23.4.07

Nunca querré saber su nombre

Llegué a la cafetería más tarde que de costumbre, así que la camarera ya estaba preparando las mesas para la comida.
- Siempre lo mismo – dije yo, con el mismo apunte de jovialidad contenida de siempre, mientras encendía un cigarrillo
- Sí – respondió ella, afable - Cada día vuelta a empezar.
Miles de situaciones como ésta me llevaron, ya en su momento, a la conclusión de que, contrariamente a lo que han afirmado verdaderos entendidos en la materia, desde Empédocles hasta el Taoísmo chino, respecto a que el cuerpo humano está compuesto por agua en un 75, 80 o, incluso, un 90 por ciento, y, según mi propia experiencia, el ser humano (exceptuando casos excepcionales, Frank Sinatra por ejemplo, él no era humano y tampoco sus canciones) está constituido, aproximadamente, de un cincuenta por ciento de agua y otro cincuenta por ciento de costumbre.
Ya lo debería saber a estas alturas pero muchas veces lo olvido: sin la trascendencia me extinguiría, pero es que sin la banalidad me daría un pasmo de tomo y lomo. Detesto la pedantería, la petulancia y la suficiencia, pero todavía me da más dentera la afectación. Quizá por ello me fascinan las personas vulgares y corrientes. Como ahora yo mismo. Por eso cuando se produce la conjunción astral entre una persona corriente y que esa persona sea del sexo femenino, me da un ataque de glamour (con perdón) y me encandilo como un jovencito de esos que se arregla el flequillo a cada paso que da. De ahí procede, y no de las inevitables inclinaciones de mi sexo y edad, mi fascinación por lo nuevo, por los encuentros, por el azar de lo necesario en definitiva.
Por eso busco aunque no encuentre. Y por eso mismo, después de mucho tiempo buscando un lugar donde desayunar sin que mis tímpanos acaben con lesiones irreversibles, no desisto de encontrar el lugar ideal. Algo que no sea el bareto, predominantemente masculino, donde ellos fuman hasta hartarse y los ceniceros siempre están repletos o, peor que eso, sucios. Ni tampoco la granja unisex donde ellos y ellas, cada vez que sueltan una carcajada colectiva, hacen temblar las paredes. Llevo años así, sumergido en la promiscuidad del bocata y el vocerío del respetable, prietas sus filas, acosados como están por las cadenas del control horario y las evidentes heridas causadas por la monotonía de los movimientos repetitivos en particular y el más sórdido aburrimiento en general. Puestas así las cosas lo más probable es que cualquier día me dé un ataque de nervios. Por eso sigo buscando.
Esa cafetería donde los camareros no tengan la maldita costumbre de llamarme caballero, donde impere el silencio y el tiempo no acabe corrompiendo el trato cortés del primer día. Cuestión nada baladí, ésta, que la costumbre, ese cincuenta por ciento con tendencia a la expansión de su territorio, no acabe produciendo daños irreparables, confianzas y camaraderías de esas que acaban dejándote lamparones en la camisa y en el espíritu. Una cafetería, en definitiva desde donde pueda ver pasar al señor Balzac, por ejemplo, que acaba de salir a pasear, tan fresco, por las calles de Gracia, siguiendo al primer individuo con el que se topa, adivinando por su atuendo, su forma de andar y sus maneras, su profesión, su extracto social, su no sé qué.
Y puestos a imaginar, en el que haya una camarera, cuyo nombre nunca llegaré a saber. Y si algunas veces, pocas, cazo su nombre al vuelo, prometo olvidarlo al instante. Me bastará su sonrisa de bienvenida, subyugante y sensual pero distante. La misma, dirán, que ofrece al resto de clientes, aunque yo sepa que eso no será totalmente cierto. Cada sonrisa, siendo la misma, siempre es diferente. Porque para que una sonrisa se despliegue en su inmensidad siempre hacen falta dos: el que sonríe y el que sabe empaparse de su aureola sin mancillar su efecto con palabras que más bien parecen palobras. Por eso mismo, soy consciente de que cuando intercambiemos los justos comentarios sobre el tiempo que hace o lo lleno que está el local esa mañana, estaremos tensando la cuerda de un violín que se rompería en mil pedazos si atravesáramos la delgada línea roja del compadreo o, simplemente, aprovechándome de mi ventajosa posición, mencionara su nombre.
Prometo también que sólo al cabo de un cierto tiempo empezaré a fijarme en el elegante movimiento de sus delgadas caderas, en la oculta belleza que irradiarán todos sus movimientos, en sus dulces y pausados ojos pardos, en su característica renuencia a decir una palabra más alta que la otra, en su sobrio vestuario de colores oscuros, en esos pantalones tan perfectamente ajustados, en esa camiseta a juego con sus negros y cortos cabellos. Aunque, en definitiva, lo que más me gustará de ella (ya lo sé, para qué engañarnos), lo que la hará más atractiva a mis ojos será esa aparente dureza en sus facciones, más rectas que curvas, y eso porque, como en las escasas mujeres verdaderamente hermosas que he conocido, la fuerza de los pómulos y la dura marca de su mentón se verán barridas invariablemente por la luminosidad de sus ojos y la bandera de su sonrisa, ofreciéndome así el contraste más deseado. Fuego y agua.
Mientras ella trajine de aquí para allá, manejando sus silencios con la gracia y agilidad de una gacela yo seguiré mareando mi primer café del día, fumando y saboreando el silencio del local. Y así, con tan buena y selecta compañía, ojearé mi libro de bolsillo y podré imaginarme lo que quiera, porque hay imágenes en los escondrijos de los libros que viven más nítidamente que muchos hombres y mujeres. Eso también es verdad, un poco de humildad entre tanto vocerío nunca va mal. No lo olvido nunca. Lo dijo Pessoa, otro buen hombre, por cierto, paseante y taciturno.


