al toro, tan seguro estaba de no fallarlo. A todo eso Luis ya tenía claro que, de mayor sería un malabarista del balón.
Y esa ilusión le aligeraba de esa ansiedad que tanto lo disminuía. De esa responsabilidad agobiante ante sus padres y ante el mundo, que esperaban un día tras otro que creciera, que demostrara algún atisbo de madurez. Y por eso mismo, cuando no podía más, cuando le entraba el “bloqueo”, se calzaba sus viejos zapatos y salía a la calle, como un aventurero en esas selvas de ojos fulgurantes que sólo existían en las novelas que devoraba por las noches. Se montaba en su Cadillac y enfilaba una de esas carreteras interminables cuyo confín se perdía más allá de su mirada. Más allá de las montañas y los ríos.

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