1.8.11

La defensa francesa



Rick Blaine está jugando al ajedrez contra sí mismo (las reglas del juego también están para jugar contra ellas) cuando le acercan un talonario para que garabatee su conformidad. En la parte inferior del talón vemos claramente el día y el mes: tres de diciembre. El año queda fuera del campo de la cámara, aunque ese dato nosotros lo conocemos perfectamente. Se trata de 1941. Quedan cuatro días para que los japoneses ataquen Pearl Harbor.

Esto no es Casablanca ni yo Rick Blaine, eso ya lo sabéis vosotros de sobra,  aunque ya me gustaría dejaros en paz de una vez (and viceversa) y anclarme en un Café de alquiler (por favor, nada de hipotecas por favor), Le Café Pierre, por ejemplo, y contemplar como pasa la gente, sin tanto humo. Desde que salió la Ley que permitía no fumar, como bien dijo la inteligente y socarrona Maite, aunque siempre marcando las distancias, todo se ve más claro. Esto es París y aunque no es exactamente una fiesta sí que lo es mi barrio (quartier) repleto de restaurantes turcos, tunecinos, hindúes… donde no te encuentras ni por casualidad a la francesita chic con los labios de un rouge dibujado con punta fina, un peinado impecable y unos ojos azul turquesa (sic) que te cagas, ni el chico de tez blanca como la leche con ojos como navajas de afeitar y cierta  prisa, corbata y maletín.
No, que va, aquí todo son putonas potentes, o simplemente hermosas como un rinoceronte, que diría Dalí. Sí, en la rue des Petites Ecuries, cruce con Saint Denis (donde mi chica y yo vivimos temporalmente), antigua carretera a alguna parte, lo negro es casi bello y, desde luego, jamás “bajito”. Todos ellos campeones de “altura”,  la mayoría de buen porte, la mayoría con su particular elegancia donde abunda la chaqueta o el pantalón blancos, porque mola su contraste con la piel negra, porque sólo algunos delaten un cierto aire macarra… Parece que vivan en des Petites Ecuries, rondando la calle todo el día, como montando guardia frente a toda una hilera de coiffeures cheveux afro siempre a rebosar donde les pintan –o les ponen de postizas e infinitos colores- las uñas a las jovencitas con rasta que anuncian ya, a su incierta edad, sabrosos culitos de pera, las que sus mayores lucen, despampanantes, con unas tetas que se salen de las órbitas de sus escotes y de mis ojos, barriendo con sus desbordantes caderas la acera de energúmenos con bermudas y cara de pato como el que suscribe. ¡Qué contraste con los refinados y retraídos hindúes! No por ello, todo sea dicho, menos atractivos que Brad Pitt… Pero ahí están los mastodontes: un café noir en cada puerta, en plan Babilonia.



Aquí me tenéis, pues, en París siempre vale una fiesta, un mozo como yo, en plena primavera de su vejez, que cumplo los sesenta el mes que viene y, aunque me la traiga floja, confieso que ya empiezo a estar un poco harto de tanto ir y venir por este  planeta Tierra, ¡cómo no!, acompañado siempre por mi oscuro pasajero. En París y con un único libro de cabecera, el bueno de Bill Bryson: “Una breve historia de casi todo”, donde explica, como si lo hiciera para niños de ocho años (toda una habilidad) que el Universo no se entiende bajo cualquiera de las perspectivas newtonianas, o sea, que el universo no es finito ni infinito, sino todo lo contrario: el universo es el universo y lo demás es nada. Nada de verdad, no de la que se encuentra en el Corte Inglés o en las Galerías Lafayette. Y, aunque dicho así parezca una entelequia, una tautología o simplemente una idiotez, la madre que parió a Edwin Powell Hubble, Albert Einstein y compañía, pues entre mi amigo Bryson y la rasca y ventolera en el Bateau Much, no he tenido más remedio que pasar de la jornada completa de Lisboa, Praga y Nápoles, a la más amable y compasiva, también llamada "reducida" (es decir, de 9 a 15 horas) pateando las calles de París y por las tardes siestear dos horas como tienen reglamentado las Morsas, se hallen en su medio natural o exiliadas como el menda.

Esto significa levantarme con un cafetera de las grandes tatuada en la frente, poner a Louis Armstrong, "That Old Feeling", ese disco mano a mano entre el mencionado trompetista y el gran Oscar Peterson, descargar las fotos del día, fumarme un canuto y esperar a que mi querida esposa se despierte después de una exhausta  "journée complète à le mer", en la que se incluye una compra de zapatos después de probarse cuarenta (había oído hablar de eso pero siempre pensé que era una leyenda urbana fomentada por las multinacionales del calzado o por una campaña antitabaco.