Fotografía: Un cafetito para ustedes
Aurelio, artista visual
Nocturama-fotoblog, 29 de Julio de 2006
http://www.arte-redes.com/nocturama/

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2 comentarios:

Anonymous Rosa ha dicho...

Son bonitas estas historias, Arturo. A mi también me fascinan las personas "corrientes". Ahora trabajo en un edificio nuevo de arquitectura industrial. Hay también otras empresas relacionadas con el cine y la fotografia. Y tenemos unos "chicos" de seguridad, frente al edificio y en el museo. Y un bombero que controla el edificio.Pues el primer dia les dije "buenos dias" con una sonrisa. El segundo dia, igual. El tercero hablé un momentito con ellos y sí les pregunté su nombre. Y ahora, es como si nos conocieramos desde hace tiempo y se pasan de vez en cuando para charlar. Así cambio la rutina diaria y le doy un giro especial.

Y, a lugar nuevo, bar nuevo. Aquí no se estila mucho lo de los bares, pero yo sigo con mi costumbre de BCN tomarme un capuccino "fuera".

Encontré un bar/hotel fantástico, exactamente al lado de mi trabajo. Tiene la decoración de los años treinta, estilo retro, y es muy acogedor. Bueno, pues el primer dia le dije al camarero -un chico joven-: "trabajo aquí al lado y estoy buscando un lugar 'especial' para tomar el café".

Me gusta lo del azar, aunque para ello tienes que tener una actitud abierta con las personas, mirar a los ojos, sin miedo. Y convertir una situación "normal" en algo especial, el caso es que resulta...

9:20 p. m.  
Blogger Cronopio ha dicho...

Querida Rosa:
Vuelvo del puente de mayo y ya puedo enchufarme. Te agradezco tus palabras y las historias que me cuentas... Por cierto, has leído “Kafka en la orilla” de Haruki Murakami... Si es así, te podré hacer alguna pregunta, pues ando acabando el libro y ya estoy hecho un pequeño lío con el argumento
Aquí llueve y llueve... Y los cronopios buscamos desesperadamente tortugas donde guarecernos de tanto chaparrón

9:21 p. m.  

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