Aguarden… Ahora mismo acaba de aparecer, arrastrado su hermoso camisón de algodón en rama directa hacia el lavabo, musitando un enosdías como para niños de ocho años, y al salir, ya un poco más despabilada lo primero que ha dicho es "¡Qué asco, esto huele a tabaco! Ah, les femmes... lo mejor de ellas son sus andares de princesa (es decir, el morbo y el sexo, en este orden) y lo peor… ¡Ay! Lo peor es que siempre lo quieren TODO. Así, cuando uno juega con las piezas negras no le queda otro remedio que recurrir a la “defensa francesa”.

Rick también juega con las piezas negras y, como no podía ser menos en territorio “libre” de la Francia de Vichy, lo hace con una defensa francesa. Una defensa “valorada por algunos entendidos – nos cuenta Manuel Rodríguez - como difícil de jugar para el negro”.

"Esta es, digamos, la posición inicial, donde comienza la escena – prosigue Manuel Rodríguez- , y les toca mover a las blancas. Rick está en el lado de las negras. Es una defensa francesa, valorada por algunos entendidos como difícil de jugar para el negro pero en la que puede haber una larga lucha. Es sobre esta partida donde medita Bogart, y en la que, a lo largo de toda la escena, efectúa ya un solo movimiento, pues Peter Lorre aparece y comienza a contarle algo que merece la pena escuchar, y aunque no parece que Bogart descuide el juego, es evidente que la concentración ya no es la misma. El movimiento que hizo con blancas es Cb5."

Rick hace como que no se entera pero, francamente, yo creo que acaba descubriéndolo a medida que Ilse (Ingrid Bergman) deja de convertirse en un recuerdo y se convierte en una realidad pura y dura. Sí, ya lo sé. ¡Bien que lo sé! Aparece con su belleza resplandeciente, aunque acompañada de un combatiente con cara de estar por otros asuntos y un policía de uniforme con pinta de Louis de Funès.

Se ha enfatizado mucho sobre la pregunta de Ingrid Bergman a Michael Curtiz: Pero... ¿De quién estoy enamorada, de Rick o de Laszlo?  Respuesta del director: tú, de momento, haz como que de los dos. Lo que nos lleva directamente a otra pregunta idiota: ¿Puede enamorarse uno de dos personas a la vez? Luego está lo de la atmósfera del Café Rick's, Sam tocando Knock on wood. Sam tocando otra vez As time goes by. Sí, lo de caer en la tentación de creer en la magia de pensar que el mundo puede ser un café, o poco menos. Y el pasmo de la peli: Todo preparado para el primer plano Ilse, imposible encontrar rostro más luminoso, presencia más resplandeciente, contención más expresiva.

No he oído cosa más absurda (y por eso mismo, “enternecedora”) que la parrafada final de Rick a Ilsa. Y el remate final del nacimiento de una bella amistad, con Claude Rains ya es virtuosismo puro. Rick está cansado de aventuras inciertas, y la relación con Ilse lo es de todas, todas. No hay segundas partes buenas. Su renuencia inicial a ayudar a los buenos, aunque finalmente se deje arrastrar por los acontecimientos, es una muestra de ello. Bajo su capa de cinismo se esconde una honorable indiferencia (que no cobardía) ganada a pulso. Rick deja que Ilsa se vaya con Dios porque sabe que París no volverá, que esto de la pareja requiere un esfuerzo, que segundas partes nunca son buenas. Él lo que quiere es quedarse tranquilo con su café, sus trapicheos con Ivonne y sus partidas de ajedrez, que siempre evolucionan como a él le da la gana ("¡De todos los cafés que hay en el mundo, ella tuvo que venir al mío!”). Honorable deseo que, a la vez, convierte en honorables a todos los que alguna vez perdimos alguna batalla y acabamos reconociendo que, a veces, es mejor que siempre nos quede París que ninguna parte, pero que, en todo caso, ya estamos a gusto con la molicie de nuestra rutina y nuestras manías, sin necesidad de que nadie, hombre o mujer, nos diga qué tenemos que ponernos, ni que película hay que ir a ver.

Manuel Rodríguez: La variante Casablanca, (METAJEDREZ)
http://chessmagic.juntaextremadura.net/modules/news/article.php?storyid=350
 

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